Tal Día como Hoy

Tercera cruzada

Tercer conflicto armado por el control de Jerusalén

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La tercera cruzada (mayo de 1189 - septiembre de 1192), también conocida como la Cruzada de los Reyes, fue un intento de los líderes cristianos europeos (Felipe II de Francia, Ricardo I de Inglaterra y Federico I Barbarroja) por reconquistar la Tierra Santa de manos del sultán ayubí Salah ad-Din Yusuf ibn Ayyub, conocido en español como Saladino. Fue un éxito parcial, recapturando las importantes ciudades de Acre y Jaffa, pero no llegó a su objetivo último: la conquista de Jerusalén.

Tras el fracaso de la segunda cruzada (1147–1149), la dinastía Zenguí controló una Siria unificada e inició un conflicto con los gobernantes fatimíes de Egipto, que finalmente dio lugar a la unificación de las fuerzas egipcias y sirias bajo el mando de Saladino, que los empleó para reducir la presencia cristiana en Tierra Santa y recuperar Jerusalén en 1187. Estimulados por el celo religioso, Enrique II de Inglaterra y Felipe II de Francia pusieron fin a su conflicto para liderar una nueva cruzada, aunque la muerte de Enrique en 1189 dejó a los ingleses bajo el gobierno de Ricardo Corazón de León. El anciano emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Federico Barbarroja, respondió a la llamada a las armas y lideró un ejército poderoso a través de Anatolia, ganando algunas victorias contra el Sultanato selyúcida de Rum, pero se ahogó antes de llegar a la Tierra Santa. Muchos de sus soldados desanimados volvieron a sus casas.

Después de expulsar a los musulmanes de Acre, el sucesor de Federico, Leopoldo V el Virtuoso, y Felipe abandonaron Tierra Santa en agosto de 1191. Saladino no pudo derrotar a Ricardo en ningún enfrentamiento militar, que aseguró varias ciudades costeras más importantes. Tras una victoria importante por parte de los cruzados en la batalla de Arsuf, la mayor parte de la costa del Levante regresó al control cristiano. Sin embargo, el 2 de septiembre de 1192, Ricardo firmó el Tratado de Jafa con Saladino, por el cual Jerusalén permanecería bajo control musulmán, pero se permitiría a los peregrinos cristianos visitar la ciudad. Ricardo salió de Tierra Santa el 9 de octubre. Los éxitos militares de la tercera cruzada permitirían a los cruzados mantener Estados considerables en Chipre y en la costa de Siria, restaurando el Reino de Jerusalén en una estrecha franja de tierra entre Tiro y Jaffa. Sin embargo, su incapacidad para recuperar Jerusalén daría lugar a la petición de una cuarta cruzada seis años más tarde (1202–1204), pero los europeos solo volverían a recuperar la ciudad—y solo brevemente—en la sexta cruzada en 1229.

Tras el fracaso de la segunda cruzada, Nur ad-Din se hizo con el control de Damasco y unificó Siria. Con la finalidad de extender su poder, Nur ad-Din puso los ojos en la dinastía fatimí de Egipto. En 1163, su general de más confianza, Shirkuh, emprendió una expedición militar hacia el Nilo. Acompañaba al general su joven sobrino, Saladino.

Cuando las tropas de Shirkuh acamparon frente a El Cairo, el sultán de Egipto, Shawar, pidió ayuda al rey Amalarico I de Jerusalén. En respuesta, Amalarico envió un ejército a Egipto y atacó las tropas de Shirkuh en Bilbeis, en 1164.

En un intento de apartar de Egipto la atención de los cruzados, Nur ad-Din atacó Antioquía, lo que tuvo como resultado una masacre de soldados cristianos y la captura de varios dirigentes cruzados, entre ellos Reinaldo de Châtillon, príncipe de Antioquía. Nur ad-Din envió las cabelleras de los defensores cristianos a Egipto para que Shirkuh las expusiera en Bilbeis a la vista de los hombres de Amalarico. Esto hizo que tanto Amalarico como Shirkuh sacasen sus tropas de Egipto.

En 1167, Nur ad-Din envió de nuevo a Shirkuh a subyugar a los fatimíes. Shawar volvió a pedir ayuda a Amalarico para defender su territorio. Las fuerzas combinadas de egipcios y cristianos persiguieron a Shirkuh hasta que se retiró a Alejandría.

Shawar fue ejecutado por sus traicioneras alianzas con los cristianos y fue sucedido por Shirkuh como visir de Egipto. En 1169, Shirkuh murió inesperadamente tras solo unas semanas en el poder. El sucesor de Shirkuh fue su sobrino, Salah ad-Din Yusuf, más conocido como Saladino. Nur ad-Din murió en 1174, dejando el nuevo imperio a su hijo de once años, As-Salih. Se decidió que el único hombre capaz de conducir la yihad contra los cruzados era Saladino, que se convirtió en sultán tanto de Egipto como de Siria y fundó la dinastía ayubí.

Amalarico murió también en 1174 y fue sucedido como rey de Jerusalén por su hijo de trece años, Balduino IV, quien firmó un acuerdo con Saladino para permitir el libre comercio entre los territorios musulmanes y cristianos.

En 1176, Reinaldo de Châtillon fue puesto en libertad y comenzó a atacar caravanas por toda la región. Extendió su piratería hasta el mar Rojo, enviando galeras no sólo a abordar barcos, sino incluso planteó asaltar la misma ciudad de La Meca, aunque sus barcos fueron interceptados por la armada musulmana en el Mar Rojo antes de llegar a La Meca. Sus actos irritaron profundamente a los musulmanes, convirtiendo a Reinaldo en el hombre más odiado del Oriente Próximo por sus continuas traiciones de los pactos con Guy De Lussignac con Saladino.

Balduino IV murió en 1185, y la corona pasó a su sobrino de cinco años, Balduino V, con Raimundo III de Trípoli como regente. Al año siguiente, Balduino falleció repentinamente, y la princesa Sibila, hermana de Balduino IV y madre de Balduino V, se hizo coronar reina, y a su marido, Guy de Lusignan, rey.

Por entonces, Reinaldo, una vez más, atacó una rica caravana y encerró en su prisión a los viajeros. Saladino exigió que los prisioneros fuesen liberados. El recientemente coronado rey Guy ordenó a Reinaldo que cumpliese las demandas de Saladino, pero Reinaldo rehusó obedecer las órdenes del rey.

Fue este último ultraje de Reinaldo el que decidió a Saladino a atacar definitivamente a los cristianos en los actuales Altos del Golán. Tras acampar al este del campamento cristiano, Saladino decidió atacar la ciudad de Tiberiades en 1187, en la que se encontraba la mujer de Raimundo para así atraer a los cristianos y sacarlos de su fortaleza del campamento. Raimundo aconsejó paciencia, pero el rey Guy, aconsejado por Reinaldo, decidió contraatacar y emprendió una marcha, lenta por el tamaño de la caballería pesada, hacia el este, donde se encontraban las tropas de Saladino acampadas. Este envió a sus arqueros montados a hostigar, también de noche, a las tropas cristianas, quienes, entre la sed y el cansancio, ya estaban bastante deterioradas, y sufrieron muchas bajas. El día siguiente amaneció con una sorpresa para las tropas cristianas, ya que Saladino ordenó llenar las laderas de los montes colindantes al paso de los cristianos de matorrales y prenderles fuego, agudizando así el calor sofocante que ya de por sí había en la zona, y aumentando aún más el desfallecimiento de las tropas cristianas. Entonces, Saladino decidió pasar al ataque y, tras una corta batalla, masacró a las tropas cristianas bajo el sol sofocante y llevó como prisioneros a Guy y Reinaldo.

El rey Guy y Reinaldo fueron llevados a la tienda de Saladino, donde se le ofreció a Guy una copa de agua. Guy bebió un trago, pero no le fue permitido pasar la copa a Reinaldo, ya que las reglas musulmanas de la hospitalidad determinan que quien recibe alimento o bebida está bajo la protección de su anfitrión. Saladino no quiso obligarse a proteger al traicionero Reinaldo permitiéndole beber. Reinaldo, que no había probado una gota de agua en varios días, arrebató la copa de manos de Guy. Al ver la falta de respeto de Reinaldo por las costumbres islámicas, Saladino ordenó decapitar a Reinaldo por sus pasadas traiciones. Con respecto a Guy, Saladino hizo honor a sus tradiciones: Guy fue enviado a Damasco y finalmente liberado, siendo uno de los pocos cruzados cautivos que escaparon a la ejecución.

Otra versión escrita por Pedro de Blois, contemporáneo a los hechos en su Passio Raginaldi Principis Olim Antiocheni​ dice que Saladino le ofreció a Reinaldo perdonarle la vida a cambio de apostatar: “Tu Cristo te ha engañado. Si no lo niegas él no podrá librarte este día de mi mano”. “Cristo no engaña a ningún hombre” respondió el caballero “pero el hombre que no cree en él se engaña a sí mismo. ¡Lo adoro, lo confieso, declaro su nombre a ustedes! Si creyeran en él, podrían escapar del castigo de la condenación eterna, que, ¡no lo duden!, ha sido preparado para ustedes. Pero ¿por qué están demorando lo que están a punto de hacer? ¡Sé que no desean nada más que sangre cristiana!” Saladino desenvainó su cimitarra y lo decapitó, volando el alma de este guerrero mártir de Cristo al cielo a recibir su corona.

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