El sionismo es una ideología y un movimiento político nacionalista que propuso desde sus inicios el establecimiento de un Estado para el pueblo judío en Palestina, una región que corresponde a la antigua Tierra de Israel (Eretz Israel) en la cultura judía. Dicho movimiento fue el promotor y responsable en gran medida de la fundación del Estado de Israel en 1948 y, desde su consecución, se centra en la defensa y apoyo al mantenimiento de su existencia.
El sionismo apareció en Europa central y oriental a finales del siglo XIX. Su fundador en tanto que movimiento organizado fue el periodista austrohúngaro de origen judío Theodor Herzl como respuesta a la ola antisemita que recorrió Europa en esos años, uno de cuyos exponentes fue el affaire Dreyfus. El movimiento tuvo como objetivo fomentar la emigración judía a Palestina y alcanzó su objetivo principal con la fundación del Estado de Israel en 1948.
El sionismo constituye una rama del fenómeno más amplio del nacionalismo moderno. Descrito como un «nacionalismo en la diáspora» y opuesto al asimilacionismo, el sionismo se autodefine como un movimiento de liberación nacional, cuyo objetivo es la libre autodeterminación del pueblo judío.
Existen pocos estudios sobre la proporción de personas judías que apoyan o rechazan el sionismo. En 2026 una encuesta de las Jewish Federations of North America, que se definen como "orgullosamente sionistas", encontró que el 37% de los judíos de Estados Unidos se declaraban sionistas, un 7% antisionistas, otro 8% "no sionistas" y el 48% no se identificaban con ninguna de esas etiquetas.
El vocablo «sionismo» deriva de la palabra Sion (en hebreo: ציון, uno de los nombres bíblicos de Jerusalén). Este nombre designaba inicialmente al monte Sion, una montaña cerca de Jerusalén, y a la fortaleza de Sion en ella. Más tarde, el término «Sion» se convirtió en una sinécdoque para referirse a toda la ciudad de Jerusalén y a la Tierra de Israel. En muchos versículos bíblicos, los hebreos son llamados el pueblo, hijos o hijas de Sion.
El término «sionismo» fue acuñado por el editor austriaco de origen judío Nathan Birnbaum, fundador del movimiento estudiantil judío Kadima, en su diario Selbstemanzipation (Autoemancipación) en 1890.
Según los historiadores Walter Laqueur, Howard Sachar y Jack Fischel, entre otros, la etiqueta de «sionista» también se usa como un eufemismo para los judíos, en general, por apologistas del antisemitismo.
El nacimiento del sionismo está ligado a la eclosión de los nacionalismos durante el siglo XIX europeo, que tuvieron como bandera común la idea «un pueblo, un Estado» y que está en el origen del concepto de Estado nación. Al calor de esa idea se formaron distintos Estados europeos, surgidos del desmembramiento de los imperios o bien a través de la unificación de Estados con similares cultura e idioma (tales como Italia y Alemania). El sionismo se inspiró de manera particular en una versión alemana del pensamiento de la Ilustración europea, y los principios nacionalistas alemanes se convirtieron en características clave del nacionalismo sionista. En paralelo a ese desarrollo nacionalista, atravesándolo en muchas ocasiones, se desarrolló el moderno antisemitismo.
El movimiento sionista fue fundado a finales del siglo XIX por judíos seculares, en gran medida como una respuesta por parte de judíos asquenazíes al creciente antisemitismo en Europa, ejemplificado por el caso Dreyfus en Francia y los pogromos antijudíos en el Imperio ruso. El sionismo sostenía que los judíos eran primordialmente un grupo nacional (como los polacos o los alemanes) y no un grupo religioso (como los musulmanes o los católicos) y que, como tal, tenía derecho a crear su propio Estado en su territorio histórico. La formulación clásica de la idea es la que hizo Theodor Herzl en su opúsculo Der Judenstaat (El Estado Judío, publicado en Berlín y Viena en 1896), que tiene como precedentes doctrinales la obra de Moses Hess Roma y Jerusalén (1860) y la del médico judío ruso Leo Pinsker Autoemancipación (1882), que contiene ya la consigna «Ayudaos, que Dios os ayudará». Para esa época, Herzl creía que la migración judía a la Palestina otomana, particularmente entre comunidades judías pobres, no asimiladas y cuya presencia «flotante» causaba inquietud, sería beneficiosa para los judíos asimilados y para los cristianos en Europa. El sionismo político fue en algunos aspectos una ruptura dramática con los dos mil años de tradición judía y rabínica. El historiador judío del nacionalismo Hans Kohn afirmaba en tal sentido que el nacionalismo sionista «no tenía nada que ver con las tradiciones judías; se oponía a ellas en muchos sentidos». El sionista cultural Ahjd Ha'am, a comienzos del siglo XX, escribió que no había creatividad en el movimiento sionista de Herzl y que su cultura era europea y específicamente alemana. Consideraba que el movimiento representaba a los judíos como simples transmisores de la cultura imperialista europea.
En sus inicios, el sionismo fue muy minoritario entre las personas judías. Desde el principio y hasta la actualidad, esta ideología ha competido con otra corriente, el asimilacionismo, sobre todo en Estados Unidos y la Europa occidental, que no consideraba a los judíos como pueblo, sino como una minoría religiosa que debía integrarse y luchar por su plena igualdad en las sociedades en las que vivían.
El sionismo se puso como objetivo primario la creación de un Estado judío moderno, considerando que con ello devolvía al pueblo judío su estatus de nación y pondría fin a dos milenios de vida en el exilio. Ante las grandes dificultades a las que se enfrentaban los judíos para establecerse en Palestina (a la que consideraban su hogar ancestral), se barajaron algunas alternativas temporales, sin intención de establecer un Estado nacional, solo como refugio ante la ola de pogromos y persecuciones en la Rusia zarista, como Argentina —en la que se crearon numerosas colonias de inmigrantes judíos europeos—, y aún en una porción del África Oriental Británica (el conocido como Plan Uganda), ofrecida por el gobierno de Londres. Estas fueron estudiadas (el propio Herzl estudia en su obra las ventajas comparativas de Argentina y Palestina) y al fin rechazadas por la dirigencia sionista, que prefirió el establecimiento del futuro Estado en Palestina, por entonces parte del Imperio Turco.
En paralelo a estas ideas, se fueron produciendo sucesivas oleadas migratorias a Palestina (llamadas Aliyá por los sionistas) de jóvenes obreros y estudiantes, que escapaban en su mayoría del antisemita ambiente ruso y dispuestos a levantar la antigua patria judía basándose en dos ejes: el trabajo agrícola y la resurrección de la lengua hebrea.
La inmigración judía a la Palestina Otomana se inició en 1882. La denominada Primera Aliyá vio la llegada de alrededor de 35.000 judíos en el término de unos veinte años. La mayoría de los inmigrantes procedían de Rusia, donde el antisemitismo era rampante. Ellos fundaron una serie de asentamientos agrícolas con el apoyo financiero de filántropos judíos de la Europa occidental. Para principios del siglo XX, el 6 % de las tierras de Palestina pertenecían a judíos.
La Segunda Aliyá comenzó en 1904. Otras Aliyot, cada vez con más inmigrantes, se sucedieron entre las dos guerras mundiales, impulsadas en la década de 1930 por la persecución nazi.
Tras la conquista británica de Palestina durante la Primera Guerra Mundial, la Declaración Balfour de 1917 apoyó la creación de una patria judía en el Mandato Británico de Palestina. En 1922, la Sociedad de Naciones hizo suya la declaración formulada en el mandato que dio a Gran Bretaña:
A lo largo del siglo XX el sionismo fue ganando adeptos gradualmente, y después del Holocausto se transformó en el movimiento predominante dentro del mundo judío. Por otra parte, la aparición de un proyecto de nación territorializada inicialmente similar, puesto en marcha desde 1928 por el Gobierno soviético, la República Autónoma Hebrea, que devino en fracaso a mediados de la década de 1930, resultó no presentar el suficiente atractivo como para provocar una emigración masiva o estable.