La Taifa de Valencia o taifa de Balansiya fue uno de los reinos de taifas creados a raíz del fin del Califato de Córdoba en 1010. Duraría hasta el 1238, cuando fue conquistada por Jaime I y pasó a formar parte del cristiano Reino de Valencia.
En los inicios de la Fitna de al-Ándalus (1009-1031) que provocó la caída del Califato de Córdoba, a comienzo del siglo XI, Valencia se convirtió en capital de un reino de taifas, y, por lo tanto, experimentó un importante crecimiento urbanístico.
Los primeros caudillos y creadores de la Taifa fueron Mubárak (Mbárek) y Muzzafar, que reinaron entre 1011-1020, funcionarios que tuvieron cierta independencia y que estaban relacionados con los amiríes (descendientes de Al-Mansur ibn Abi Ámir, más conocido como Almanzor), que llegaron incluso a acuñar moneda.
Tras la desaparición de estos dos régulos, los sucedió Lebil de Tortosa, importante personaje amirí y eslavo como los anteriores régulos. En 1019, por las presiones del rey de la taifa de Denia compartió el poder, aunque finalmente abandonó Valencia y se trasladó a Tortosa. Como representante del partido amirí, eligió como régulo de Valencia a un descendiente de Almanzor que había huido de la caída de Córdoba y se había instalado en Zaragoza. Este regulo sería Abd al-Aziz ibn Ámir.
En 1021 llegó al trono Abd al-Aziz ibn Ámir (nieto de Almanzor y de Sancho II Abarca) fundando la dinastía amirí en Valencia, que fue el rey que haría de la Taifa de Valencia una de las importantes de la primera mitad del siglo XI.
En su política exterior, pasó de tener una buena relación con los reyes de Denia y Baleares a la hostilidad; en sus luchas pidió ayuda a los cristianos (como nieto de Sancho II Abarca). Tuvo guerras contra la taifa de Almería, cuya población le llegó a nombrar rey, pero por poco tiempo.
Durante el reinado de Abd al-Aziz (1021-1061) se construyó una nueva muralla con el propósito de proteger a la población y a aquellos que llegaban de otros lugares de al-Ándalus. Además de las murallas, construyó su almunia (tipo de edificio rural, usualmente una finca de recreo, en zonas musulmanas). El arabista Henri Pérès en su libro Esplendor de al-Ándalus, habla de la belleza y grandiosidad de la finca, que sería conocida como Palacio del Real —del árabe "rahal" (casa de campo)—:
Abd al-Aziz ibn Ámir murió en enero de 1061.
Le sucedió su hijo Abd al-Málik ben Abd al-Aziz al-Mansur (1061-1064). Como consecuencia de las campañas de Fernando I de León para controlar y cobrar parias, atacó y derrotó a este régulo a pesar de los recursos enviados por su suegro, Al-Mamún de Toledo. Pero el rey castellano-leonés no pudo aprovechar el triunfo; enfermo, tuvo que volver a su corte, donde falleció; lo aprovechó Al-Mamún para destronar al régulo valenciano e incorporar la taifa de Valencia a la de Toledo (1064-1075).
Tras la muerte de Al-Mamún de Toledo (1075), otro hijo de Abd al-Aziz ibn Ámir ocupó el trono, Abu Bakr ben Abd al-Aziz (1075-1085), pero no llegó a acuñar moneda. Parece que en este momento Valencia gravitó entre las dos taifas más importantes del ámbito septentrional, la taifa de Zaragoza y taifa de Toledo, procediéndose a enlaces matrimoniales con elementos de ambas taifas. A Abu Bakr ben Abd al-Aziz le sustituyó su hijo Uthmán ben Abu Bakr (1085-1086) que reinó poco tiempo. Con él acaba el gobierno de la dinastía amirí en la taifa de Valencia. Uthmán se enfrentó a un hermano hermano suyo, que desempeñaba un importante papel en la gestión de la taifa, lo que debilitó a los amiríes.
Ambicionaba el territorio al-Cádir, el mediocre emir de Toledo, odiado por la población y que se había mantenido en el trono de su taifa únicamente por el apoyo de Alfonso VI. Acabó cediendo Toledo a Alfonso en mayo del 1085 a cambio de la ayuda de este para hacerse con el gobierno de Valencia, teóricamente sometida a Toledo. Al-Cádir marchó primero a Cuenca y, al morir Ben Abd al-Aziz, comenzó a intrigar para hacerse con el poder en Valencia. En febrero del 1086 se presentó ante la ciudad, protegido por tropas musulmanas y, sobre todo, por un contingente castellano al mando de Álvar Fáñez. Tras varios días de titubeo, los notables de la ciudad le abrieron las puertas y lo aceptaron como soberano.
Uthmán ben Abu Bakr fue sustituido de la cabeza de la Taifa de Valencia por Alfonso VI y las tropas cristianas, que pusieron en su lugar como rey a al-Cádir (1086-1092), anterior rey de la taifa de Toledo. Todos los señores de la taifa se sometieron a excepción del de Játiva, al que al-Cádir asedió hasta que los sitiados solicitaron el auxilio del emir de Taifa de Tortosa y Denia. Este contratiempo debilitó la posición de al-Cádir: los señores vasallos, que le habían aceptado sin entusiasmo, comenzaron a distanciarse de él, y su visir lo abandonó y se apoderó de Murviedro. El único sostén de al-Cádir eran los soldados castellanos; para sufragar sus sueldos tenía que imponer onerosos impuestos, que atizaron el descontento de la población.
Tras la derrota castellana en Sagrajas, Fáñez se retiró de la ciudad para participar en la defensa del reino castellanoleonés. Esto debilitó a al-Cádir, que se vio cercado en Valencia por el emir de Tortosa y Denia. El soberano valenciano pidió auxilio a Alfonso VI y al emir zaragozano, que no pudieron enviar fuerzas propias, el primero por la delicada situación militar tras la derrota en Sagrajas y el segundo por carecer de las suficientes para intervenir. Lo hizo en lugar de ellos el Cid, con milicianos musulmanes zaragozanos y sus propias mesnadas, que desbarató el asedio del emir de Tortosa. El Cid sustituyó en el papel de protector de al-Cádir a Fáñez.
Taló los territorios de Denia y venció al conde de Barcelona al norte de Valencia; este había acudido en socorro de su protegido, el emir de Tortosa y Denia. Muerto este en el 1090, el Cid quedó como autoridad suprema en la región, y recibió crecidos tributos de Valencia, Tortosa, Lérida, Denia, Albarracín, Alpuente, Murviedro, Jérica, Segorbe y Almenara. Su poder frustraba las ambiciones de los soberanos cristianos peninsulares, que deseaban hacerse con los tributos que recibía el Cid; así, el rey castellanoleonés, el rey aragonés y el conde de Barcelona se aliaron con Pisa y Génova para atacarlo.
En la primera mitad del 1092, fracasó un asalto marítimo a Tortosa, pero el Cid decidió marchar a correr las tierras riojanas de García Ordóñez, su enemigo personal, y evitar enfrentarse a Alfonso VI, que marchaba contra Valencia. Alfonso acabó por retirarse, pero la ausencia del Cid y el avance almorávide, que a finales del verano habían alcanzado Alcira, animaron a la población a rebelarse contra al-Cádir.
Se hizo con el poder el cadí de Valencia Ibn Yahhaf, que mandó asesinar al emir y admitió en la ciudad un pequeño contingente almorávide. Este cadí, Yafar ben Abd Al·lah ben Yahhaf (1092-1094) fue el último rey antes de la ocupación de Valencia por parte del Cid en venganza por la muerte de Al-Cádir. El Cid regresó a Valencia y fue apretando su cerco. Las negociaciones entre los dos bandos condujeron a una tregua firmada en abril del 1093, en la que los valencianos aceptaron duras condiciones del Cid. La paz se rompió cuando llegaron noticias del avance de un ejército almorávide, que alentó a los más hostiles al pacto con los cristianos. El Cid ordenó entonces inundar la huerta valenciana para estorbar la marcha del enemigo que, incomodado por las grandes lluvias del otoño y los problemas de abastecimiento, decidió retirarse. Se reanudó entonces el asedio de la ciudad, mucho más riguroso que el primero y que causó gran escasez en la plaza. Tras fallidos intentos de volver a pactar con el Cid y de obtener socorro de Zaragoza, la ciudad capituló el 15 de junio del 1094.
El Cid, conocedor de la historia y tradiciones del islam, le aplicó a Ben Yahhaf, para deshacerse de él, el mismo procedimiento de castigo llevado a cabo por Mahoma como contra uno de sus enemigos, morir en la hoguera. Infringía así una de las condiciones de la capitulación, que garantizaba la seguridad del cadí.