Rogelio Fernández Güell (San José, 4 de mayo de 1883-Buenos Aires, 15 de marzo de 1918) fue un político, escritor, poeta y periodista costarricense.
Sus antepasados eran españoles y cubanos. Era descendiente de la familia que Juan Fernández del Val fundó en Costa Rica en 1796.
Cuando él nació, su padre –Federico Fernández Oreamuno– era el gobernador de San José y su tío –Próspero Fernández Oreamuno,– el presidente de la República. Estudió la primaria en la Escuela Anexa al Liceo de Costa Rica; la secundaria en el propio Liceo. Rogelio Fernández leyó todos los libros en la biblioteca de su padre, que contenía los más famosos autores franceses, como Victor Hugo, Alphonse de Lamartine y François-René de Chateaubriand. Aprendió de memoria centenares de pasajes y aforismos de Don Quijote de la Mancha, que recitaba cada vez que tenía oportunidad. Incluso en los artículos periodísticos que escribió posteriormente, aparecen trazos del pensamiento de Miguel de Cervantes.
Era primo del economista e historiador costarricense Tomás Soley Güell (1875-1943).
Su carácter retraído lo hizo abandonar la secundaria. En 1901, Rafael Iglesias Castro era el presidente de Costa Rica. Representaba a la oligarquía cafetalera y sufría una gran pérdida de popularidad: la caída de los precios del café, más el aumento de la deuda pública y la construcción del ferrocarril al Pacífico, eran los causantes de una fuerte crisis económica. Todos querían la expulsión del mandatario. Por aquel entonces, apareció uno de los primeros artículos de Fernández Güell, firmado con el seudónimo «Sansón Carrasco» –célebre personaje del Don Quijote. El artículo se llamó «Los quijotes de mi tierra» y apareció en el periódico El Tiempo. Ridiculizaba a varios políticos que estaban en la palestra nacional. El resultado de «aquella irreverencia» fue la demanda penal que sufrieron el joven periodista –de apenas 17 años de edad– y el director del diario. Un juez hizo encarcelar a Fernández y a su jefe en la prisión de San José. En lugar de amedrentarse, Rogelio Fernández Güell escribió desde la cárcel de San José una serie de artículos con el título de «Elecciones» –que publicó el diario El Día, de San José,– donde defendía el voto, la libertad de elegir y llamaba al pueblo a participar en las elecciones nacionales, que no fuera apático.
A los 20 días quedaron en libertad: la corta edad del redactor había servido como atenuante. De esa manera comenzó su actividad periodística, con artículos y columnas de invariable corte político.
Con el paso de los meses, Fernández Güell fue contratado por el periódico El Derecho, de San José. Sus editoriales y comentarios de fondo están cargados de críticas políticas contra el sistema existente. Fernández firma sus trabajos con el seudónimo de «Pascual». Su manera de ser lo ubicaba entre los grandes polemistas de su época, principalmente cuando se enfrentó en agria discusión dialéctica con su antiguo maestro, el cubano Antonio Zambrano. Este se había burlado de los neorrepublicanos, porque no tenían un candidato presentable a la presidencia de la República. La respuesta de Fernández Güell fue la siguiente:
A los 19 años de edad, Rogelio Fernández Güell arremetió contra el poderoso grupo de oligarcas, empresarios y políticos, al publicar un artículo en el que defiende al régimen republicano:
Exactamente por eso, Fernández Güell se levantaría contra Federico Tinoco Granados, el dictador que pisoteó a la Constitución del país.
A principios de 1902, tras una serie de artículos suyos criticando la «salvaje costumbre» de batirse en duelo, un tal «licenciado Luis Castro Ureña» lo desafió a un duelo. Fernández aceptó a regañadientes, sabiendo que él no había injuriado a nadie y que todo era una absurda ocurrencia del retador. Se presentan una madrugada, revólver en mano, en La Sabana, un descampado al oeste de la villa de San José. Ambos fallan su respectivo disparo y se perdonan las vidas recíprocamente. Más tarde se convertirían en buenos amigos.
En marzo de 1902, Rogelio Fernández –de 18 años– publicó un libro que contiene el poema «El dolor supremo» y una égloga necrológica ante la muerte del escritor Manuel Argüello Mora.
En abril de 1902, Rogelio Fernández ridiculizó en un artículo periodístico las pretensiones políticas de algunos oficiales del ejército costarricense, y su proverbial falta de valentía para defender con la vida las causas nobles. Los valientes oficiales lo emboscaron una noche en el oscurísimo Parque Central de San José y –con la intención de atrofiarle para siempre su capacidad para escribir,– le propinaron varios sablazos en la mano y el brazo derechos. No lograron su cometido, porque Rogelio Fernández aprendió a escribir con la mano izquierda, y siguió hostigándolos desde el periódico.
El 15 de octubre de 1902 asumió la presidencia el político Ascensión Esquivel Ibarra. Rogelio Fernández se enfrascó en una disputa con el entonces diputado Ricardo Jiménez Oreamuno, acerca de la libertad de prensa y de la pésima presidencia que estaba desarrollando Esquivel. Decepcionado tras este intercambio de cartas publicadas, Pascual (Fernández) se retira de las páginas del diario El Derecho. Se muda a una casa que su padre tiene en el pueblo de Atenas (a 40 km al oeste de San José) para continuar sus estudios de secundaria. Continuó colaboradondo con el diario, enviando artículos y editoriales.
En aquellos tiempos, el periódico El Centinela publicó su oda «A Costa Rica», «El reinado de la fuerza» (un artículo combativo) y «¡Tierra!» (una prosa poética). También, por aquella época, se define admirador de Cristo, Cristóbal Colón, don Quijote de La Mancha y Francisco I. Madero.
En esta época, su familia estaba siendo perseguida por culpa de la política y sus dos hermanos son expulsados de la capital –San José, Costa Rica– y confinados uno a Nicoya y el otro a Golfo Dulce. Por eso Fernández decide marcharse a España.
Un último artículo suyo aparecido en El Centinela, lo intitula «Adiós» y dice entre líneas:
El 16 de enero de 1904, Rogelio Fernández Güell partió en barco desde Puerto Limón hacia España. Viajó por casi todo ese país, lo recorrió de norte a sur y de este a oeste; asistió al teatro en cada ciudad importante en que estuvo. En Madrid conoció al escritor español Benito Pérez Galdós.
Durante su estadía en Madrid generó su más copiosa producción literaria, influenciada por las características modernistas. Poemas como «María Magdalena», «La musa americana», «Desde mi butaca», «El idilio», «Un delirio de José de Espronceda», y dos poemas con mensaje espiritista: «Los albores de la verdad» y «Luz y unión». En Madrid compartió mesas de café con escritores hispanoamericanos.