Buenaventura Rodríguez Tizón, conocido como Ventura Rodríguez (Ciempozuelos, 14 de julio de 1717-Madrid, 26 de agosto de 1785), fue un arquitecto español del siglo XVIII, considerado junto con Juan de Villanueva, el principal arquitecto del país de su época y el último barroco. Su trayectoria se sitúa entre dos grandes corrientes artísticas: el barroco y el neoclasicismo de la Ilustración europea.
Nació en Ciempozuelos en 1717. Era hijo de Antonio Rodríguez Pantoja (nacido en 1685), profesor de arquitectura, y Jerónima Tizón, residentes en Ciempozuelos, parte de una familia de larga tradición en ese pueblo. El historiador Fernando Chueca Goitia amplió el contexto familiar en el escrito «El padre de don Ventura Rodríguez», donde destaca que Antonio Rodríguez era un afamado alarife, como demuestra la ermita de Nuestra Señora de la Salud en Borox (Toledo), obra suya según el también maestro mayor de obras Juan Manuel de Cárdenas.
Así, mientras ayudaba a su padre en Aranjuez, dio pruebas de una fuerte y hábil inclinación hacia el dibujo, de modo que no tardó en hallar ocupación como delineante de los ingenieros franceses que dirigían las obras (Esteban Marchand y Leandro Bachelieu).
Con motivo del traslado de la corte a Aranjuez, el arquitecto Filippo Juvara (encargado del proyecto del Palacio Real de Madrid) tiene ocasión de ver unos croquis de Ventura Rodríguez, y solicita al rey que le sea asignado como delineante. El arquitecto italiano se convirtió entonces en maestro de Rodríguez, de forma que a su muerte en 1736, su sucesor al frente del proyecto del Palacio Real, Giovanni Battista Sacchetti, lo mantuvo con él. En 1741 ostentaba ya el cargo de aparejador segundo del Palacio Real.
A pesar de las carencias de una formación sin viaje a Italia, Ventura Rodríguez pudo adquirir un profundo conocimiento de la arquitectura de Gian Lorenzo Bernini y Francesco Borromini a través de las estampas que circulaban entre los arquitectos de la corte y los estudios y reinterpretaciones de sus maestros. Heredero por tanto de la Escuela de Roma, fue depurando sus gustos barrocos para seguir una línea más herreriana. En 1747 fue nombrado académico de mérito de la Academia de San Lucas de Roma.
En 1749 consiguió un resonante triunfo al escoger el rey Fernando VI su proyecto para la construcción de la capilla del Palacio Real de Madrid, prefiriéndolo al del propio Gian Battista Sacchetti, de quien Ventura era entonces ayudante, como se ha indicado. Entre ese mismo año de 1749 y 1753 construyó la iglesia parroquial de San Marcos en Madrid (Monumento Nacional desde 1944), con una planta de cinco elipses sucesivas (sorprendente por la inversión de valores, la articulación disimétrica de los espacios y la resonancia de sus bóvedas elípticas) y una fachada de orden gigante flanqueada por antecuerpos curvos que conforman un atrio cóncavo. En 1752 fue nombrado director de los estudios de arquitectura de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.
En 1750 recibió el encargo para la remodelación y terminación de la basílica del Pilar de Zaragoza. Los anteriores proyectos de Felipe Busiñac, Felipe Sánchez y Francisco de Herrera el Mozo no lograban satisfacer las tres exigencias del cabildo: distancia conveniente al río Ebro, orientación apropiada y alineación de la fábrica del templo en consonancia con la mirada de la Virgen. El hábil proyecto de Ventura satisfizo tales requisitos y, de esta forma, el arquitecto se apuntó uno de sus mayores y más populares triunfos. Sugirió la solución del alojamiento y trazó el diseño arquitectónico de la capilla de la Virgen, un templete de planta cuadrilobulada a base de sectores circulares y bóveda elipsoidal. Es precisamente en esta capilla donde se produce la transición del estilo barroco al neoclásico, manifestándose este último en la decoración del interior del templo.
El cabildo de la Catedral de Cuenca reclamó sus servicios para levantar un transparente (ventana de cristales que ilumina y adorna el fondo de un altar) que rivalizara con el levantado por Narciso Tomé en la Catedral de Toledo. Rodríguez lo situó en un ambulatorio gótico, de forma que resplandeciera gracias a la iluminación posterior e indirecta, por cuyo medio se consiguen unos espectaculares efectos.
Entre 1755 y 1767 realizó la exquisita decoración interior de la iglesia del Real Monasterio de la Encarnación, en Madrid, con claras reminiscencias de los modelos del barroco romano, su fuente de inspiración predilecta.
Fracaso en la Corte y nuevos encargos
En este momento, su éxito parecía no conocer límite. Sin embargo, Fernando VI encarga al arquitecto francés Jacques Marquet importantes obras en Aranjuez y, tras su muerte, el nuevo rey, Carlos III, lo aparta de las Obras Reales (al igual que a Sacchetti), nombrando, en 1760, como Maestro Mayor de las Obras Reales al palermitano Francesco Sabatini, quien ya había trabajado para él durante su etapa como rey de Nápoles y Sicilia (como Carlos VII), concretamente en la construcción del Palacio Real de Caserta, obra que dirigió su maestro y suegro Luigi Vanvitelli. No obstante, fue tal la cantidad de encargos que recibió, sobre todo de particulares, que sus obras se encuentran repartidas por toda la geografía española.
Un hecho resultó decisivo para ello: su nombramiento, en 1766, por parte del Consejo de Castilla, como supervisor de los planos de todos aquellos edificios que necesitaban la licencia del Consejo para su construcción; es decir, todos los proyectos que tenían que ser enviados a la Contaduría General de Arbitrios y Propios del Reino (órgano dependiente del Consejo de Castilla, creado por real decreto de 30 de julio de 1760, para supervisar y controlar las finanzas municipales de todos los reinos de España) pasaban por la jurisdicción de Ventura Rodríguez. El proceso era el siguiente: cuando un ayuntamiento quería reparar o construir un edificio municipal, encargaba a un maestro local que preparase un proyecto con los planos, alzados y coste aproximado de la obra, que era enviado al Contador General de Propios y Arbitrios del Reino, Gaspar Becerra, quien a su vez lo trasladaba a Ventura Rodríguez para su estudio, quien si lo estimaba conveniente reformaba algunos aspectos o realizaba un nuevo plan; todos sus informes volvían al Contador General para presentarlos a la Sala Primera de Gobierno del Consejo de Castilla, donde se tomaba la decisión final, que era remitida de nuevo al ayuntamiento.
Hacia 1760 influye mucho en él la obra de Juan de Herrera y el estilo de placas para la composición de alzados, aunque la planta y el espacio sigan siendo barrocos. Un ejemplo es el convento de los Agustinos Filipinos de Valladolid, el Real Colegio de Cirugía de Barcelona (1761-1764, actual sede de la Real Academia de Medicina de Cataluña), en el que sólo la geometría y la tectónica confiere expresividad a sus fachadas, el ayuntamiento de Haro (La Rioja) (1769) y sus proyectos para la nueva Biblioteca y la Real Fábrica de Cristales de La Granja (Segovia). Por esos mismos años (1767-1769) reformó también el interior de la Colegiata de San Isidro (Madrid), para la que proyectó un nuevo presbiterio y el retablo del altar mayor, además de una rica decoración.
Abordó la arquitectura palatina, dejando diseños en los que se refleja su dependencia del trazado de la residencia real: palacio de Liria (1770), que tiene características del barroco italiano; palacio de Altamira (1773-1775) —actualmente sede del Istituto Europeo di Design— (ambos en Madrid); dos palacios para el infante don Luis, hermano de Carlos III: el palacio de Boadilla del Monte (Madrid) (para el que diseñó también los muebles) (1776) y el palacio de la Mosquera de Arenas de San Pedro (Ávila) (en esta última localidad construyó igualmente la capilla Real en el Convento-Santuario de San Pedro de Alcántara). También levantó el Palacio Municipal de Betanzos (La Coruña) sobre el anterior renacentista, del que tan sólo conservó el escudo imperial de Carlos V, el de la ciudad y una parte del antiguo zaguán.