La Unión Patriótica (UP) fue un partido político español creado por el dictador Miguel Primo de Rivera como partido único de su régimen. Fue presentado en septiembre de 1924 por Primo de Rivera como el sustituto de todos los partidos políticos.
La Unión Patriótica fue un partido personalista ligado al mantenimiento del régimen dictatorial y a la figura de su líder. En este sentido fue «un partido gubernamental organizado desde el poder» que «se esforzó en movilizar a los sectores más tradicionales de la pequeña burguesía y el campesinado. Con este propósito hizo un amplio uso de la propaganda y fabricaba constantes manifestaciones de lealtad y apoyo al régimen y, especialmente, al propio Primo de Rivera». Anticipó alguno de los elementos que iban a caracterizar a la extrema derecha española de los años de la Segunda República, como el rechazo al liberalismo y a la democracia.
Algunos meses después de la instauración de la dictadura de Primo de Rivera en septiembre de 1923, el dictador comenzó a fraguar la idea de que no era suficiente para «regenerar» el país poner fin a la «oligarquía» y «descuajar el caciquismo», como se había propuesto, sino que también era necesaria una «política nueva», que se apoyara en «gentes de ideas sanas» y en los hombres «de buena fe» que formarían un «partido político, pero apolítico, que ejerce una acción político-administrativa». Una fuerza política que no definiera los objetivos ni las políticas a aplicar, sino que se hiciera cargo de la administración del Estado llevando a la práctica el lema regeneracionista de «menos política, más administración».
Como punto de partida para construir la nueva organización política, Primo de Rivera primero pensó en La Traza, un grupúsculo barcelonés imitador del fascismo, apoyado por el general Eduardo López Ochoa, que tras el golpe cambió su denominación por la de Partido Somatenista Español y posteriormente por Federación Cívico-Somatenista. Sin embargo, tras su viaje a Italia en noviembre de 1923, Primo de Rivera descartó la opción tracista —sus miembros fueron obligados a ingresar en la Unión Patriótica en abril de 1924— y se decantó por la segunda opción, las organizaciones promovidas por la derecha católica y que darían nacimiento a la Unión Patriótica Castellana (UPC), una fuerza política que intentaba seguir los pasos del católico Partido Popular Italiano. Así pues, para la constitución del partido único del régimen el dictador echó mano de una formación política en gestación que venía del mundo católico antiliberal y antidemocrático no carlista, más concretamente del vinculado a la Asociación Católica Nacional de Propagandistas que encabezaba Ángel Herrera Oria, y que precisamente había sido la organización que había impulsado las primeras «uniones patrióticas» con el fin de constituir el gran partido de la derecha católica en España.El Círculo Católico Agrario de Valladolid lanzó el manifiesto fundacional de la Unión Patriótica Castellana (UPC) el 13 de noviembre de 1923 y al mes siguiente se adhirieron a él las «uniones patrióticas» de Ávila, Burgos y Palencia, y fuera de la actual comunidad autónoma de Castilla y León, de Sevilla. En marzo de 1924 se fundaron uniones en Segovia, Logroño, Toledo y Cádiz, a las que siguieron en abril las de Valencia, Ciudad Real, Badajoz, Santander y Madrid. Su primer presidente fue el profesor católico Eduardo Callejo, muy próximo a Ángel Herrera Oria, fundador y promotor de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas. Su ideario inicial era un catolicismo tradicionalista y corporativista, defensor de la propiedad y de los valores agrarios.
Al parecer, fue a principios de abril de 1924 cuando Primo de Rivera tomó la decisión de hacerse con el control de la UPC, para construir a partir de ella el partido único del nuevo régimen. El 5 de abril de ese mismo año escribió una circular a los delegados gubernativos en la que les incitaba a «unir y organizar a todos los hombres de buena voluntad a fin de prepararles para cuando el Directorio haya realizado su misión». Diez días después Primo de Rivera trazaba las líneas básicas de su proyecto: construir un «partido político pero que en el fondo es apolítico en el sentido corriente de la palabra», que intentaría «unir y organizar a todos los españoles de buena voluntad» e «ideas sanas» en los principios de la «religión, patria y monarquía» —muy cercanos al trilema carlista Dios, patria y rey—. En consecuencia, la nueva organización no tendría ideología, sería incompatible con la Constitución de 1876, vigente hasta entonces, y su papel consistiría en «excitar el espíritu de ciudadanía con objeto de que las Uniones lleguen a formar una mayoría parlamentaria en la cual pueda confiar el rey y que sea el primer paso para la normalidad constitucional».
El 25 de abril Primo de Rivera comunicó en una circular a los gobernadores civiles y a los delegados gubernativos que el nuevo gran partido «apolítico» se llamaría Unión Patriótica y les pedía que invitaran «a los ciudadanos a organizar el nuevo partido, a constituir juntas locales y provinciales». El 29 les dio instrucciones «para organizar las nuevas huestes ciudadanas» creando comités «upetistas» y muchos de ellos fueron designados para formar los nuevos ayuntamientos según la normativa del Estatuto Municipal de 1924 recién aprobado. En consecuencia, la UPC en la Asamblea celebrada el 14 de mayo en Medina del Campo decidió abandonar su apelativo de Castellana y pasó a llamarse Unión Patriótica.
Durante el verano de 1924 se llevó a cabo una amplia campaña de captación de afiliados entre los «hombres neutros y honrados» dirigida por los gobernadores civiles. Estos recibieron la orden a fines de agosto de que en un plazo máximo de tres meses debían estar constituidos todos los comités locales. Sin embargo, antes de la constitución del Directorio civil en diciembre de 1925 no se creó ninguna estructura superior a la provincial, por lo que la coordinación a nivel nacional fue una tarea exclusiva de los gobernadores civiles que rendían cuentas ante el Ministerio de la Gobernación. Así pues, la Unión Patriótica fue un partido «organizado desde el poder y por el poder», como escribió el ministro de la dictadura José Calvo Sotelo.
El 15 de octubre de 1925 el dictador Primo de Rivera anunció que había terminado la fase constituyente de la Unión Patriótica (UP) y varias semanas después algunos miembros de la UP eran incluidos en el Directorio civil. A principios de julio de 1926 se celebró en Madrid la Asamblea Nacional de Uniones Patrióticas en la que se aprobaron los estatutos del partido y se eligieron a los miembros de los órganos del mismo, que desde su nacimiento en 1924 aún no se había dotado de una estructura que superara el ámbito provincial. Primo de Rivera fue ratificado como jefe nacional y se nombró un Consejo Directivo Nacional.
Pocos meses después, en febrero de 1927, Primo de Rivera ordenó a los gobernadores civiles, un tercio de los cuales eran miembros de la UP, que nombraran a upetistas para los cargos de los ayuntamientos y de las diputaciones —en octubre de 1928 se estableció que constituyeran las cuatro quintas partes—, lo que fue visto con desconfianza por algunos de los miembros más destacados del Directorio civil. José Calvo Sotelo le advirtió a Primo de Rivera que «los partidos políticos, cuando se organizan desde el poder y por el poder, nacen condenados a la infecundidad por falta de savia». Eduardo Aunós recordaría más adelante «el tono grisáceo, en sus mejores partes, y turbio en las restantes, que tuvo fatalmente el partido único de la Unión Patriótica», debido a que se afiliaron a la UP «infinidad de elementos» de los partidos del turno desalojados del poder que «corrían a alistarse en las huestes del vencedor, porque lo único que les interesaba era estar siempre en auge». Un hecho que advirtió el propio Primo de Rivera cuando ordenó que se realizara una selección de los afiliados para que la UP no se convirtiera en una «agencia de ventajas y colocaciones», pero que surtió pocos efectos, ya que, sobre todo en Andalucía, los miembros de los antiguos partidos constitucionales, especialmente los conservadores, y sus redes caciquiles se pasaron en masa al «upetismo» y ocuparon las jefaturas provinciales y locales y las Juntas Asesoras. Fue el caso, por ejemplo, de José Yanguas Messía, antiguo diputado conservador por Linares, que llegó a presidir la Asamblea Nacional Consultiva.