Silvestre I (en latín: Silvester, en griego antiguo: Σίλβεστρος; c. 285-Roma, 31 de diciembre del 335) fue obispo de Roma desde el 31 de enero del 314 hasta su muerte. Se lo considera el 33.er papa descrito en el Liber Pontificalis y venerado como santo por las iglesias católica, ortodoxa, armenia, luterana y anglicana.
Su pontificado cubre uno de los más importantes períodos de la historia de la Iglesia y de Occidente, ya que transcurrió durante el imperio de Constantino —primer emperador cristiano— cuando el cristianismo dejó de ser perseguido y obtuvo el reconocimiento del gobierno imperial mediante el edicto de tolerancia religiosa. No obstante, son pocos los datos históricos que se conservan sobre Silvestre. El Liber Pontificalis (compuesto entre los siglos V y VI) menciona simplemente los dones que, aparentemente, Constantino concedió a la Iglesia y como información personal agrega que era hijo de un presbítero romano llamado Rufino, por lo que su existencia real no está puesta en duda. Los Actus Silvestri (obra legendaria del siglo V) indican que su madre se llamaba Justa, aunque este documento no se considera fuente confiable ni confirmatoria de la vida de Silvestre I.
Su fiesta se celebra en Occidente el 31 de diciembre, que coincide con las celebraciones de Fin de año, llamadas por ello (en algunos países) "de San Silvestre". La Iglesia Ortodoxa lo conmemora el 2 de enero según el calendario juliano revisado y el 15 de enero según el calendario juliano tradicional.
El largo obispado de Silvestre no se destacó por su acción personal, y por ello la leyenda posterior lo ha realzado inventando episodios maravillosos y una relación personal con el emperador que no existió, aunque se menciona incluso en la actualidad en textos periodísticos o devocionales.
Durante este periodo, sin embargo, el obispo de Roma no podía compararse en importancia con los obispos de las iglesias de Oriente o con personalidades tan destacadas como Eusebio de Nicomedia y Osio de Córdoba, por ejemplo, quienes influyeron de manera determinante sobre Constantino, el emperador protector de la Iglesia.
En 313, bajo el obispado de Melquíades, un sínodo romano decidió confirmar la elección de Ceciliano como obispo de Cartago, impugnada por el partido donatista. Sus representantes rechazaron esta decisión y apelaron ante el emperador Constantino, quien convocó a los obispos de Occidente a un concilio en Arlés, el cual tuvo lugar en agosto de 314, ya con Silvestre como obispo de Roma. Sin embargo, la presidencia del mismo fue confiada a Marino, obispo de Arlés y la dirección de las deliberaciones a Chresto, obispo de Siracusa. ya que la autoridad del obispo romano había sido puesta en cuestión. Este importante concilio, el cual reunió a no menos de 33 obispos occidentales debería celebrarse "en presencia del obispo de Roma", quien, sin embargo y por razones desconocidas, no acudió, siendo representado por dos presbíteros, Claudiano y Vero, así como por dos diáconos, Eugenio y Ciricio, quienes parecen haberse limitado al papel de observadores más que de legados. La ausencia de Silvestre, especulan los historiadores, pudo deberse a su reciente consagración o bien a que desaprobase una convocatoria hecha por el emperador.
El concilio, confirmando la legitimidad de Ceciliano, volvió a condenar a los donatistas y tomó una serie de disposiciones relativas al bautismo, la comunión o incluso la fijación de la fecha de la Pascua, la cual, se decide que "deberá observarse en el mismo día en todo el mundo”. En una carta dirigida a Roma, los obispos conciliares lamentan la ausencia de su colega romano, y le piden que haga conocer estas decisiones a todas las Iglesias, resultado de la cual existe una colección separada de las decisiones del concilio conocidas como Canones ad Silvestrum. Si bien esta carta y los cánones implican cierta conciencia entre los obispos occidentales del primado del obispo de Roma, las prescripciones del concilio no fueron tenidas en cuenta por la iglesia de Oriente. Por otra parte, esta asociación de Silvestre con el Concilio de Arlés alimentó el resentimiento de los donatistas, quienes lo denunciaron como uno de los clérigos que, durante la persecución de Diocleciano, entregaron las Santas Escrituras a las autoridades romanas (llamados por ello traditores). Tan extendida estaba esta historia que, un siglo más tarde, Agustín de Hipona consideró que debía defender su memoria de estas acusaciones que él creía infundadas.
En 319, a partir de una doctrina cristológica enseñada por el presbítero alejandrino Arrio, se desató una crisis que afectó profundamente a las Iglesias orientales. Esta doctrina, la cual afirma Jesucristo, el Hijo "no es de la misma naturaleza" que el Padre, se denominó arrianismo y su principal oponente fue el obispo Alejandro de Alejandría quien ya en 320 convocó un sínodo local hacia el 320, el cual excomulgó a Arrio, sentencia de la cual se informó a Silvestre, como era usual. Constantino intentó mediar en el conflicto, pero no pudo lograr el acercamiento de las parte, por lo que confió al obispo Osio de Córdoba la tarea de resolver la crisis. Este organizó y presidió un concilio general de todo el episcopado del Imperio. Los obispos, unos 1800, fueron convocados por cursus publicus y se reunieron, pero solamente una pequeña parte de los invitados, en Nicea, en mayo de 325. Eusebio de Cesarea explica que Silvestre declinó su asistencia, esta vez debido su avanzada edad, y envió como legados a los presbíteros Vincencio (más tarde obispo de Capua) y Vito, quienes participaron en los debates de manera discreta y sin ningún derecho particular de precedencia. Sin embargo, sus firmas se encuentran en las actas del concilio directamente después de la de Osio y antes de la de los demás obispos presentes.
El Concilio de Nicea condenó a Arrio, estableció las bases conceptuales de lo que siglos más adelante fue reconocido como el Credo Niceno, y un cierto número de cánones litúrgicos y disciplinarios, uno de los cuales trata sobre el establecimiento de la fecha de la Pascua, que se fijará por acuerdo entre las sedes episcopales de Alejandría y Roma. Se ignora cómo fueron recibidas estas disposiciones por Silvestre pero, en 326, Roma estableció una fecha pascual diferente a la de Alejandría.
La nula participación de Silvestre en estos concilios, quizás debida a su lejanía del escenario del conflicto o por su respeto por la autonomía de las Iglesias orientales, fue en su día objeto de críticas. Los relatos posteriores de estos acontecimientos, compuestos en el siglo V, siguiendo a Gelasio de Cízico intentan rehabilitar la figura papal, haciendo de Osio un legado de Silvestre, o incluso atribuyen a este último la convocatoria del concilio junto al emperador, lo cual carece de base histórica. Esta ausencia del papa en ambos concilios creó un precedente en la creencia católica que seguirá siendo válido durante los siglos IV y V, la negativa de los obispos romanos a asistir en persona a los sínodos convocados por el emperador cristiano.
Comienzo de la "Roma católica"
En el mundo grecorromano, era usual que las autoridades hicieran, a sus expensas, obras públicas en favor de una ciudad, una comunidad o un culto religioso; a esta costumbre se le da el nombre de evergetismo. Constantino, en cuanto emperador cristiano si bien no bautizado, no se propuso la conversión del Imperio, en sus edictos promovió la libertad de cultos, pero manifestó su preferencia, casi exclusiva, por el culto del dios que adoraba por medios de acciones de evergetismo. La iglesia de Roma se benefició de la generosidad imperial bajo el pontificado de Silvestre, de manera que puede decirse que en ese momento comienza a surgir una "Roma cristiana", si bien las clases altas y una parte importante de la plebe, siguieron practicando ritos no católicos. El Emperador promovió la construcción de numerosos edificios religiosos, para cuyo mantenimiento donó terrenos y propiedades procedentes del inmenso patrimonio imperial, acumulado durante los tres siglos anteriores. El Liber pontificalis enumera en su imaginario una serie de iglesias, dotadas de mobiliario litúrgico, oratorios y ornamentos, cuya paternidad constantiniana ha sido confirmada por pruebas epigráficas y arqueológicas. Estas construcciones, que debían responder a las características del culto cristiano, se construyeron tomando como modelo los espacios cerrados de reunión propios del mundo helenístico y ya adoptado por los romanos: la basílica.