Presentación de Jesús en el Templo es la denominación convencional de un episodio evangélico y un tema iconográfico relativamente frecuente en el arte cristiano. Se refiere a la presentación de Jesucristo por sus padres, en el Templo de Jerusalén. Está narrado por Lucas el Evangelista en el Nuevo Testamento (Lucas 2,22-40). Tratamiento diferenciado, tanto en el arte como en el calendario litúrgico o santoral, tiene una escena previa: la circuncisión de Jesús, operación ritual prescrita en la religión judía, y que se le hizo a Jesús a los ocho días de nacer (se celebra el 1 de enero). La presentación tuvo lugar posteriormente cuando se cumplieron los días de la purificación.
La fiesta de la Presentación se celebra el día dos de febrero. Por asociación de actos y de simbolismos se celebra el mismo día la Purificación de la Virgen, llamada también fiesta de las Candelas o de la Virgen de Candelaria. La iglesia bizantina la convirtió en una celebración solemne muy importante.
En el cristianismo occidental, la Fiesta de la Presentación del Señor también se conoce por su nombre anterior de Fiesta de la Purificación de la Virgen, del Encuentro del Señor o de la Presentación del Señor y purificación de María. En algunos calendarios litúrgicos, las Vísperas (o Completas) de la Fiesta de la Presentación marcan el final del tiempo de la Epifanía, también (desde el leccionario de 2018) en la Evangelische Kirche in Deutschland (EKD). En la Iglesia de Inglaterra, iglesia madre de la Comunión Anglicana, la Presentación de Cristo en el Templo es una Fiesta Principal que se celebra el 2 de febrero o el domingo entre el 28 de enero y el 3 de febrero. En la Iglesia católica, especialmente desde la época del Papa Gelasio I (492-496), que en el siglo V contribuyó a su expansión, la Fiesta de la Presentación se celebra el 2 de febrero.
En el Rito Romano de la Iglesia católica, la Comunión Anglicana y la Iglesia luterana, el episodio se reflejaba también en la costumbre, antaño muy extendida, de religar a las mujeres cuarenta días después del nacimiento de un niño. En el rito romano, la fiesta de la Presesentación del Señor está unida también a la Jornada Mundial de la Vida consagrada.
María y José llevaron a Jesús al Templo y según la costumbre, ofrecieron como sacrificio dos tórtolas, según el Evangelio de Lucas:
En el templo se encontraba Simeón que tenía fama de ser un hombre justo. Al verlos tuvo la convicción de que actuaba impulsado por el Espíritu, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo el Nunc dimittis. Las escrituras lo narran así:
La profetisa Ana vivía en el templo y al presenciar aquellos acontecimientos comenzó a hablar del Niño a todo aquel que esperaba la redención de Jerusalén:
Interpretación de la Iglesia católica
Con la finalidad de cumplir las dos normas que mandaba la ley de Moisés, la Sagrada Familia fue a Jerusalén: para purificar a la madre y el rescate del primogénito Aprovechando este suceso se manifiesta Jesús a Israel: «La Presentación de Jesús en el Templo lo muestra como el Primogénito que pertenece al Señor».
En el contexto de la Presentación de Jesús en el Templo, María y José llevan a Jesús al Templo para cumplir con estas prescripciones. Aunque Jesús, como Hijo de Dios, no estaba sujeto a estas normas, la Sagrada Familia observa las prácticas rituales como una expresión de obediencia a la ley.
Simeón y Ana, representando al pueblo fiel de Israel, reconocen en Jesús la realización de las esperanzas y expectativas mesiánicas. Este evento subraya la conexión entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, mostrando cómo las profecías y leyes del Antiguo Testamento encuentran su cumplimiento en la persona de Jesucristo.
El pasaje hace referencia a las prácticas rituales asociadas con el rescate del primogénito y la purificación de la mujer después del parto, conforme a las leyes establecidas en el Antiguo Testamento.
Según la ley, el rescate del primogénito se realizaba al cabo de un mes del nacimiento, y se ofrecían cinco siclos como parte de este acto de redención. Esta práctica simbolizaba el reconocimiento de que todos los primogénitos pertenecían al Señor y debían ser rescatados.
Además, la mujer que daba a luz a un varón quedaba ritualmente impura y debía cumplir con el rito de purificación al cabo de cuarenta días. Durante este tiempo, la madre presentaba una ofrenda en el Templo, que consistía en una res menor, o, en el caso de aquellas que eran pobres, un par de tórtolas o dos pichones. Esta ofrenda simbolizaba la purificación de la madre después del parto y su dedicación a Dios.
En el contexto de la Presentación de Jesús en el Templo, María y José cumplen con estas prácticas rituales, aunque, como se menciona en el texto anterior, Jesús, como Hijo de Dios, no estaba sujeto a la necesidad de rescate, y María, como Virgen, no estaba impura de la misma manera que otras mujeres. Esto subraya el cumplimiento de la ley por parte de la Sagrada Familia y establece un enlace entre las antiguas tradiciones judías y el cumplimiento mesiánico en Jesucristo.
El pasaje destaca la figura de Simeón como alguien inspirado y guiado por el Espíritu Santo. Sus palabras revelan la comprensión profunda de la identidad y la misión de Jesús. Algunos de los aspectos clave que menciona Simeón son:
Reconocimiento de Jesús como el Mesías esperado: Simeón identifica a Jesús como el Mesías, la figura esperada y anhelada en la tradición judía. Lo describe como la “gloria de Israel”, lo que resalta su importancia y significado para el pueblo de Israel.
Luz y salvación para todos los hombres: Simeón va más allá de la concepción tradicional del Mesías como alguien destinado solo para Israel. Él reconoce a Jesús como “luz y salvación” para todos los hombres, indicando que la misión de Jesús tiene un alcance universal.