Tal Día como Hoy

René Daumal

Poeta y novelista de Francia

Anúncio

René Daumal (Boulzicourt, 16 de marzo de 1908-París, 21 de mayo de 1944) fue un escritor, ensayista, traductor y poeta francés.

I. Reims y los Hermanos Simplistas

René Daumal nace en Boulzicourt, Ardennes, el 16 de marzo de 1908. Su padre, León Daumal, es profesor y luego funcionario del ministerio de Finanzas. A los cuatro años sufre sarampión y tos convulsa.

Entre 1914 y 1918 se desarrolla la Gran Guerra: desplazamientos familiares frecuentes. En 1914 Auvernia; 1915-1917 en París; 1917-1918 en Langres. El niño es víctima de una fuerte sensación de desarraigo y vulnerabilidad.

Estudios secundarios en Reims en el lapso 1922-1924. Funda una suerte de comunidad “iniciática” (que ellos llaman “los hermanos Simplistas”) junto a tres condiscípulos: Robert Meyrat, Roger Gilbert-Lecomte, Roger Vailland. Están inspirados por Alfred Jarry, Arthur Rimbaud y los vigorosos movimientos de vanguardia del momento: dadaísmo, futurismo, surrealismo.

Acerca de sus quince años escribe Daumal:

Comienzo a dudar, a cuestionarlo todo. Mientras conservo un gusto naturalmente sano hacia la naturaleza, el aire libre, etc., emprendo toda clase de experiencias “para ver” con mis compañeros (sujetos “brillantes” en el liceo, pero algo locos): alcohol, tabaco, noctambulismo, etc. Trato de asfixiarme (C Cl4 o bencina) para estudiar cómo desaparece la conciencia y qué poder ejerzo sobre ella.​

Es en 1924, a los dieciséis, que Daumal conoce un tipo de experiencia única, determinante, mediante el consumo de tetraclorometano o tetracloruro de carbono (C Cl4). Intuyó otro mundo, un más allá, “una trascendencia” de certeza absoluta en la que el pensamiento supera los límites del lenguaje discursivo. De estas experiencias, que condicionarán el desarrollo de su poética entera, queda testimonio en “Recuerdo Determinante” (1943):

Mis recuerdos de infancia y de adolescencia están jalonados por una serie de tentativas de llegar a tener una experiencia del más allá, y esta secuencia de ensayos, realizados azarosamente me condujo a la experiencia fundamental de la que hablo. A los seis años [inicio de la Primera Guerra Mundial], sin que ninguna creencia me fuera inculcada, el problema de la muerte se presentó ante mí en toda su desnudez. Pasé noches atroces arañándome el vientre y agarrado a mi garganta por la angustia de la nada, del “más nada de todo” [plus rien du tout]. A los once años, una noche, aflojando mi cuerpo aplaqué el terror y la revuelta de mi organismo ante lo desconocido, y un sentimiento nuevo nació en mí, esperanza y anticipo de algo imperecedero. Pero quería más, ansiaba una certeza. A los quince años comencé mis búsquedas imperecederas, sin dirección y un poco al azar. No pudiendo hallar el medio de experimentar la muerte—mi muerte—intenté estudiar el sueño, suponiendo una analogía entre aquélla y éste. Intenté por diversos procedimientos ingresar despierto al estado de sueño. La empresa es menos rigurosamente absurda de lo que parece, sin embargo, es peligrosa en varios aspectos. No pude proseguirla mucho más; la naturaleza me dio serias advertencias sobre los peligros que corría. Un día decidí entonces enfrentar el problema mismo de la muerte: pondría mi cuerpo en un estado lo más cercano posible a la muerte fisiológica, pero empleando todos mis esfuerzos en quedar despierto y en anotar todo lo que se presentase ante mí. Tenía a la mano el tetracloruro de carbono que utilizaba para disecar los coleópteros que coleccionaba. Sabiendo que sus efectos se asemejan químicamente a los del cloroformo—más tóxico que él—esperaba poder regularlo de un modo más cómodo: en el momento en que se produjese el síncope, mi mano volvería a caer con el pañuelo sostenido bajo mi nariz, empapado con el líquido volátil. En consecuencia, repetí la experiencia en presencia de amigos dispuestos a prestarme ayuda en caso de que fuera necesario.​

Posiblemente la utilización del tetracloruro debilitara su aparato respiratorio y lo predispusiera para la tuberculosis que acabaría con su vida.

II. Le Grand Jeu: Aux grand jour y los surrealistas

Es en 1925, en París, cuando tiene contacto personal con el surrealismo, movimiento en el que reconocía ciertas búsquedas similares, como los ejercicios con el sueño y la rebeldía, y del cual admira su carácter revolucionario. Léon Pierre-Quint, el director de la editorial Kra, es quien permite los contactos con el grupo de las revistas Discontinuité, impulsada por Arthur Adamov, y Bifur, dirigida por Georges Ribemont-Dessaignes, en las cuales publicará Daumal y que respaldarán su propio proyecto editorial.

En ese mismo año intenta quitarse la vida:

Me intereso por la poesía (matiz “poetas malditos”), por la filosofía (matiz “ocultismo”), de la misma manera que mis compañeros, de formación religiosa, se inclinan hacia el satanismo. A los 17 años y medio, por falta de razones para vivir, trato de suicidarme. Siento bruscamente los lazos con mi familia y mi responsabilidad hacia mi hermano menor.

De los diecisiete a los diecinueve años (1925-1927) es pupilo en el Liceo Henri-IV en París. Preparación del curso de ingreso a la Escuela Normal. Es alumno del filósofo, profesor y periodista Émile-Auguste Chartier (más conocido como Alain), un reconocido admirador de la obra de Alfred Jarry; y a la vez es condiscípulo de Simone Weil, futura filósofa, con la que mantendrá algunos intercambios con respecto al sánscrito – que aprende de modo autodidacta. Escribe numerosos poemas y concluye a los dieciocho años (1926) un relato visionario, Mugle, de honda influencia surrealista. Además redacta un importante estudio, La revolución y la ironía (que quedará inacabado).

Durante las vacaciones vuelve a encontrar a sus compañeros y recomienza sus “experiencias”, mientras lee obras místicas, teosóficas, ocultistas, etcétera. Encuentra opiómanos con quienes fuma—sin llegar a la intoxicación.

Pierre Minet realiza un retrato de Daumal en esa época, un tanto idealizado: Cuando los dos teníamos dieciocho años, me bastaba mirar su cara para experimentar al mismo tiempo un inmenso bienestar y una timidez que me agradaba sentir. Daumal-Nathaniel, como lo llamábamos, se mantenía en el linde de esa vida que él me enseñó a desear, que incidía sobre el deseo y la rebelión [...]. Mi emancipación me conducía al desorden y al delirio, la suya lo llevaba a una sabiduría, que expresaba visiblemente la inmovilidad habitual de sus rasgos. A esta economía de movimientos se unía un humor igualmente avaro en gestos y que cuando aparecía, trastornaba el orden de esa calma fenomenal. La rapidez con que Nathaniel sonreía entonces me permitía, sin embargo, identificar la naturaleza de su júbilo y admirar aún más a mi amigo. Pues si yo reía, esta risa se imponía a mí, sin que yo la hubiera ayudado, yo no la esperaba; mientras que la suya era un lenguaje, casi una enseñanza. Él reflexionaba su pensamiento, surgido de pronto a la luz del día y desnudo hasta no disimular nada de él.​1927. Estudiante libre en París. “He fracasado en el Concurso de la Escuela Normal Superior a consecuencia de un pequeño accidente: me caigo de cabeza en vísperas de las pruebas escritas, mientras hago gimnasia en aparatos; privado de memoria durante algunas horas.”​

Continúa experimentando con toda clase de drogas (haschich) y comienza a intoxicarse con opio, pero se detiene a tiempo. Sufre en 1927 una constipación debida al opio. Sufre una angina con absceso en la garganta, inmediatamente después absceso en el recto. Se cura, pero sufre una fisura en el ano. Sana, pero dejándole condilones que le son extraídos quirúrgicamente. Lo tratan con opio y morfina, breve recaída en la adicción –y en la experiencia determinante.

Anúncio

Próximamente en la app World in Stories

Audio, descarga offline, sin anuncios y mucho más.

Conocer Premium
René Daumal | World in Stories