En la medicina, un trasplante (también, injerto) es un tratamiento médico complejo que consiste en sustituir un órgano o un tejido que está enfermo o deforme y que, por razones de estética o por peligro a la vida de una persona, es reemplazado por otro que restituirá sus funciones. No siempre es necesario trasladar el órgano completo, sino que a veces es suficiente con trasplantar parte del órgano, algún tejido o simplemente células. El órgano trasplantado reemplaza y asume la función del órgano dañado del receptor, salvándole la vida o mejorando la calidad de ella. Una variedad de órganos macizos y tejidos pueden ser trasplantados, incluyendo riñones, pulmones, corazones, y precursores hematopoyéticos. Hay algunos riesgos asociados con este procedimiento que dependen del tipo del trasplante, que frecuentemente incluyen infección y rechazo del injerto.
El término trasplante fue introducido al vocabulario médico por el cirujano británico John Hunter (1728-1793) al homologar la técnica al sucedáneo vegetal de los injertos. Trabajando en cirugía odontomaxilar, implantó dientes como aloinjertos en piezas dentarias perdidas, denominando al implante «diente vástago» en una reiteración a la referencia vegetal.[cita requerida]
La historia de los trasplantes de órganos se inició con varios intentos que no tuvieron éxito debido al rechazo de los trasplantes. La experimentación con animales por varios pioneros, entre ellos Vladímir Démijov (1916-1998) y Henry Metras, durante los años 1940 y 1950 demostró por primera vez que el procedimiento es técnicamente factible.
Diversos aspectos han permitido la realidad de los centros de producción que se conocen como bancos de tejidos en todo el mundo: el desarrollo tecnológico en biociencias y los marcos regulatorios y modelos de gestión técnica en calidad, internacionalmente consensuados. Los bancos de tejidos han permitido el desarrollo de tecnologías de obtención, procesamiento, envasado, conservación y aplicación terapéutica de tejidos para las situaciones clínicas más diversas.[cita requerida]
En la naturaleza existen varios cientos de ciertas especies de saurios y batracios —muy primitivas en el desarrollo de los seres vivos sobre la tierra— que tienen la capacidad de sintetizar miembros o la extremidad caudal, a partir de un muñón generado traumáticamente.[cita requerida]
La cicatrización o reparación de heridas, quemaduras o fracturas son ejemplos de las capacidades que los tejidos tienen de recomponer sectores lesionados tanto en la estructura como en la función. Sin embargo, cada tejido tiene una capacidad potencial genéticamente limitada determinada de autorrepararse. La restitución de la forma y la función depende de la extensión de la lesión y del grado de complejidad y diferenciación del tejido: cuanto más extensa una lesión y más especializada y compleja la función que cumple, menos posibilidades potenciales de reparación tendrá el organismo lesionado.[cita requerida]
A partir de la observación de estos fenómenos, desde muy lejanas épocas históricas se planteó la recomposición de partes lesionadas cuando la entidad del agravio impedía la autorreparación espontánea. Hay evidencias de que ya en el neolítico se practicaban trepanaciones de cráneo y reconstrucción con placas de oro en los territorios del actual Perú.[cita requerida]
Los primeros trasplantes —o intentos de trasplante— de los que se tiene conocimiento datan del siglo VII a. C. y se hallan en el tratado médico Sushruta Samhita, del cirujano indio Sushruta, en el cual se describen métodos para reconstruir una nariz amputada por medio de los tejidos de la frente.[cita requerida]
En la China del siglo II, el médico Hua Tuo administraba narcóticos a sus pacientes y trasplantaba órganos dañados. Sin embargo, es muy probable que la gran mayoría de las personas tratadas no hayan sobrevivido, pues en aquel entonces no se conocía nada acerca del rechazo o incompatibilidad de los órganos, los tipos sanguíneos o la higiene necesaria antes, durante y después de las cirugías.[cita requerida]
En la tradición cristiana, también se incluyen historias relativas a trasplantes: se dice que los santos patronos de la medicina, San Cosme y San Damián, reemplazaron la pierna gangrenada de un diácono con la de un gladiador muerto en el siglo III o IV.[cita requerida] El modelo más ilustrativo del fenómeno de rechazo lo realizó en 1870 George David Pollock, quien en un paciente quemado injertó de manera adyacente un autoimplante de piel, un aloimplante de un donante de una persona negra, y otro de su propia piel. El resultado fue la ulceración y desaparición de los tejidos de ambos donantes y el mantenimiento viable del tejido autoimplantado del paciente. De la misma época se refiere el uso de piel porcina como apósito transitorio para tratamiento de grandes quemaduras.[cita requerida]
El primer tratado de cirugía plástica
La primera persona que realizó trasplantes de forma exitosa y que se dio cuenta de la existencia del rechazo al órgano trasplantado —antes que nadie y en una época en la que ni siquiera se podría entender el concepto— fue Gaspare Tagliacozzi (1545-1599), médico boloñés autor de De Curtorum Chirurgia per Insitionem, texto que es considerado el primer tratado específico de cirugía plástica, en el que se abunda acerca de los trasplantes faciales de piel. En el siglo XVI, Gaspare Tagliacozzi, reparó una lesión de nariz con un colgajo de piel proveniente del antebrazo (que independizó del área dadora varias semanas más tarde de la primera cirugía, con un asombroso sentido de anticipación científica moderna). Tagliacozzi también practicó la cirugía del trasplante de tejidos entre individuos no emparentados (aloimplantes), pero afirmó que la «fuerza y el poder» del receptor impedía la viabilidad del implante, visión que se anticipó en 400 años al concepto biológico moderno de rechazo.[cita requerida]
En el siglo XVIII, el escocés John Hunter, «el padre de la cirugía experimental», realizó los primeros xenotrasplantes y autotrasplantes en animales. En las décadas siguientes, se avanzó mucho con los procedimientos de piel y córnea, así como en que hubiera una mejor cicatrización y curación tras las operaciones, pero aún era muy alto el porcentaje de mortandad por septicemias, rechazos e infecciones.[cita requerida]
Los trasplantes exitosos comenzaron a ser relativamente viables hasta que se conocieron las investigaciones microbiológicas del francés Louis Pasteur, se descubrieron las tipologías sanguíneas —hallazgo del austriaco-estadounidense Karl Landsteiner—, se obtuvieron mayores avances en los métodos quirúrgicos, se implementaron nuevas medidas de higiene y se logró una mejor preservación de los órganos de injerto.[cita requerida]
Finalmente, el siglo XX fue el que aprovechó estos avances y cosechó los éxitos. En 1902, el austriaco Emerich Ullmann consiguió extraer un riñón de un perro y se lo injertó en el cuello; el uréter —conducto por donde desciende la orina a la vejiga desde los riñones—, conectado a la piel, dejaba brotar un líquido que se parecía a la orina, emisión que se detendría en unas horas por trombosis de los vasos sanguíneos, producida por la falta de compatibilidad.[cita requerida]
Ullmann continuó experimentando con xenotrasplantes entre animales y entre animales y humanos, lo que lo convirtió en un pionero de los trasplantes de riñón, al tiempo que estimuló el desarrollo de la medicina quirúrgica de los vasos sanguíneos y la inmunología. En esa misma época, y por medio de un procedimiento similar, el francés Alexis Carrel, Premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1912, logró importantes innovaciones en la sutura y en el trasplante de vasos sanguíneos.[cita requerida]
Fue en 1905, en Olomouc —hoy República Checa—, cuando el doctor Eduard Zirm logró realizar, con un éxito sin precedentes, un procedimiento en humanos, al trasplantarle la córnea de un niño de once años a un trabajador ciego que se había quemado con cal viva y que recuperó la vista en cuestión de horas. Más tarde, en abril de 1933, tuvo lugar el primer homotrasplante mayor, cuando Yu Yu Voronoy, un cirujano de Ucrania, trasplantó el riñón de un hombre a una mujer. Aunque ella murió unos días después, esta intervención marcó un hito.