La Revolución de Febrero de 1917 en el Imperio ruso marcó la primera etapa de la Revolución rusa de 1917. Causó la abdicación del zar Nicolás II, puso fin a la monarquía rusa y llevó a la formación de un Gobierno provisional. Esta revolución nació como reacción a la política realizada por el zar, su negación a otorgar reformas políticas liberalizadoras y a la participación de Rusia en la Primera Guerra Mundial, que había infligido grandes penurias a la población. El régimen naciente resultó de una alianza entre liberales y socialistas que debía dar paso a un ejecutivo elegido democráticamente y una Asamblea Constituyente.
A las crecientes pero estériles conspiraciones contra el gobierno autocrático de finales de 1916 se unieron las penurias de la población, cada vez mayores, que produjeron protestas a comienzos de 1917. A principios de año, al descontento político por la falta de reformas se sumaron las privaciones de la población, muy perjudicada por la gran inflación y el desabastecimiento de alimentos y productos básicos. A comienzos de 1917, la incompetencia gubernamental, el descrédito y oposición a cualquier cambio político del monarca, las divisiones entre los políticos, el desapego de la sociedad educada con la autocracia, la crisis económica, la reaparición de anteriores tensiones sociales y económicas, el hartazgo de la guerra y el resurgimiento de los partidos revolucionarios favorecían un cambio.
La revolución se limita habitualmente a cinco días de comienzos de marzo aunque los acontecimientos políticos desencadenados por las protestas duraron alrededor de una semana. Tradicionalmente se consideran dos factores como causantes de la revolución: las manifestaciones populares espontáneas por las malas condiciones de vida y las actividades de la oposición liberal y los mandos militares contra el gobierno imperial.
Las protestas comenzaron el Día Internacional de la Mujer a causa de las privaciones y pronto se extendieron entre los obreros de la capital. La pasividad de parte de las fuerzas de seguridad de la urbe, especialmente de los destacamentos de cosacos y de los regimientos de la guarnición de la ciudad, facilitaron su expansión. Los días siguientes las manifestaciones crecieron y siguieron un mismo patrón: confraternización creciente entre los manifestantes y las tropas, enfrentamientos con la policía y calma nocturna. La noche del sábado, sin embargo, la situación cambió con la orden del zar de acabar con las protestas por la fuerza, que obligó a las tropas de la guarnición a tomar partido y la decisión del Gobierno de disolver la Duma hasta abril. El domingo el número de víctimas creció notablemente y el ánimo de la guarnición, obligada a aplastar los desórdenes con las armas, se volvió revoltoso; rápidamente el Gobierno perdió el control de la mayoría de las unidades militares de la ciudad y quedó impotente para acabar con la revuelta. Por su parte, la Duma, reacia hasta entonces a enfrentarse abiertamente con el Gobierno —prefiriendo un acuerdo de reformas con el soberano—, decidió apoyar las protestas para tratar de controlarlas.
El zar reaccionó negándose a otorgar reformas políticas y ordenando la marcha de tropas contra la capital, pero la renuencia de los altos mandos militares a enfrascarse en grandes operaciones militares en la retaguardia, su convencimiento de la necesidad de realizar concesiones y llegar a un acuerdo con la Duma, el control de las comunicaciones por los rebeldes y la falta de confianza en las tropas frustraron este intento de sofocar la revolución en la capital.
El martes las últimas tropas leales al Gobierno se acuartelaban al no llegar los refuerzos esperados del frente, el Gobierno se había dispersado para tratar de evitar su captura la noche anterior y algunas importantes ciudades se habían unido al alzamiento. El jueves el zar, privado del apoyo de sus generales, abdicaba en su hermano el gran duque Miguel que, sin embargo, no aceptó el trono, lo que facilitó la formación de un nuevo Gobierno provisional acordado por los recién formados Comité Provisional de la Duma y Comité ejecutivo del Sóviet de Petrogrado. Las principales consecuencias de la revolución fueron el hundimiento del régimen autocrático zarista y la formación de un poder de gobierno dual, compartido de manera inestable entre el Gobierno provisional y el Sóviet de Petrogrado. Esta inestabilidad en el poder condujo finalmente a la Revolución de Octubre, que depuso al Gobierno provisional, y a la disolución por los bolcheviques de la Asamblea Constituyente Rusa lo que precipitó la posterior guerra civil rusa.
En 1916 se multiplicaron las confabulaciones de políticos y militares para eliminar del poder a Rasputín, a la zarina Alejandra o al propio soberano; la más destacada se pergeñó en el otoño de 1916 y en ella participaron dirigentes octubristas, progresistas y kadetes. Los participantes deseaban dar un golpe de Estado que evitase una posible revolución popular, pero finalmente no se llevó a cabo intento alguno de realizarlo por los continuos retrasos, que hicieron que antes estallase la revolución temida por los políticos burgueses. A comienzos de febrero, ya parecía que la oportunidad de un golpe de mano de los políticos había pasado. Incluso la familia real, especialmente el gran duque Nicolás Nikoláyevich, trató infructuosamente de convencer al zar de la necesidad de realizar concesiones políticas; en una tormentosa entrevista el 5 de noviembrejul./ 18 de noviembre de 1916greg. el gran duque había indicado al soberano que perdería el trono si no cedía a las peticiones de liberalización política.
El año de 1917 comenzó con un intenso frío y una gran inflación en Rusia. Se sucedían las huelgas y las manifestaciones por la escasez de alimentos en las principales ciudades, debidas a la mediocre distribución. Su carácter era, además, cada vez más amenazador para el régimen: crecía el número de protestas políticas y no únicamente económicas. La inflación era tal a comienzos de año, especialmente la de los alimentos y la de la leña, que la mayoría de obreros de la capital hacía tiempo que no se podía permitir comprar huevos, leche, carne, azúcar o fruta y tenía que elegir entre pasar frío y evitar la indigencia o tratar de calentarse a costa de pasar hambre; un número creciente de habitantes de las ciudades se tenía que conformar con shchi aguada con migajas de pan e incluso los obreros metalúrgicos, cruciales para las fábricas de armamento, habían comenzado a sentir los efectos de la inflación desatada. La ojrana avisaba de que, si se desencadenaba una revolución, estallaría como resultado de la creciente hambruna. De acuerdo a un informe policial de comienzos de año:
A estas privaciones se unía la represión impuesta por el Gobierno, que prohibía el cambio de empleo o de fábrica, las reuniones o los sindicatos, lo que aumentaba la hostilidad de los trabajadores hacia el Gobierno y la oposición a continuar los combates. La guerra había acentuado graves problemas sociales y económicos presentes anteriormente en la sociedad rusa, había causado el envío de quince millones de hombres a servir en el Ejército y privado a la población civil de gran parte de los servicios de transporte y de numerosos productos manufacturados; a finales de 1916 los ferrocarriles eran incapaces de abastecer a la población de productos básicos y el Gobierno se había visto forzado a implantar el racionamiento de los alimentos. La contienda había empeorado además las ya duras condiciones de vida en la capital con la llegada de miles de refugiados, de nuevos trabajadores para las fábricas empleadas en la producción bélica y por la necesidad de muchas mujeres de atender a sus familias tras largas jornadas en las fábricas. La penuria fomentaba la tensión y la desesperación entre la población, apreciadas por la policía secreta en sus informes de comienzos de año.
En la capital, Petrogrado, el mando del distrito militar trataba de preparar a la guarnición (ciento cincuenta mil hombres) y a las desorganizadas fuerzas policiales —seis mil agentes— para enfrentarse a posibles disturbios. En los puntos estratégicos de la ciudad se colocaron ametralladoras para poder aplastar cualquier rebelión. Los principales dirigentes de los partidos revolucionarios, sin embargo, no se hallaban en disposición de encabezar un posible alzamiento contra el Gobierno pues se encontraban bien encarcelados o en el exilio. Los partidos parlamentarios más críticos con la autocracia no deseaban fomentar una revuelta contra esta.