Tal Día como Hoy

Ramón Berenguer IV de Barcelona

Conde de Barcelona, Gerona, Osona y Cerdaña. Princeps de Aragón

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Ramón Berenguer IV, conocido como el Santo​ (¿Barcelona?, febrero de 1114-Borgo San Dalmazzo, 6 de agosto de 1162),​​​ fue conde de Barcelona, de Gerona, de Osona y de Cerdaña y princeps de Aragón.

Durante su «reinado» se produjo la unión dinástica del condado de Barcelona con el reino de Aragón, dando nacimiento a la Corona de Aragón.​ Como ha señalado José María Lacarra, «la unión vendrá a coronar el triunfo de las aspiraciones monárquicas de la Casa de Barcelona».​ Ramón Berenguer se intituló comes Barchinonensis et princeps Aragonum ('conde de Barcelona y príncipe de Aragón'; siempre en ese orden)​ y en alguna ocasión sustituyó el título de princeps Aragonum por el de Dei Gratia regni dominator Aragonensis ('por la gracia de Dios dominador del reino de los aragoneses').​​​ Tras las conquistas de Tortosa y de Lérida (1148-1149) se intituló también Tortose marchio et Ilerde ('marqués de Tortosa y Lérida').​​ Asimismo usó el título de marqués de Provenza tras la muerte en 1144 de su hermano Berenguer Ramón I de Provenza, incluso después de que el hijo de este, Ramón Berenguer III de Provenza, alcanzara la mayoría de edad.​ Sigue siendo objeto de un intenso debate historiográfico si gobernó Aragón como «administrador» de la herencia de Petronila, con la que efectivamente se casó en 1150, o lo hizo con plenos derechos como resultado de una hipotética «donación» del reino que le hizo Ramiro II de Aragón.​ También es objeto de debate entre los historiadores si podría haberse intitulado «rey de Aragón», y en caso de haber tenido ese derecho por qué no lo hizo.​

El otro gran logro de Ramón Berenguer fue la conquista de los territorios de las taifas de Tortosa y de Lérida que constituirán la Cataluña Nueva —tanto Tortosa como Lérida serán colonizadas según lo establecido en sus respectivas cartas pueblas concedidas por Ramón Berenguer y que toman como referencia los Usatges de Barcelona—. En este sentido el historiador Ferran Soldevila lo ha llamado «el plasmador de Cataluña».​ Por su parte José María Lacarra ha señalado «que la incorporación del principado de Aragón venía a reforzar la autoridad del conde de Barcelona, situándole por encima de los demás condes del país. Bajo el nombre de Cataluña empieza entonces a designarse al extenso territorio que fluctúa en la órbita de los condes de Barcelona».​ En la contribución de Ramón Berenguer IV a la «plasmación de Cataluña» Ferran Soldevila también ha destacado la convocatoria de una asamblea de Pau i Treva, que reunió a los señores feudales y a obispos y abades, no para tratar exclusivamente los temas propios de este tipo de reuniones sino ad tractandum de comuni utilitate ipsius terrae ('para tratar de la común utilidad de la tierra'), lo que constituye uno de los antecedentes de las futuras Cortes Catalanas —de hecho aparece la fórmula que se utilizará para convocarlas—.​

Según su biógrafo más reciente, Josep-David Garrido Valls, «la mayor preocupación de Ramon Berenguer IV fue, sin duda, la ampliación de su patrimonio territorial, y, vale decirlo, tuvo éxito en la empresa. Cuando murió había multiplicado por tres las señorías que le legó su padre. Este afán —digamos— tan lucido en política exterior, quizás esconde alguna sombra en el regimiento directo de las tierras bajo su dominio, consintiendo abusos contra los campesinos. Este es el caso de los hombres de Font-rubí que se quejan al conde, en 1148 o posteriormente, de los abusos de sus castlans: pagos excesivos, confiscación de bienes y castigos corporales».​

Era hijo del conde de Barcelona Ramón Berenguer III, llamado «el Gran», y de la condesa Dulce de Provenza y nieto por línea paterna de Ramón Berenguer II y de Mafalda de Apulia-Calabria.​​ De su infancia y de su adolescencia no se sabe prácticamente nada.​ Su nombre aparece desde 1117 confirmando, a pesar de ser un niño, actos jurídicos de su padre y en 1128, con quince años cumplidos, firmando ya como conde la donación de un castillo.​

La fidelidad a su linaje de la Casa de Barcelona quedó patente durante toda su vida especialmente cuando se ocupó en engrandecer, sostener y proteger el Monasterio de Ripoll, panteón de los condes de Barcelona, donde estaba enterrado su padre Ramón Berenguer III y también el fundador de la dinastía Guifré el Pilós.​ De hecho su deseo de ser enterrado en Ripoll ya lo expresó veintiún años antes de morir en un documento fechado en abril de 1141, lo que confirmaría en su testamento sacramental del 4 de agosto de 1162, dictado dos días antes su muerte. Como ha destacado Concepció Peig, «en las fuentes se constata la preocupación por mantener la memoria de sus progenitores en Ripoll, lo que implica cuidar del lugar del panteón condal donde estaban enterrados».​

La fundación del Monasterio de Poblet tuvo el mismo propósito. En la donación que hizo al abad de Fontfroide «del lugar que se llama Hort de Poblet» se decía que la hacía para «la salvación del alma de mi padre y de mi madre y para remedio de mi alma». De hecho ese fue el lugar que escogió su hijo Alfonso para ser enterrado y a partir de entonces se convirtió en el Panteón Real de los soberanos de la Corona de Aragón.​

Stefano Maria Cingolani ha añadido dos pruebas más de que «Ramon Berenguer IV consideraba más importante el honor familiar de Barcelona que el adquirido de Aragón»: el nombre que escogió para su primogénito (Ramon, que era el suyo propio y el de su padre, el de su abuelo y el de su bisabuelo) y el hecho de que siempre antepuso el título de conde de Barcelona al de princeps de Aragón.​

Primeros años como conde de Barcelona (1130/1131-1137)

En 1131 —o en 1130 según Josep-David Garrido Valls—​ muere su padre Ramón Berenguer III —su última voluntad fue ingresar en la Orden del Templo de Salomón a la que cedió el castillo de Grañena y murió vistiendo el hábito de la orden—​ y con diecisiete años recibe el Condado de Barcelona, mientras que su hermano Berenguer Ramón le sucede en el Condado de Provenza.​ Durante estos primeros años uno de sus consejeros, que ya lo había sido de su padre,​ fue el obispo de Barcelona y arzobispo de Tarragona Oleguer, que destacaba por sus virtudes (sería canonizado) y por sus dotes políticas.​

Cuando Ramón Berenguer sucede a su padre Cataluña no tenía existencia oficial —de la antigua dependencia de la monarquía francesa solo se mantenía la costumbre administrativa de datar los documentos por los años de reinado de los monarcas franceses—,​ pero ya se tiene constancia del uso del topónimo Cataluña y del gentilicio catalanes. El primer documento en que se mencionan, concretamente «Catalania» y «catalanensis» (y el adjetivo «catalanicus»: a Ramón Berenguer III se le llama «catalanicus heros»), es en un poema de un autor pisano titulado Liber maiolichinus de gestis pisanorum illustribus escrito hacia 1115-1120 (aunque el uso gentilicio como apellido ya esta documentado unas décadas antes). Además en uno de los Usatges de Barcelona —que precisamente serían compilados por orden de Ramón Berenguer IV— se definía su territorio, que por la costa iría en aquel momento desde el cabo de Creus hasta el puerto de Salou (capite de Crucibus ad portum Salodii), por lo que no solo incluía a los condados de Barcelona y de Gerona, sino también el condado de Ampurias, que tenía su propio conde, vasallo del de Barcelona-Gerona. En el usatge Omne quippe naues se decía que el «príncipe de Barcelona» (Barchinone principis) debía garantizar la seguridad de todo barco que tuviera por destino o saliera de su «principado».​ El término «principado» para referirse al territorio bajo la autoridad del conde de Barcelona había aparecido por primera vez en el usatge Quoniam per iniquum, aunque el uso del término «príncep» es anterior. Borrel II (947-992) es el primer conde que se intitula como tal (comitatus principis nomine Borrelli), posiblemente para vindicar su potestas suprema frente a las eventuales reclamaciones de derechos sobre los condados catalanes de los reyes de Francia. Y así lo continuaron haciendo sus sucesores.​ Será a lo largo del siglo XIII, según José María Lacarra, cuando «los territorios sometidos a la autoridad del conde [de Barcelona] tenderán a cristalizar en un Estado unitario con fronteras fijas... Los antiguos condes soberanos del país han quedado reducidos a la condición de simples barones o magnates, y como tales acuden también a la convocatoria de Cortes».​ A mediados del siglo XIV se producirá finalmente la unión de los dos términos «Principado» y «Cataluña» —en 1350 Pedro el Ceremonioso convoca las Cortes catalanas que se debían reunir en Perpiñán ad utilitatem rei publicae totius sui Cathaloniae Principatus et incolurum ipsius.​​

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