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Revolución liejense

La Revolución de Lieja (en francés: Révolution liégeoise; en valón Revolución lidjwesse o Binamêye revolution, es decir,

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La Revolución de Lieja (en francés: Révolution liégeoise; en valón Revolución lidjwesse o Binamêye revolution, es decir, Revolución bienaventurada) es el período de la historia liejense que va de 1789 a 1795, y que supuso la desaparición del principado episcopal de Lieja después de ocho siglos de existencia.

Según algunos historiadores, la Revolución liejense fue un reflejo de la Revolución francesa o incluso parte de la misma. La Revolución en Francia y en Lieja comenzó simultáneamente en 1789, y, de acuerdo con esta interpretación, la Revolución liejense continuó después del retorno temporal del príncipe; tuvo una segunda fase con la entrada de las tropas revolucionarias francesas en 1792 y una tercera en 1794, con el segundo retorno de los franceses. La revolución acaba con 1795 por la desaparición del principado y su incorporación a la Primera República francesa. Durante esta fase de la revolución se cometieron excesos, por ejemplo la demolición de la catedral Saint-Lambert por los revolucionarios liejenses, pero también hubo episodios prometedores: los liejenses pudieron, por primera vez, expresar su voluntad a través de unas elecciones, con sufragio universal masculino, y de un referéndum sobre la unión del Principado a Francia.

Otros autores, en cambio, consideran que la revolución sólo abarca el período en el que el príncipe-obispo estuvo ausente, desde su salida durante la noche del 26 al 27 de agosto de 1789 hasta su vuelta el 12 de febrero de 1791. De acuerdo con esta interpretación, la Revolución liejense sería la contrapartida de la Revolución brabanzona en los Países Bajos Austríacos, que fracasó. Sin embargo, se constata una contradicción en esta interpretación: la Revolución liejense, a ejemplo de la Revolución francesa, tiene por objeto un cuestionamiento profundamente progresista del orden político y social, al contrario de la Revolución brabanzona, que se inscribe en la contestación y el rechazo de las reformas progresistas de José II de Austria. Se observa igualmente que la Revolución liejense acabará en la unión del Principado a Francia, así como que los liejenses no participaron en la Revolución brabanzona ni en los Estados Unidos de Bélgica.

La Revolución liejense fue, como se puede esperar, un período agitado: en 6 años, los liejenses pasaron del régimen episcopal del Príncipe-obispo a Francia, pasando por una República liejense independiente y por varias restauraciones del poder eclesiástico.

Es necesario pues trazar la cronología de los acontecimientos importantes de esta revolución para comprender bien los azares del destino del Principado durante este período.

1772: Velbrück es designado Príncipe-obispo de Lieja por el imperio germánico, apoyando las artes y las ideas nuevas hasta su muerte en 1784.

1784: Hoensbroeck reemplaza a Velbrück en el trono episcopal, siendo mucho más autoritario y reaccionario que su predecesor.

1789: Estalla la revolución simultáneamente en París y Lieja. Hoensbroeck huye a Alemania y la República liejense es proclamada.

1791: Primera restauración: el ejército austríaco repone a Hoensbroeck sobre el trono episcopal. La inmensa mayoría de los patriotas liejenses se exilian en París.

1792: Hoensbroeck muere y es reemplazado por François-Antoine-Marie de Méan, que debe huir rápidamente tras la Batalla de Jemappes, en la que las tropas francesas del General Dumouriez se hacen con el control del Principado y de los Países Bajos Austríacos.

1793: Los ciudadanos liejenses votan a favor de la unión del Principado a Francia. En la Batalla de Neerwinden los austríacos derrotan a las tropas francesas y restauran, por segunda vez, al Príncipe-obispo en Lieja.

1794: batalla de Fleurus; los franceses ocupan de nuevo el Principado.

1795: La incorporación del Principado a Francia es ratificada por la Convención Nacional francesa.

Orígenes de los descontentos (1684-1789)

El príncipe-obispo Francisco-Carlos de Velbrück (1772-1784), espíritu emancipado, se mostró favorable a los filósofos y dejó difundirse las ideas nuevas. Tanto es así que, de la sociedad Emulación que fundó en 1779 para animar el gusto por las artes, las letras y las ciencias, surgieron algunos cabecillas de la rebelión. Porque la rebelión ya se mascaba en el ambiente. El poder lo ostentaban el príncipe-obispo, los canónigos de la catedral de San Lamberto y la aristocracia desde el Reglamento de 1684. El clero bajo, la pequeña nobleza, la burguesía industrial, los obreros y los campesinos estaban excluidos de la gestión de los asuntos públicos. Además, la situación del pueblo llano era poco envidiable: el paro y la mendicidad hacían estragos; esta penuria hizo que se elevasen voces que reclamaban cambios políticos y más justicia social.

En 1784, César-Constantino-Francisco de Hoensbroeck ocupó el cargo de príncipe-obispo. El advenimiento al trono episcopal de este soberano autoritario hostil a cualquier reforma atizó la rebelión que se incubaba. En junio de 1787, Hoensbroeck envió a la ciudad de Spa a doscientos hombres con dos cañones para cerrar una casa de juegos. El acontecimiento y el largo proceso resultante fueron los pretextos de un brote de contestación, y la revolución que estalló en París en julio de 1789 terminó de caldear los ánimos.

La Revolución propiamente dicha (1789-1791)

El 18 de agosto de 1789, Jean-Nicolas Bassenge y otros demócratas se dirigieron al ayuntamiento de Lieja, reclamaron la dimisión de los magistrados y hicieron nombrar a burgomaestres populares: Jacques-Joseph Fabry y Jean-Remy de Chestret. La ciudadela de Sainte-Walburge cayó en manos de los insurrectos. Hoensbroeck volvió de su castillo de Seraing para ratificar el nombramiento de los nuevos ediles y abolir el impopular Reglamento de 1684.

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