Rodrigo Moya (Medellín, Colombia; 10 de abril de 1934-Cuernavaca, México; 30 de julio de 2025) fue un fotógrafo colombo-mexicano, reconocido como uno de los grandes exponentes del fotoperiodismo crítico y comprometido en América Latina durante el siglo XX, y considerado uno de los más importantes del fotoperiodismo y la fotografía documental en América Latina durante las décadas de 1950 y 1960. Su obra documental —que retrata movimientos guerrilleros, obreros, comunidades indígenas, conflictos sociales, tensiones laborales, vida rural y urbana, y figuras históricas— ha sido ampliamente difundida, exhibida y estudiada por su valor estético, histórico y político. Retrató a personajes como Che Guevara, Gabriel García Márquez y Diego Rivera.
En los inicios de su carrera como fotógrafo, Moya se inspiró profundamente en el trabajo de fotógrafos estadounidenses que documentaron la Gran Depresión, como Walker Evans, Lewis Hine, Dorothea Lange, Robert Frank y W. Eugene Smith, cuyas imágenes humanistas y de denuncia marcaron su visión documental. «Walker Evans era para mí un verdadero titán y lo sigue siendo... me motivaban los fotógrafos que abordaron la pobreza de Estados Unidos en los años treinta», declaró en entrevistas posteriores.
Además, Moya atribuyó su formación inicial al trato directo con el fotógrafo colombiano Guillermo Angulo y al crítico de arte Antonio Rodríguez (Francisco de Paula Oliveira), así como al fotógrafo mexicano Nacho López, cuya práctica del fotoensayo social influyó de manera decisiva en su visión narrativa y temática.
Aunque abandonó el fotoperiodismo profesional en 1968, desilusionado con la industria editorial mexicana y las condiciones laborales de los fotógrafos, su legado cobró nueva dimensión con el redescubrimiento y la catalogación de su archivo en los años 2000. A través de exposiciones internacionales, publicaciones y premios, su obra ha sido reinterpretada como un testimonio crítico de las transformaciones sociales del siglo XX.
Su obra forma parte de colecciones como la del Museo Amparo, el Centro de la Imagen, el Museo de Arte Moderno de San Francisco, el Museo de Bellas Artes de Houston, el Nelson-Atkins Museum of Art, el Museum of Latin American Art y el Center for Creative Photography de la Universidad de Arizona, la Universidad de Texas en San Marcos, entre otros. Falleció en 2025 a los 91 años, dejando un archivo de más de 40 000 imágenes, considerado patrimonio cultural y memoria visual de América Latina.
Hijo del pintor y escenógrafo mexicano Luis Moya y de la colombiana Alicia Moreno, Rodrigo Moya nació en Medellín, Colombia, y se trasladó a México cuando tenía dos años, donde su padre comenzó a trabajar en teatro y cine.
Entre 1952 y 1954 estudió ingeniería —específicamente ingeniería civil o petroquímica según distintas fuentes— en la Facultad de ingeniería de la Universidad Nacional Autónoma de México, carrera que abandonó alrededor de los 20 años para dedicarse a la fotografía.
En 1954, recibió sus primeros conocimientos fotográficos del reportero colombiano Guillermo Angulo (nacido en Anorí, Antioquia, Colombia 1928), quien residió en México y fue colaborador de la revista Impacto. Angulo, además de fotógrafo y periodista, fue diplomático y crítico cultural; su orientación artística y profesional influyó directamente en la carrera de Moya. Cuando Angulo viajó a Italia para estudiar cine, Moya asumió su puesto en la publicación, iniciando así su propia trayectoria en el fotoperiodismo profesional.
Aunque nació en Medellín, Colombia, y su padre fue una figura artística vinculada al país, Moya -siendo legalmente mexicano por nacimiento- construyó prácticamente la totalidad de su vida y carrera en México, donde se formó, trabajó y vivió hasta su muerte. Habiendo llegado a México con tan sólo dos años de edad, es a través de su madre que recibe la cultura colombiana. Esta condición le confería una identidad dual, como él mismo reconocía, marcada por el contraste entre sus raíces maternas colombianas y el origen mexicano por parte de su padre Luis Moya. Su figura era poco conocida en su ciudad natal, lo que él atribuía a la distancia física y profesional mantenida durante décadas.
En 1955 comenzó su carrera profesional como fotógrafo de planta en la revista Impacto, inicialmente como asistente de Guillermo Angulo y luego ocupando su puesto cuando Angulo viajó al extranjero.
Durante las décadas de 1950 y 1960 realizó numerosos reportajes fotográficos que retrataron la desigualdad, la lucha de clases, las condiciones laborales y los movimientos revolucionarios en México y otros países latinoamericanos. Su estilo fue influenciado por fotógrafos como Walker Evans, Lewis Hine, Robert Frank, W. Eugene Smith y Dorothea Lange, y más adelante por el periodista fotográfico mexicano Nacho López.
Posteriormente colaboró en la catalogación, restauración y conservación del Patrimonio Artístico de la Nación del Instituto Nacional de Antropología e Historia –INAH– y fue jefe del Departamento de documentación fotográfica del proyecto Teotihuacán entre 1960 y 1962.
Entre 1963 y 1967 trabajó como jefe de fotografía en la revista semanal Sucesos para todos, donde realizó más de 130 reportajes sobre temas sociales, culturales y políticos.
En 1964 viajó a Cuba para documentar el proceso revolucionario, tomando una serie de retratos del Che Guevara entre los que destaca el icónico Che melancólico. Esa imagen forma parte de una serie de 19 retratos captados en esa visita, y ha sido exhibida internacionalmente y reputada por su fuerza expresiva.
En 1965 cubrió la invasión estadounidense a República Dominicana, siendo uno de los pocos fotógrafos latinoamericanos en registrar ese episodio, y en 1966 documentó las guerrillas en Guatemala y Venezuela, mostrando un enfoque humano y narrativo en zonas de conflicto.
A lo largo de su trayectoria, Moya también mantuvo vínculos con destacados escritores latinoamericanos. En particular, Gabriel García Márquez lo buscó en dos ocasiones para ser retratado: primero en 1966, durante una sesión informal el 29 de noviembre, el propio Nobel rechazó varias imágenes, pero finalmente una fue usada como contraportada internacional de Cien años de soledad. La sesión se llevó a cabo sin iluminación artificial y concluyó cuando se agotaron dos rollos en medio de una conversación prolongada con Moya y Guillermo Angulo.
En 2019, una hoja de contactos con doce tomas de Gabriel García Márquez fue subastada en Ciudad de México por la casa Morton. El lote incluía anotaciones manuscritas del propio García Márquez. Según la nota oficial, esas imágenes fueron descartadas por el editor Vicente Rojo y ninguna llegó a publicarse en la obra original Cien años de soledad. La subasta formó parte de una colección de 113 lotes, con piezas de Moya, Graciela Iturbide, Lola y Manuel Álvarez Bravo, entre otros fotógrafos icónicos.
Posteriormente, en 1977, poco después del célebre altercado con Mario Vargas Llosa, Moya también lo retrató, generando imágenes emblemáticas que reflejan la mirada del Nobel hacia su propio momento personal.. Moya accedió a ambas sesiones, logrando imágenes que se volvieron emblemáticas del escritor colombiano. Estas fotografías surgieron de una relación cercana pero esporádica, en la que el Nobel insistía con afecto en ser retratado por «el fotógrafo del pueblo».