Flavio Teodorico el Grande (latín: Flavius Theodorīcus, griego: Θευδέριχος, Theuderijos, en gótico: Þiudareiks, en inglés antiguo: Þēodrīc y en nórdico antiguo: Þjōðrēkr o Þīðrēkr), también conocido como Teodorico el Amalo (Dacia, 12 de mayo de 454-Rávena, 30 de agosto de 526), fue rey de los ostrogodos (474-526), gobernante de la prefectura de Italia entre 493–526, regente de Hispania (511–526) y patricio del Imperio. Uno de los soberanos más poderosos de su tiempo donde, en su momento de mayor esplendor, gobernó sobre gran parte del territorio occidental del Imperio, desde Hispania hasta las provincias del Danubio. Fue considerado un heredero de los emperadores romanos de Occidente, quedando constancia de que colegas itálicos le llamaban Augustus en sus escritos, si bien él mismo nunca adoptó dicho título, al reconocer a Zenón como único emperador de ambas partes del Imperio.
Teodorico era originario de una rama del pueblo germano de los godos. Su linaje, los Amalos, se había asentado tras la desintegración del Imperio huno en el oeste de los Cárpatos, aproximadamente en la actual Hungría. Su padre fue el caudillo Teodomiro y su madre la concubina de este, Erelieva Eusebia.
Siendo aún niño, Teodorico fue enviado en el año 463 a Constantinopla como rehén (una práctica habitual para asegurar que su pueblo respetara los acuerdos alcanzados con el Imperio). Pero dentro de la metrópolis gozó de una gran libertad de movimiento, alternando con la corte imperial y también con los ciudadanos romanos, acudiendo a los espectáculos y a los oficios religiosos, además de recibir una educación en la tradición grecolatina similar a la que recibían los hijos de la élite romana.
Teodorico regresó a los Cárpatos con su pueblo a la edad de dieciocho años, en un momento durante el cual las tensiones en los Balcanes iban en aumento. Esta situación fue fruto de los complejos juegos políticos en la corte de Constantinopla, que llevaron al meteórico ascenso de Zenón el Isáurico, primero como hombre fuerte tras el trono en 471, y luego como emperador en 474. Pero esto conllevó la desestabilización de los antiguos equilibrios políticos de la zona, provocando numerosas conspiraciones políticas y la revuelta de los godos de Tracia, que salían perjudicados con el nuevo reparto de poder.
Puesto que la región de los Cárpatos tenía recursos muy limitados, lo que generaba una dura competición entre sus habitantes, Teodomiro siguió los consejos de su hijo recién llegado y se dirigió alrededor del año 472 hacia el interior de los Balcanes, penetrando las fronteras del Imperio romano oriental con todo su pueblo, compuesto por unos 10 000 guerreros y una cantidad mayor de no combatientes. La esperanza de Teodorico era llegar a un acuerdo con el emperador Zenón y sustituir a los godos tracios como aliados del imperio. Tras la muerte de su padre y el líder de los godos tracios, el joven caudillo pudo unir a todos los godos del este bajo su mandato en el año 484, comandando de este modo a unos 20.000 combatientes. Aunque esto simplificó el mapa político balcánico, las relaciones con el emperador Zenón siempre fueron tensas, y en el año 487 la situación se deterioró en tal grado que Teodorico condujo a sus guerreros hasta las puertas de Constantinopla.
Puesto que Teodorico era incapaz de tomar por la fuerza la capital imperial y Zenón carecía de los efectivos necesarios para obtener una victoria decisiva sobre los ostrogodos, ambas partes acabaron llegando a un acuerdo. El caudillo de los ostrogodos fue nombrado de este modo patricio y magister militum por el emperador, que lo envió a la península itálica a poner fin al gobierno de Flavio Odoacro, quien había alcanzado su posición diecisiete años atrás tras deponer al usurpador Rómulo Augusto, si bien Odoacro había cumplido como vasallo del emperador, con el tiempo comenzó a volverse más autónomo, hasta provocar la ruptura total con Zenón cuando apoyó al usurpador Leoncio y su magister militum Flavio Illos. La jugada satisfacía los deseos de ambos bandos. Por una parte, Zenón alejaba de sus provincias a los ostrogodos, que suponían un elemento de inestabilidad, y acababa con los traidores; y por su lado, Teodorico obtenía la legitimidad necesaria para hacerse con los ricos territorios italianos.
La Italia hacia la que Teodorico dirigió a su pueblo en el año 488 era un botín tremendamente deseable. Su abundancia de tierras fértiles la hacían, en una época en la que la riqueza se medía en el poder agrario de un territorio, mucho más próspera que Grecia y los Balcanes. La red comercial que conectaba la península, aunque debilitada debido a la fragmentación de la parte occidental del imperio, continuaba siendo importante. De hecho, a pesar de que Roma ya no era la ciudad más poblada del mundo, su tamaño seguía siendo prodigioso, y muy posiblemente fuera la segunda mayor ciudad del ámbito romano, solo por detrás de Constantinopla.
El monarca ostrogodo no tuvo problema para derrotar a las fuerzas hérulas de Odoacro, primero durante el cruce de los Alpes en agosto de 489 y un mes después en las inmediaciones de Verona, sitiando en 492 la inexpugnable capital de Odoacro, Rávena. Acorralado, el caudillo hérulo llegó a un pacto con Teodorico en febrero de 493 para compartir el poder, y diez días después, tras entrar en la ciudad, el monarca decidió organizar un banquete en el palacio imperial de Honorio para celebrar el acuerdo, con la intención de tener a algunos de sus seguidores cerca para asesinar a Odoacro. Pero como este plan fue por mal camino, Teodorico decidió asesinarlo con sus propias manos; tras hacer un brindis, desenvainó su espada y la clavó en la clavícula de Odoacro, tras lo que este, moribundo, preguntó: «¿Dónde está Dios?», a lo que el monarca respondió: «Esto es lo que les hiciste a mis amigos». Se dice que Teodorico se paró sobre el cadáver de su rival muerto y dijo: «Ciertamente no había un hueso en este desdichado compañero».
Según Juan Antioqueno, «ese mismo día, todos los miembros del ejército de Odoacro que pudieron ser encontrados fueron asesinados por orden de Teodorico, así como toda su familia». La mujer de Odoacro, Sunigilda, fue drogada hasta la muerte, y su hermano Onulfo fue asesinado por arqueros mientras buscaba refugio en una iglesia. Su hijo Thela fue exiliado a la Galia, pero cuando intentó volver a Italia, Teodorico ordenó que también fuera asesinado. Tras la muerte de Odoacro, Teodorico se convirtió efectivamente en el rey de Italia.
Asentado en Rávena, el reinado de Teodorico gozó de mayor legitimidad que el de su predecesor por diversas razones. En primer lugar, gobernaba en nombre de Zenón y aceptaba el rango superior de este, aunque en la práctica tenía plena autonomía para actuar tanto en su reino como en el resto del occidente europeo. Otro elemento legitimador fue el hecho de que mantuvo intactas las estructuras administrativas romanas, recibiendo por ello el apoyo del senado de Roma. De hecho, respetó a la aristocracia romana, que logró conservar la gran mayoría de sus tierras (siendo compensados cuando tuvieron pérdidas) y desarrollar una carrera como funcionarios civiles en la corte de Rávena. Por otro lado, sus seguidores godos estuvieron satisfechos con los repartos de tierra que se hicieron y con los puestos militares, destinados a ellos en su inmensa mayoría.
Asentado en el reino de Italia, Teodorico desarrolló una importante política diplomática tanto con otros pueblos germanos como con el Imperio romano de oriente. Sin embargo, la estabilidad y la paz se vieron sacudidas en el año 507 a causa de la batalla de Vouillé, que enfrentó al rey franco Clodoveo I con el rey visigodo Alarico II, yerno de Teodorico por matrimonio con su hija Teodegoda. El resultado de este choque fue la derrota de los visigodos, su retirada de la Galia (actual Francia) y la muerte del propio Alarico II.
Tras la derrota, Teodorico intervino en el reino visigodo para proteger los intereses de su nieto Amalarico, hijo del difunto gobernante y heredero de la corona. Al mismo tiempo, las fuerzas ostrogodas expulsaron a los burgundios de las posesiones visigodas que habían ocupado en Provenza, pero tuvieron cuidado de no entrometerse en los territorios dominados por los francos, evitando así un conflicto a gran escala.