Teresa Cristina de Borbón-Dos Sicilias (Nápoles, 14 de marzo de 1822 - Oporto, 28 de diciembre de 1889) fue princesa del Reino de las Dos Sicilias y, a través de su matrimonio con el emperador Pedro II de Brasil, emperatriz del Brasil. Hija de Francisco I de las Dos Sicilias y de su segunda esposa, María Isabel de Borbón, queda huérfana de padre en 1830. Aunque se la deja de lado por parte de su madre, es criada en un ambiente conservador y desarrolla un carácter tímido y apagado.
Con un físico no tan agraciado, considera estar condenada al celibato hasta que, en 1844, se casa por poderes en Nápoles con el joven emperador Pedro II de Brasil. Sin embargo, el primer encuentro entre los dos en Río de Janeiro es un fracaso y el joven soberano latinoamericano se siente engañado al descubrir la poca belleza de su ya prometida esposa. Con el paso del tiempo, la generosidad de la emperatriz ayuda a crear una complicidad real con el emperador que une a la pareja y le da rápidamente cuatro hijos. A lo largo de su reinado, Pedro II tiene algunas relaciones extramaritales ante las cuales la emperatriz parece cerrar los ojos.
Discreta y piadosa, lleva una vida relativamente retirada, en la que la educación de sus hijos tiene un lugar preponderante. Menos culta que su esposo y que su rival, la condesa de Barral, la emperatriz se apasiona por el arte grecorromano y crea, desde su llegada a Brasil, una colección de antigüedades que desde el 2014 y hasta su destrucción en un incendio se expusieron en el Museo Nacional de Brasil. Se interesa además por el mosaico y decora con ellos los jardines del palacio de São Cristóvão.
En 1889, tras 45 años en Brasil, Teresa Cristina se tiene que enfrentar a la proclamación de la república en Brasil que derroca a su esposo y le obliga a exiliarse en el Reino de Portugal con su familia. Gravemente enferma desde hacía algunos años, la anciana soberana ve cómo su salud empeora rápidamente y muere de un paro cardiaco debido a problemas respiratorios un mes después de la abolición del imperio brasileño.
Habría que esperar hasta 1921, durante la preparación de las fiestas relacionadas con el centenario de la independencia de Brasil, para que sus restos mortales y los de su marido fueran repatriados a su país. Los cuerpos de la familia imperial reposan en la catedral de Petrópolis.
La princesa Teresa Cristina era hija del rey Francisco I de las Dos Sicilias y de su segunda esposa, la infanta María Isabel de Borbón, hija a su vez del rey Carlos IV de España y de la princesa María Luisa de Parma. Por parte de padre, Teresa Cristina pertenecía a la rama napolitana de la casa de Borbón mientras que, por parte de madre, descendía de los Borbones españoles y los Borbones parmesanos.
Teresa Cristina era, además, la media hermana de la duquesa de Berry y la hermana del rey Fernando II de las Dos Sicilias, de la gran duquesa María Antonieta de las Dos Sicilias y de la reina regente María Cristina de Borbón-Dos Sicilias.
Se casó con el emperador Pedro II de Brasil, hijo del rey Pedro IV de Portugal y de la archiduquesa María Leopoldina de Austria, el 30 de mayo de 1843 en Nápoles, y posteriormente el día 4 de septiembre de 1843 en Río de Janeiro. La pareja se estableció en la capital brasileña, Río de Janeiro, y tuvieron cuatro hijos: Alfonso, Isabel, Leopoldina y Pedro.
Nacida el 14 de marzo de 1822, cuando el futuro Francisco I de las Dos Sicilias era aún duque de Calabria, Teresa Cristina se quedó huérfana de padre con 8 años, en 1830. Su madre, que se casó con un joven oficial en 1839, era una persona distante y Teresa Cristina tuvo una infancia solitaria, en un ambiente que los historiadores como Pedro Calmon califican de supersticioso, intolerante y conservador. Según otros autores, como Aniello Angelo Avella, habría que matizar este análisis, teniendo en cuenta la construcción de la leyenda negra que se produjo durante la unificación italiana. Al contrario que su piadoso padre y que su impulsiva madre, Teresa Cristina tenía un carácter dulce y tímido. Poco segura de sí misma, nunca se quejaba, sean cuales fueran las circunstancias en las que se encontrara.
No era ni guapa ni de aspecto agradable, sino bajita y algo rellenita. Tenía los ojos marrones y el pelo castaño. Aunque muchos la han descrito como coja, se trataría, según el historiador Pedro Calmon, de una manera extraña de caminar, ya que tenía las piernas demasiado arqueadas, lo que le obligaba a apoyarse alternativamente en el pie izquierdo y en el derecho. Tenía, por el contrario, una voz hermosa, practicaba canto con regularidad y se interesaba por la ópera y la danza. También sentía pasión por el arte grecorromano y, de hecho, fue a Brasil con diversas obras de arte provenientes de las ruinas de Pompeya y Herculano.
A principio de los años 1840, Vincenzo Ramírez, embajador de las Dos Sicilias en la corte austriaca, se reunió en Viena con el enviado brasileño encargado de encontrar en Europa una esposa para el joven Pedro II. Las casas reales consultadas se mostraron prudentes, ya que temían, sin ninguna duda, que Pedro II iba a desarrollar la misma personalidad de su padre, el emperador Pedro I, conocido por su inconsistencia y sus numerosas relaciones extramaritales. Por su parte, Ramírez no le dio ninguna importancia a la reputación del soberano y le propuso la mano de Teresa Cristina al emperador. De hecho, los sentimientos poca importancia tenían en aquella época y el papel de las princesas se limitaba a dar a luz a herederos para su marido y su nación de acogida. No obstante, debido a que su familia era bastante vasta, por lo tanto no le podía asegurar más que una dote mediocre, y a que ya tenía más de 20 años (edad avanzada para casarse en la época), Teresa Cristina apenas tenía esperanzas en contraer matrimonio y la perspectiva de casarse con un emperador no podía ser desestimada tan rápido.
Para convencer a Pedro II para que aceptara el matrimonio, el gobierno napolitano le envió al soberano un retrato de una joven chica guapa que supuestamente era Teresa Cristina. Seducido por esta imagen, que le pareció que representaba a una «princesa de cuentos de hadas», el emperador aceptó la unión con entusiasmo. Sin embargo, según el historiador James McMurtry Longo, la persona que aparecía en el cuadro no era la princesa y, cuando Pedro II descubrió el engaño, era demasiado tarde para dar marcha atrás.
Teresa Cristina y Pedro II tenían cierto grado de consanguinidad, por lo que fue necesaria una dispensa papal del papa Gregorio XVI para llevar a buen término los acuerdos matrimoniales. Cuando esta se obtuvo, se celebró una boda por poderes el 30 de mayo de 1843 en Nápoles. Durante la ceremonia, el conde de Siracusa fue el que representó al marido de su hermana pequeña.
Un marido decepcionado por el físico de su esposa
Una pequeña flota brasileña compuesta por la fragata Constituição y dos corbetas abandonaron el Reino de las Dos Sicilias el 3 de marzo de 1843 para escoltar a la nueva emperatriz. La escuadra, acompañada por una división naval napolitana compuesta por un navío de línea y tres fragatas, llegó a Río de Janeiro el 3 de septiembre de 1843, tras seis meses de viaje.
En cuanto Teresa Cristina llegó a Brasil, Pedro II se dirigió a su navío para conocerla. Ante este gesto impetuoso, la multitud carioca aclamó a su emperador y dispararon al aire de forma ensordecedora para saludarlo. Grande, rubio con los ojos azules y descrito como un joven muy hermoso a pesar de su prognatismo, el emperador de 17 años sedujo inmediatamente a la princesa napolitana. Sin embargo, esto no fue recíproco y Pedro II se mostró abiertamente decepcionado por la apariencia física de su prometida. A los ojos del soberano, Teresa Cristina era una «niña vieja» que aparentaba más de 22 años. Solo veía sus defectos físicos y la diferencia entre el retrato que se le presentó y la realidad. Pedro II no ocultó la repulsión que le causaba la princesa. Un testigo afirmó que estuvo tan chocado que tuvo que sentarse al verla; otro, que se dio media vuelta. El historiador Roderick J. Barman indica que, en su opinión, «pudieron suceder ambas cosas». En todo caso, Pedro II abandonó el navío de la princesa rápidamente y esta se encerró en su camarote. Al haberse dado cuenta de la desilusión causada a su prometido, rompió a llorar lamentándose porque el emperador no la quería.