Rodolfo Barón Castro (San Salvador, El Salvador; 31 de enero de 1909 - Mazagón, España; 17 de noviembre de 1986) fue un diplomático e historiador salvadoreño.
Nacido en el seno de una de las más destacadas familias de El Salvador, algunos de sus antepasados participaron activamente en la independencia y posterior formación de su país. Estudió Derecho en la Universidad de Madrid y, desde 1928, formó parte del Servicio Exterior de El Salvador en España, labor que compaginó con otras tareas diplomáticas, culturales y académicas como historiador pionero en demografía histórica.
Madrid, cuando finalizaban los años veinte, concentraba a un buen número de intelectuales del mundo hispano, en una etapa verdaderamente exuberante por su prolífica creatividad en las artes, las letras y las ciencias. Allí se encontró el joven Barón con las que eran, o llegarían a ser, sobresalientes personalidades de la cultura hispana. Entonces inició unos contactos, una camaradería, que fue fundamental en su formación y que le llevó ya para siempre a autodefinirse, complacido, por encima de cualquiera de los numerosos e importantes títulos y cargos que consiguió en su dilatada y fructífera carrera, como "amigo de poetas y filósofos".
Trató especialmente al poeta León Felipe, uno de los más elevados exponentes de la Literatura Hispanoamericana del siglo XX, con quien compartió apartamento en la calle Prado, y con él acudió a los círculos madrileños, sobre todo al Ateneo, donde se encontraban, en creativo intercambio de sentimientos e ideas, a intelectuales de la talla de Juan Ramón Jiménez, Miguel de Unamuno, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Pablo Neruda, Marañón, Madariaga, Concha Espina, Ramón Gómez de la Serna, Américo Castro, Daniel Vázquez Díaz, o Valle Inclán. Entre ellos forjó el excelente dominio de la lengua de Cervantes reflejada en toda su obra, la habilidad o destreza, la maestría, la fina ironía, el uso certero, exquisito, pulcro, exacto, minucioso, grácil e ingenioso de palabras y conceptos.
Con ellos se fue puliendo también como humanista e historiador. En estas tertulias, entre el Ateneo y el café de "La Espelunca", de la Carrera de San Jerónimo, coincidió con Américo Castro, fundador de la Sección Hispanoamericana del Centro de Estudios Históricos, institución regida por el eminente Ramón Menéndez Pidal. En aquella época, Castro estaba organizando la publicación de una revista trimestral con el sugestivo nombre de Tierra Firme. Su dirección la había confiado a Enrique Díez-Canedo, en torno al cual reunió un prometedor equipo de redacción constituido por notables especialistas españoles y los jóvenes hispanoamericanos, Ángel Rosenblat, argentino, y Silvio Zavala, mexicano.
Pionero en demografía histórica
Conocedor de los méritos de Barón, que un año antes, en 1934, había participado en la fundación de la Sociedad de Estudios Internacionales y Coloniales, Américo Castro le integró en tan singular grupo, cuyos componentes estaban llamados a ser relevantes hispanistas. Su relación de trabajo más estrecha fue entonces con Rosenblat, quien, desde una perspectiva más general, compartía su interés por la demografía histórica, una ciencia de la que ambos fueron pioneros y precursores, ya que todo en ella estaba por hacer, especialmente en el Nuevo Mundo, por lo que sus conversaciones e intercambios de ideas fueron para ambos muy fructíferos y provechosos.
Pero fue Carlos Pereyra, erudito profesor de ciencias sociales, el pilar fundamental de Rodolfo Barón como historiador e investigador, y como tal, prologuista de La población de El Salvador, una obra que el joven Barón creía concluida -aunque años más tarde afirmaría que por entonces no era más que un esquemático proyecto de lo que finalmente fue- y que, por tanto, deseaba lógicamente publicar. El Diario Nuevo de San Salvador, en su edición del 14 de agosto de 1934, se hizo eco de la obra sobre demografía salvadoreña que Barón Castro preparaba en Madrid.
Y la noticia no pasó desapercibida. Algunos salvadoreños se interesaron por conseguir que la obra se imprimiera, especialmente el general don José María Peralta Lagos, quien publicó en un diario de San Salvador:
Tenaz en su empeño, llegó hasta el Presidente de la República, hasta que, por fin, consiguió el acuerdo del Estado salvadoreño de adquirir 500 ejemplares del libro, una vez que éste se publicara. Una decisión que no aportaba ninguna solución práctica al asunto, por lo que el general volvió a insistir hasta que logró el compromiso de su país de aportar inmediatamente, no a posteriori, el coste de la publicación.
Sin embargo, cuando parecía que ya todo estaba solucionado y por fin la obra se publicaría, estallaba en España la Guerra Civil, debiendo dedicarse Rodolfo Barón, como funcionario del Servicio Exterior de su país, a otras tareas muy distintas de las intelectuales, ocupándose en su misión diplomática, y por razones humanitarias, de paliar, en lo posible, algunos de los lamentables efectos de una contienda especialmente cruenta, que se alargaría, interminable, hasta el 1 de abril de 1939. Casi tres años.
Durante tan dilatado espacio de tiempo tuvo que abandonar sus estudios e investigaciones, consolándose, de vez en cuando, con alguna visita a la biblioteca de la Unión Iberoamericana, mientras la sitiada población de Madrid, entre los diarios bombardeos, se preocupaba ya solo de conseguir unos alimentos que comenzaron a escasear, con la agravante en las misiones extranjeras del elevado número de refugiados que, poco a poco, habían ido acogiendo. Una situación que se prorrogó hasta después de que llegara la paz, a la que algunos, demasiados, llamaron victoria, porque, cuando una España exhausta dejaba de luchar, inmediatamente, Europa primero, y luego el mundo, se enzarzaron en una guerra sin cuartel, total.
Colaborador del Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo
En un ambiente tan poco propicio, tuvo la suerte de reencontrarse con Antonio Ballesteros Beretta, un antiguo profesor suyo que en esos momentos iniciaba su labor como director del Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo, en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (C.S.I.C.), quien le propuso que solicitara a dicha institución la publicación de La población de El Salvador. Así lo hizo, obteniendo del Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo su compromiso de sufragar la impresión "sin presupuesto" y publicar la obra bajo la prestigiosa sombra del Árbol de la Ciencia, emblemático logo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Además, en el Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo tuvo la satisfacción de poder trabajar junto a Carlos Pereyra, el eminente historiador mexicano que se la prologara en 1934. Contando con su apoyo y los abundantes recursos que el Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo puso a su disposición, Rodolfo Barón emprendió la ingente tarea de completar su estudio con toda la documentación que, la nueva circunstancia, ponía a su alcance y procedió a la definitiva redacción de su obra, dedicándole unas horas que ya solo podía sustraer a su descanso, sorprendiéndole a menudo el amanecer enfrascado en tan ardua e ilusionante labor.
Buscó mapas, ilustraciones, grabados y todo aquello que pudiera enriquecer su estudio, debiendo en no pocas ocasiones encargar que se dibujaran o trazaran especialmente para el libro. Para los mapas contó con la colaboración Roberto Ferrer Maqueda, cartógrafo del Museo Naval de Madrid. Todo ello, mientras la obra ya estaba preparándose para la impresión, con Barón ocupándose personalmente de que todos los elementos que la componían fueran de la mejor calidad. Hasta que simbólicamente puso el colofón el día de la Hispanidad de 1942.
La población de El Salvador quedó finalmente estructurada en cuatro libros. El primero dedicado a "El territorio y sus peculiaridades", consta de dos capítulos donde se determina el marco geográfico, destacando los factores que incidirán significativamente en la evolución demográfica. En el segundo: "La población salvadoreña durante la época prehispánica", Barón cuantifica, con audacia e ingenio, los habitantes de la zona antes de la conquista, narrando además, a lo largo de cuatro capítulos, sus orígenes, sus culturas, economías, organizaciones sociales y políticas. Todos los aspectos que repercutían en su relación natural con el medio y, por tanto, en sus potenciales de desarrollo vital o poblacional.