La represión franquista se refiere al largo proceso de violencia física, económica, política y cultural que sufrieron durante la guerra civil española los partidarios del bando republicano en la zona sublevada, y durante la posguerra y el régimen de Franco los perdedores de la Guerra Civil —los republicanos—, quienes les apoyaban o podían apoyarles, los que eran denunciados como antifranquistas, así como posteriormente los miembros de organizaciones políticas, sindicales y en general quienes no estaban de acuerdo con la existencia de la dictadura franquista, manifestaban su oposición a la misma y quienes constituían o podían constituir un peligro para el régimen.
En la historiografía no española, la represión franquista se suele denominar terror blanco (white terror en inglés, terreur blanche en francés).
El periodo álgido de represión y violación de los derechos humanos (que corresponde al llamado "terror blanco") empezó con el golpe de Estado de julio de 1936 y se considera que terminó en 1945, cuando la Segunda Guerra Mundial puso fin a las dictaduras de Hitler y Mussolini, principales apoyos del régimen franquista. Pero la represión continuó durante toda la dictadura hasta el fallecimiento de Francisco Franco en noviembre de 1975.
Según el historiador Javier Rodrigo «la violencia fue un elemento no ya central, sino hasta consustancial a la dictadura de Franco... Una dictadura que echó las bases de su omnímodo poder sobre unos cimientos regados de sangre y oprobio, humillación y exclusión. Franco fue el dictador que, en tiempos de paz, necesitó de más muertos para mantenerse en el poder.[...] Hoy es ya imposible pensar en ella sin situar en el primer plano del análisis sus 30 000 desaparecidos entre los —se estima— 150 000 muertos por causas políticas, el millón de internos en campos de concentración, los miles de prisioneros de guerra y presos políticos empleados como mano de obra forzosa para trabajos de reconstrucción y obras públicas, las decenas de miles de personas empujadas al exilio, la absurda y desbordada constelación carcelaria de la posguerra española —con un mínimo de 300 000 internos— o la vergonzante represión de género desarrollada por la dictadura que, más allá de la reclusión de la mujer en el espacio privado, llegó a extremos de crueldad como el rapto, el robo de niñas y niños en las cárceles femeninas».
Ismael Saz también considera la represión como «un elemento central de la dictadura». «La violencia represiva debía ser ejemplarizante y aleccionadora. El terror debía quedar inoculado hasta acarrear efectos paralizantes para el presente y para el futuro. El silencio, el olvido de su propio pasado y el alejamiento, incluso mínimo, de toda preocupación política por parte de las masas de los vencidos, era el objetivo último de esta política represiva estructural».
Desde su inicio la dictadura franquista estuvo «marcada por el signo de la violencia represiva». A lo largo de su existencia llevó a cabo una «masiva represión política» para mantener y consolidar la dictadura y para, durante sus dos primeras décadas «erradicar todo lo que la sociedad liberal del medio siglo de restauración y todo lo que la sociedad democrática de cinco años de República había, mal que bien, visto surgir. Allí donde se habían producido las mayores novedades, entre la clase media y la clase obrera cayó un terror sistemático, administrado sin tasa por consejos de guerra hasta bien entrados los años cincuenta».
La represión no sólo pretendía castigar a los presuntos culpables, sino también aterrorizar a la población. Según Borja de Riquer, «nunca en la historia contemporánea española un conflicto civil había sido seguido de una venganza tan amplia, violenta y prolongada. […] No hubo interés por integrar políticamente a los vencidos, ni por buscar una reconciliación, sólo se les quería destruir o someter». Una valoración compartida por Michael Richards: «La España franquista se caracterizaría, sobre todo, por la negativa a considerar cualquier clase de reconciliación. La sociedad se dividiría entre "España" y "anti-España". Este es el fundamento de la represión masiva de la posguerra».
Según Ismael Saz, la política hacia los vencidos se debió a que, a diferencia de los fascismos, el franquismo nunca se propuso la «materialización de una comunidad nacional armónica y entusiasta proyectada hacia el futuro. No se abría por tanto la posibilidad de integrar a los vencidos en un nuevo proyecto comunitario e integrador. Si a los antiguos dirigentes y responsables políticos de la España republicana les esperaba el paredón, la cárcel o el exilio, a los combatientes, militantes de base y simples simpatizantes, se les ofrecía en el peor de los casos la misma suerte y, en el mejor, el arrepentimiento, la resignación y el silencio». Este «espíritu vengativo de los vencedores es una de las cosas que ha quedado fijada más nítidamente en la memoria popular». Y en este sentido la represión «cosechó el mayor de los éxitos en el objetivo que perseguía: la represión tuvo efectos paralizantes y definitivos sobre la mayoría de la población». Un obrero valenciano afirmó muchos años después: «... porque este señor [Franco] si cuando terminó la guerra hubiera dado perdón a todos, hubiera hecho borrón y cuenta nueva tal vez se hubiera ganado al pueblo, pero así no».
Y cuando los rojos lograban salir vivos de la cárcel, de los campos de concentración y de los batallones de trabajo, la represión a menudo continuaba poniéndoles todo tipo de obstáculos para que pudieran rehacer sus vidas (impidiéndoles recuperar su puesto de trabajo, obligándoles a vivir en otro sitio, prohibiéndoles la asistencia a determinados locales o espectáculos, etc.). Una niña cuya familia se vio obligada a emigrar de Andalucía a Valencia recordó años después lo siguiente: «Y cuando ya... porque no tenían motivo, nada más que porque habían estado en el frente de la República, y nada más que por eso que los castigos que les daban. Y entonces mi padre fue cuando dijo... que mi madre fue la que le animó y le dijo: "vámonos de aquí que con los hijos, no tenemos porvenir aquí, y más como está la cosa", y entonces nos vinimos aquí a Valencia». El entonces número dos del régimen, Ramón Serrano Suñer, justificó así esta política en marzo de 1941: había un «enemigo irredimible, imperdonable y criminal» sobre el cual debía caer «la sentencia de irrevocable exclusión, sin la cual estaría en riesgo la propia existencia de la Patria». Por otro lado, ningún sector que apoyó al régimen franquista ni ningún líder alzó su voz para denunciar la represión. Tampoco la Iglesia católica que más bien la justificó y ayudó a que fuera aceptada por la población.
Borja de Riquer distingue varias etapas en la represión franquista después de la guerra: «hasta 1944 esta fue muy generalizada e intensa; posteriormente, la represión se hizo un poco más laxa, aunque persistieron coyunturas especialmente violentas, como la de los años 1947-1950, 1958-1963 y 1969-1975». Según este mismo historiador se puede afirmar que la represión franquista fue muy eficaz hasta al menos mediados de la década de 1960, «mientras las actividades de la oposición eran realizadas por núcleos clandestinos relativamente reducidos y sin capacidad de promover grandes movilizaciones de masas». Después, «las fuerzas de orden público tuvieron más dificultades para desmantelar los grupos cada vez más numerosos y activos de la oposición, pese a que lograron no pocos “éxitos” represivos». Según Julián Casanova, «la represión fue una útil inversión que Franco supo administrar hasta el final».
Uno de los elementos definitorios de la represión franquista fue el recurso constante e indiscriminado a la tortura «que se llevó a extremos nunca conocidos en cuanto a extensión e intensidad» en la historia contemporánea de España ―«la tortura a manos de funcionarios del Estado fue una realidad incontestable, sistemática»―. Francisco Moreno Gómez ha llegado a afirmar que el franquismo creó un «estado general de tortura».