La Tradición apostólica o Sagrada Tradición (del latín traditio, entregar, de tradere) es el concepto religioso cristiano que indica que no toda la revelación divina se describe en la Biblia, sino que también fue enseñada de la voz de Jesús y trasmitida oralmente por los apóstoles.
Según la definición de la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa; la parte de la palabra revelada por Dios que no pasó a ser escrita en la Biblia pero que sigue viva en la Iglesia. Esa transmisión del mensaje de Cristo fue llevada a cabo, «desde los comienzos del cristianismo, por la predicación, el testimonio, y el culto. Los apóstoles transmitieron a sus sucesores, los obispos y, a través de estos, a todas las generaciones hasta el fin de los tiempos todo lo que habían recibido de Cristo y aprendido del Espíritu Santo».
La revelación divina se realiza de dos modos: con la transmisión viva, por las generaciones de fieles, de la «palabra de Dios» (también llamada simplemente «tradición»); y con la Sagrada Escritura, que es el mismo anuncio de la salvación puesto por escrito. Ambas conjuntamente se denominan el «depósito de la fe».
La tradición en su sentido teológico
Según fray Santiago Ramírez de Dulanto, la Tradición siempre ha sido de importancia para la Iglesia, pero su estudio se hizo más importante durante la Contrarreforma, y en tiempos contemporáneos ante el ataque de la herejía modernista. «Tradición divina» se define, primero, como «la revelación de una verdad, de un hecho o de una intuición hecha por Dios a los hombres, para que entre ellos se retransmita, se conserve y se perpetúe». La tradición escrita está en la Biblia y se denomina «Sagrada Escritura», mientras que la que permanece oral no tiene un nombre específico, sino que recibe el nombre genérico de tradición y es aquella parte de la revelación que no está consignada por escrito en los libros canónicos. Así es como llega a distinguirse la Revelación en sus dos partes: la escritura y la tradición.
La revelación, hecha por Dios en un momento concreto de la historia, debía, según la disposición divina, transmitirse de generación en generación, y para eso quiso Dios mismo disponer de un pueblo que realizara esa transmisión: Israel en el Antiguo Testamento; la Iglesia en el Nuevo. Conviene subrayar que, en este caso, aunque encontramos analogías con el fenómeno general humano de la tradición, hay diferencias netas: en primer lugar, porque lo que se transmite no es una simple adquisición humana, sino las verdades y la vida divina comunicadas por Dios; en segundo lugar, porque la transmisión misma no es un acontecimiento meramente humano, sino algo que se realiza bajo una peculiar asistencia divina, que libró a Israel y, de modo especialísimo, libra a la Iglesia de caer en deficiencias de transmisión. La Iglesia es indefectible: Dios puede permitir —y permite de hecho— que el cristiano singular caiga en el error o en el pecado; pero no permite que la Iglesia pierda la doctrina por Él revelada ni los medios de santificación por Él instituidos, sino que actúa constantemente en ella dándole vida y haciéndole trascender las limitaciones del espacio y del tiempo. Resumiendo lo dicho, podemos definir la tradición, en sentido teológico, como la transmisión por parte de la Iglesia viva de la entera realidad cristiana.
La idea de tradición contiene tres elementos constitutivos, uno «activo», el acto de Dios comunicándose a los apóstoles; uno «pasivo» u «objetivo», o sea la cosa comunicada; y el tercer elemento es la «oralidad». Estos tres elementos llevan a una segunda definición, más concreta y completa: «la tradición es la divina revelación no consignada en las Sagradas Letras, sino enseñada de viva voz por Cristo o dictada por el Espíritu Santo a los apóstoles como fundadores de la Iglesia para que ella se conserve y perpetúe».
Ramírez Dulanto presenta dos clases de divisiones en la tradición: esencial, por causas intrínsecas, o accidental, por causas extrínsecas.
La división esencial surge cuando hay diferencias en alguno de los tres elementos constitutivos. Por el principio «activo» —también llamado «originario»— se puede distinguir la «tradición divina» o «tradición dominical» que es la revelada por Cristo a viva voz, por otro lado está la «tradición divino-apostólica» que es la revelación del Espíritu Santo a los apóstoles; y finalmente se puede hacer una tercera distinción: la «tradición eclesiástica», que no tiene una autoridad claramente menor, y es la que surge de los apóstoles pero no de Dios. Cabe un ejemplo para aclarar este último concepto, que puede tomarse del apóstol San Pablo: «A los casados, en cambio, les ordeno —y esto no es mandamiento mío, sino del Señor— que la esposa no se separe de su marido. Si se separa, que no vuelva a casarse, o que se reconcilie con su esposo. Y que tampoco el marido abandone a su mujer. En cuanto a las otras preguntas, les digo yo, no el Señor: Si un hombre creyente tiene una esposa que no cree, pero ella está dispuesta a convivir con él, que no la abandone».
Como es obvio, esta última tiene una autoridad menor que la tradición divino-apostólica; no debe, sin embargo, ser identificada con una tradición meramente humana: la Iglesia —no lo olvidemos— está asistida por el Espíritu Santo. Por lo demás, no siempre es fácil determinar cuándo estamos ante una tradición meramente eclesiástica: en muchas ocasiones lo que a primera vista puede parecer tal, es en realidad la declaración o explicitación de una realidad de origen apostólico, y entra, por tanto, en el ámbito de la tradición en sentido propio.
Atendiendo al segundo elemento, el principio «objetivo», o sea el contenido, la tradición suele dividirse por su relación a la Sagrada Escritura: en «constitutiva», si lo que ella transmite no se halla en modo alguno en la Sagrada Escritura (v. gr. la Asunción de María); «inhesiva» o «inherente», si, por el contrario, la doctrina transmitida está contenida también explícitamente en los libros sagrados; e «interpretativa», si declara, explica o interpreta lo que, germinalmente, está contenido en la Biblia.
La división accidental, en cambio, depende de las circunstancias (o «accidentes») del lugar, del tiempo, y de su fuerza normativa. Según el lugar observamos que la tradición puede ser «universal», «particular», o «local». Según el tiempo puede ser «perpetua» o «temporal». Y por su fuerza normativa puede ser «necesaria» (también llamada «obligatoria») o «libre». Que una tradición sea libre puede parecer al lector como contradictorio, así que cabe ejemplificar otra vez con una cita de San Pablo: «Acerca de los vírgenes, no tengo un precepto del Señor. Pero les daré un consejo (...) considero que lo mejor es vivir sin casarse».
Definida así la tradición, en lo que sigue analizaremos lo que al respecto nos dicen el propio Cristo y los Apóstoles y lo que luego ha enseñado la Iglesia, a fin de determinar con más detalle su realidad y naturaleza, para concluir con un estudio de los criterios que permiten discernirla.
La realidad de la tradición en Cristo y los apóstoles
Jesucristo pudo escoger distintas formas de comunicar su palabra. El análisis de su modo de proceder pone de manifiesto una especial importancia concedida a la predicación oral. No solo los Evangelios lo muestran predicando y no escribiendo, sino que la misma forma precisa, y por consiguiente fácil de retener, que Jesús daba a sus palabras estaba destinada desde el principio a ser recibida en la predicación de los discípulos. Al final del evangelio de Juan se nos dice que muchas otras cosas dijo Jesús, que si se escribieran en detalles, ni aun el mundo mismo podría contener los libros que se escribirían (Juan 21:25). Jesús usó los recursos del estilo oral: paralelismos, sentencias rítmicas fáciles de aprender de memoria, símiles y parábolas. Su modo de actuar con los apóstoles demuestra una decisión de conceder especial relieve a la viva voz en la misión de conservar y transmitir su doctrina: les escoge para que estén con Él y para enviarlos a predicar; les va formando personalmente y les va explicando el sentido de las parábolas; les da igualmente una interpretación normativa de las antiguas Escrituras; y les envía a predicar e instruir a las gentes en todo lo que Él les había enseñado. Estos hechos demuestran que Jesús quiere comunicar un espíritu nuevo, que expresa en palabras y que debe realizarse en vida. Para ello comunica a sus apóstoles las fórmulas en las que condensa su enseñanza, y a la vez la recta interpretación de las mismas y la misión de transmitirlas.