En el árido desierto del sur del Perú, entre las ciudades de Nazca y Palpa, en el departamento de Ica, se despliega sobre la tierra uno de los conjuntos arqueológicos más asombrosos que el ser humano ha dejado sobre la superficie del planeta. Las líneas de Nazca, trazadas por la cultura nazca en algún momento entre los años 100 y 600 de nuestra era, son una colección de centenares de figuras —líneas rectas, formas geométricas, animales, plantas y figuras humanoides— grabadas sobre las pampas de Jumana con una precisión técnica que sigue sorprendiendo a los investigadores modernos. Desde 1994, la Unesco las reconoce como Patrimonio de la Humanidad.
El escenario geográfico es fundamental para entender tanto la creación como la preservación de estos geoglifos. Las pampas de Jumana se extienden a 450 kilómetros al sur de Lima, cerca del océano Pacífico, a una altitud de 330 metros sobre el nivel del mar. La tierra de esa región presenta una coloración entre negruzca y rojiza, que se torna violácea al anochecer, y oculta bajo una delgada capa oscura una superficie más clara de cal y yeso. Los constructores nazca aprovecharon esa característica retirando las piedras oscuras de la superficie para revelar el suelo claro subyacente, creando así las figuras con una notable nitidez de contraste.
El clima excepcional de la región ha sido el verdadero guardián de esas obras durante más de quince siglos. Las pampas de Jumana son una de las zonas más secas del planeta, con una temperatura media anual de 25 grados centígrados y precipitaciones prácticamente inexistentes. El aire caliente que se forma sobre la superficie actúa como un colchón que impide que el viento borre las líneas al obligarlo a cambiar de dirección. Sin esa combinación única de aridez y estabilidad climática, los geoglifos no habrían sobrevivido el paso del tiempo.
En la actualidad se contabilizan 893 geoglifos en el área de Nazca, según datos de 2025. Las figuras abarcan desde líneas rectas de varios kilómetros de longitud —algunas pueden alcanzar hasta 285 metros de largo— hasta complejas representaciones de animales como el colibrí, el mono, la araña, el cóndor o el pelícano, pasando por diseños de plantas y figuras geométricas. Las líneas tienen una anchura que oscila entre los 40 y los 210 centímetros, y el conjunto se extiende sobre una superficie de 520 kilómetros cuadrados, aunque algunas figuras se prolongan hasta un área de 800 kilómetros cuadrados.
Una de las preguntas que más han fascinado a los investigadores es cómo los nazca lograron trazar figuras de tanta precisión y escala sin poder verlas en su totalidad desde el suelo. La respuesta más aceptada es que utilizaron técnicas de traslación de modelos a escala, empleando cuerdas y estacas para construir cuadrículas sobre el terreno que les permitían reproducir con exactitud dibujos previos realizados a menor escala. Las líneas rectas muestran una desviación técnica mínima, lo que sugiere también el uso de cuerdas tensadas para mantener la dirección.
Contrariamente a la creencia popular extendida por ciertas teorías pseudocientíficas, las líneas de Nazca no son apreciables únicamente desde el aire. Muchas de ellas pueden verse perfectamente desde las colinas que rodean las pampas. Fue precisamente caminando por esas colinas que el arqueólogo peruano Toribio Mejía Xesspe las divisó por primera vez en 1927. La primera referencia histórica a las figuras corresponde, sin embargo, al cronista español Pedro Cieza de León, quien en 1547 escribió haber visto señales en algunas partes del desierto que circunda Nazca, aunque sin comprenderlas del todo. En 1568, el corregidor Luis Monzón las interpretó como carreteras. La primera investigación científica rigurosa la realizaron los arqueólogos Julio César Tello y Toribio Mejía Xesspe en 1932.
La interpretación sobre la función de las líneas ha sido objeto de debates intensos. La hipótesis más respaldada actualmente es que tenían un carácter ritual y religioso vinculado con el agua y la fertilidad, dos preocupaciones centrales para una cultura que habitaba uno de los desiertos más secos del mundo. Otras teorías apuntan a un uso astronómico o calendárico. Lo que los investigadores descartan con firmeza son las explicaciones de origen alienígena o sobrenatural que proliferaron en el siglo XX: las líneas son el resultado de la ingeniería, la planificación y el esfuerzo colectivo de una civilización humana notable, que demostró con su obra que la grandeza no requiere tecnología que trascienda las capacidades del propio ser humano.
