El Reino de Nápoles (en latín: Regnum Neapolitanum, en italiano: Regno di Napoli y en napolitano: Regno 'e Nàpule) fue un reino que, a partir de 1137, ocupó los territorios del antiguo ducado de Nápoles y del resto del Mezzogiorno peninsular. Tras la conquista normanda de Italia Meridional, y durante los primeros períodos de su existencia estuvo unido a la isla de Sicilia bajo el nombre de Reino de Sicilia.
Posteriormente a los reyes normandos de la dinastía de Hauteville, el Estado pasó a ser gobernado por soberanos de la dinastía de los Hohenstaufen y por la dinastía Angevina, aún con el nombre de Reino de Sicilia hasta 1282, cuando, tras las Vísperas sicilianas, se fundó el Reino de Nápoles como resultado de la partición, incluyente todas las tierras peninsulares, del Reino de Sicilia. Su nombre oficial era Regnum Siciliae citra Pharum, es decir, «Reino de Sicilia a este lado del Faro [de Messina]», en oposición a la propia isla de Sicilia, llamada Regnum Siciliae ultra Pharum, o sea, «Reino de Sicilia más allá del Faro [de Messina]».
En 1442, Alfonso V, rey de Aragón, en calidad de hijo adoptivo de la reina Juana II de Nápoles, conquistó el trono del reino, que, a diferencia del de Sicilia, había quedado hasta entonces como dominio de la dinastía Angevina, desde el año 1266. A partir de mediados del siglo XV, el Reino de Nápoles estuvo en poder de la Corona de Aragón, de la Corona de Francia, de la Monarquía Hispánica y de los Habsburgo de Austria, y finalmente fue independiente bajo la dinastía Borbón-Dos Sicilias, desde 1734 hasta 1861, año en que fue incorporado a la Italia unificada.
Periodo de la dinastía angevina
Muerto Inocencio IV en 1254, el nuevo papa francés Clemente IV, reivindicando derechos señoriales sobre el Reino de Sicilia (a partir de los primeros latifundios que la Iglesia de Roma poseía en la isla antes de la dominación árabe) llamó a Italia a Carlos I de Anjou, el cual, en 1266, fue nombrado por el obispo de Roma rex utriusque Siciliae. El nuevo soberano francés partió entonces a la conquista del Reino de Sicilia, derrotando primero a Manfredo de Sicilia en la batalla de Benevento (1266) y después a Conradino de Hohenstaufen en la batalla de Tagliacozzo, el 23 de agosto de 1268.
La Casa de Hohenstaufen, de la cual se extinguía la línea masculina con Conradino de Hohenstaufen, fue temporalmente apartada de la escena política italiana y los angevinos se aseguraron el dominio del Reino de las Dos Sicilias. La caída de Conradino, sin embargo, fue el principio de importantes acontecimientos, porque las ciudades sicilianas, que habían acogido benévolamente a Carlos I de Anjou después de la batalla de Benevento (1266), pasaron nuevamente a sostener al soberano suabo. La revuelta anti-angevina en la isla, motivada por la excesiva presión fiscal del nuevo gobierno francés, no tuvo consecuencias políticas inmediatas, pero fue el primer paso hacia la posterior guerra de las Vísperas sicilianas. La gran especulación financiera que la guerra había comportado (los angevinos estaban endeudados con los banqueros güelfos de Florencia) llevó a una serie de nuevas tasaciones y gabelas en todo el reino, que se sumaron a aquellas que el rey impuso cuando tuvo que financiar una serie de inciertas campañas militares en oriente, en la esperanza de someter a su dominio los restos del antiguo Imperio romano de Oriente. Entonces, en 1267, Carlos expulsó a los gibelinos de Florencia y, con el título de paciere de Toscana, asumió el cargo de podestà en muchas comunas, así como el de senador romano.
Con la muerte de Conradino de Hohenstaufen los derechos suabos sobre el Reino de las Dos Sicilias pasaron a una hija de Manfredo de Hohenstaufen, Constanza de Hohenstaufen, que el 15 de julio de 1262 se había casado con el rey Pedro III de Aragón. Los gibelinos de Sicilia, que precedentemente estaban organizados en torno a los suabos, fuertemente descontentos con la Casa de Anjou, buscaron el apoyo de Constanza y de los aragoneses para organizar la revuelta contra los angevinos. La guerra de las Vísperas sicilianas se inició en Palermo el 31 de marzo de 1282 y se extendió en toda Sicilia, hasta que en agosto el ejército de Carlos fue derrotado. Las poblaciones sicilianas nombraron como soberanos propios a Pedro III de Aragón y su mujer Constanza; de hecho, desde aquel momento, hubo dos soberanos con el título de rey de Sicilia, el aragonés por investidura de los barones sicilianos, que ocupaba la isla, y el francés, por investidura papal, en Sicilia Citerior.
El 26 de septiembre de 1282 Carlos de Anjou fue definitivamente derrotado por el ejército aragonés en Sicilia Ulterior y, pocos meses más tarde, el papa Martín IV excomulgó a Pedro III de Aragón; no obstante ello, a Carlos no le fue posible retornar a la isla y la sede regia angevina fue itinerante entre Capua y Bari durante unos años, hasta que, con Carlos II de Anjou, Nápoles fue elegida como nueva Corte de la monarquía y de las instituciones centrales en Sicilia Citerior.
Si bien las ambiciones angevinas en Sicilia Ulterior fueron impedidas por numerosas derrotas, Carlos de Anjou miró a consolidar su propio poder en la parte continental del reino, basando en la precedente política feudal güelfa parte de las reformas que ya la Casa de Hohenstaufen había implantado para reforzar la unidad territorial de Sicilia Citerior. Desde las primeras invasiones longobardas, buena parte de la economía del reino, en el Principado de Capua, en Abruzo y en el Condado de Molise, era gestionada por los monasterios benedictinos (Casauria, San Vincenzo al Volturno, Montevergine, Montecassino), que en muchos casos habían acrecentado sus privilegios hasta convertirse en auténticos señoríos locales, con soberanía territorial y en contraste con los feudatarios laicos vecinos. La Conquista normanda de Italia Meridional primero, las luchas entre el Antipapa Anacleto II, sostenido, entre otros, por los benedictinos, y el papa Inocencio II, y finalmente el nacimiento del Reino de Sicilia, minaron las bases de la tradición feudal benedictina.
En torno al siglo XII, derrotado Anacleto II, Inocencio II y los normandos incentivaron en Italia meridional el monaquismo cisterciense; muchos monasterios benedictinos fueron convertidos a la nueva regla que, limitando la acumulación de bienes materiales a lo necesario para la producción artesanal y agrícola, excluía la posibilidad de que los nuevos cenobios constituyeran patrimonios y señoríos feudales: el nuevo orden investía así el carácter favorable a reformas agrarias (bonificas, granjas), artesanado, mecánica y asistencia social, con valetudinaria (hospitales), farmacias e iglesias rurales. El monaquismo francés encontró entonces el sostén de los viejos feudatarios normandos que pudieron así contrastar activamente las ambiciones temporales del clero local: sobre este compromiso se estableció la política del nuevo soberano Carlos de Anjou; él fundó de su mano las abadías cistercienses de Realvalle (Vallis Recalis) en Scafati y Santa María de la Victoria en Scurcola Marsicana, y favoreció las afiliaciones de las históricas abadías de Sambucina (Calabria), Sagittario (Basilicata), Sterpeto (Terra di Bari), Ferraria (Principado de Capua), Arabona (Abruzo) y Casamari (Estados Pontificios), difundiendo al mismo tiempo el culto de la Asunción de María en el Mezzogiorno. Concedió también nuevos condados y ducados a los militares franceses que sostuvieron su conquista del trono siciliano.
Los principales centros monásticos de producción económica quedaban así desvinculados de la administración de posesiones feudales y la unidad del reino, acabada la autoridad política benedictina, se fundaba entonces sobre las antiguas baronías normandas y sobre la reforma militar de Federico II Hohenstaufen. Carlos de Anjou en efecto conservó las antiguas jurisdicciones, acrecentando el poder de los respectivos presidentes: cada provincia tenía un justiciero que, además de ser el jefe de un importante tribunal, con dos cortes, era también el vértice de la gestión del patrimonio financiero local y de la administración del tesoro, recaudado por las tasaciones de las universidades (comunas). Abruzo fue dividido en Aprutium citra flumen Piscariae y Aprutium ultra flumen Piscariae; muchas de las ciudades gibelinas como Sulmona, Manfredonia o Melfi perdieron su papel central en el reino en favor de ciudades menores como San Severo, Chieti o L'Aquila mientras, en los territorios que habían sido bizantinos (Calabria y Apulia), se consolidó la tendencia política iniciada por la conquista normanda de Italia Meridional: la administración periférica que los bizantinos confiaban a un capilar sistema de ciudades y diócesis, entre el patrimonium publicum de los funcionarios y el patrimonium Ecclesiae de los obispos, de Cassanum a Gerace, de Barolum a Brindisi, fue sustituida definitivamente por el orden de la nobleza feudal terrateniente.