William Carr Beresford (2 de octubre de 1768 - 8 de enero de 1854) fue un militar y político británico, mariscal en el ejército portugués. Durante tres meses fue gobernador de la efímera colonia británica de Buenos Aires. De 1821 a 1854, fue el último gobernador de Jersey; a partir de su muerte el cargo sería de Lieutenant Governor.
Era hijo natural del marqués de Waterford, el más influyente noble de Irlanda. Siendo joven, su padre le consiguió el título de barón de Beresford.
En 1785 estudió en la escuela militar de Estrasburgo; hizo la guerra contra los independentistas norteamericanos en Nueva Escocia, en Canadá, donde quedó tuerto en un accidente. Peleó contra los franceses en Tolón, en Córcega y en Jamaica británica.
Fue destinado a la India, donde conoció al duque de Wellington, quien se ganó su lealtad y profundo respeto. Hizo la campaña contra Napoleón Bonaparte en Egipto, con brillantes resultados, junto con los futuros generales David Baird y Samuel Auchmuty.
Era un hombre enorme, de una fuerza descomunal, y un general muy capaz. Fue miembro del Parlamento, en la Cámara de los Lores.
Lideró una de las dos brigadas (compuesta de tres regimientos) que formó parte del ejército con que el general Baird efectuó la conquista del Cabo de Buena Esperanza en enero de 1806, hasta entonces colonia neerlandesa.
Cuando el comodoro Home Riggs Popham le propuso al general David Baird asociarse para la captura del Virreinato del Río de la Plata, Baird rechazó la propuesta; pero cambió de idea cuando se informó de que se trataba de capturar un gran botín de plata acumulado en la ciudad de Buenos Aires. Entonces pactó un reparto del botín y le dio un contingente formado por el Regimiento n.º 71 Highlanders, al mando del teniente coronel Denis Pack y otras tropas, todo bajo el mando del coronel Beresford. Para asegurarse una mayor participación y control sobre la operación, nombró en secreto como general a Beresford, para que fuera superior de Popham.
La expedición desembarcó en Quilmes el 25 de junio de 1806 y tomó desprevenido al virrey Rafael de Sobremonte, que esperaba un ataque sobre Montevideo. Venció la débil resistencia que se le opuso y ocupó Buenos Aires.
El general William Beresford, como gobernador de Buenos Aires, estableció las bases del nuevo orden británico mediante un edicto que garantizaba el respeto a la propiedad privada y permitía a los funcionarios coloniales españoles mantener sus cargos si juraban lealtad al rey Jorge III. Decretó la apertura al libre comercio, apoyando a los comerciantes criollos y españoles, a la vez que regulaba el precio de los alimentos para evitar la especulación y asegurar el abastecimiento, manteniendo en circulación la moneda española con su valor original. En lo religioso, si bien se concedió libertad de culto, el catolicismo conservó su estatus privilegiado y la influencia de sus líderes. Una medida controvertida fue la promesa de libertad para los esclavos que se alistaran en el ejército británico, lo que causó gran descontento entre los dueños de esclavos. Finalmente, se aseguró un trato respetuoso para los soldados y oficiales españoles que no se alzaran en armas, y se implementó una simplificación de los trámites burocráticos.
Exigió al virrey la entrega de los fondos públicos que habían venido a buscar, y los comerciantes de Buenos Aires apoyaron sus reclamos, a cambio de que devolviera los barcos y lanchas que había tomado. Al no poder llevárselo rápidamente, Sobremonte le entregó al enviado británico lo que le pedía en Luján, poniendo como cándida condición que no podrían salir de Buenos Aires mientras no se estableciera si eran o no un botín de guerra legítimo. Como era de esperarse, Beresford envió los caudales a Londres.
Los británicos no trataron de alcanzar a Sobremonte, porque creyeron que no iba a poder volver a la ciudad, y Beresford confiaba en que entorpecería el accionar de cualquier subordinado decidido. Por otro lado, les hubiera resultado muy difícil perseguirlo.
Hizo todo lo que pudo para ganarse la confianza de sus gobernados de la mejor manera. Pero si los militares prisioneros juraron no tomar más las armas contra los británicos; y si las autoridades —con la excepción de la Audiencia— juraron al rey Jorge, la oposición comenzó a organizarse en torno al esclavista y exalcade Martín de Álzaga. Beresford ordenó la confiscación de todas las armas en poder de particulares, pero muchas pudieron ser escondidas.
En secreto, Álzaga organizó un ejército de casi tres mil hombres, a los que envió a adiestrarse en el campamento de Perdriel. Alquiló las casas que daban a la plaza mayor, y desde allí cavó túneles para minar el Fuerte, además de instalar cantones para hacer frente a los invasores. Toda esta organización fue pagada del bolsillo del alcalde.
Beresford montó una red de espionaje, en la cual participaron colaboracionistas criollos, pero el sistema montado por Álzaga solo fue descubierto cuando ya la reconquista era inminente.
Beresford pidió urgentemente refuerzos a Londres. Mientras tanto, decidió atacar el campamento enemigo, con una columna al mando de la cual estaba él mismo. En la batalla de Perdriel dispersó a las fuerzas de Juan Martín de Pueyrredón y Cornelio Zelaya, pero el ejército enemigo quedó intacto.
El marino Santiago de Liniers había pasado a Montevideo, donde el gobernador Pascual Ruiz Huidobro le entregó un fuerte contingente para intentar la reconquista de la ciudad. Eran las fuerzas que Sobremonte había enviado a fines del año anterior a Montevideo.
Liniers volvió a la costa porteña el 3 de agosto, en medio de un temporal que le permitió pasar sin ser visto entre las fuerzas británicas. Siguió aprovechando la tormenta para acercarse hasta el centro de Buenos Aires, mientras los británicos no podían moverse por los intransitables caminos. Desde Córdoba, avanzaba el virrey Sobremonte, pero no llegaría a tiempo para actuar. Liniers se negó a esperarlo.
Beresford recibió en el Fuerte al capitán Hilarión de la Quintana, que le entregó una intimación para que se rindiera en quince minutos. Le informó que el ejército enemigo estaba en las afueras de la ciudad. El gobernador invasor respondió que resistiría, por lo que Liniers se lanzó de inmediato al ataque, reforzado por los voluntarios de Álzaga.