Ambroise-Paul-Toussaint-Jules Valéry (Sète, 30 de octubre de 1871-París, 20 de julio de 1945) fue un escritor, poeta, ensayista y filósofo francés. Como poeta es el principal representante de la llamada poesía pura; como prosista y pensador (él se consideraba antifilósofo), sus textos han sido comentados por muchos autores, desde Theodor Adorno y Octavio Paz hasta Jacques Derrida.
Además de su poesía y ficción (teatro y diálogos), sus intereses incluían aforismos sobre arte, historia, letras, música y acontecimientos actuales. Valéry fue nominado al Premio Nobel de Literatura en 12 años diferentes.
Valéry nació de padre corso y madre genovesa - istria en Sète, ciudad de la costa mediterránea del Hérault, pero se crio en Montpellier, un centro urbano más grande y cercano. Tras una educación católica tradicional, estudió derecho en la universidad y residió en París durante la mayor parte de su vida, donde formó parte, durante un tiempo, del círculo de Stéphane Mallarmé.
En 1900, se casó con Jeannine Gobillard, amiga de la familia de Stéphane Mallarmé y sobrina de la pintora Berthe Morisot. La boda fue una ceremonia doble: la prima de la novia, hija de Berthe Morisot, Julie Manet, se casó con el pintor Ernest Rouart. Valéry y Gobillard tuvieron tres hijos: Claude, Agathe y François.
Antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial, en 1913, André Gide, que terminaba de fundar la Nouvelle Revue Francaise, le pidió autorización para publicar los versos que habían aparecido antes en algunas revistas. Valéry se negó, pero los amigos reunieron todos esos números atrasados, los hicieron mecanografiar y se los presentaron al poeta. Tras vacilar un poco, al fin aceptó corregirlos. “Contacto con mis monstruos. Disgusto. Me pongo a manosearlos. Retoques”, escribió en sus notas. Luego, como la extensión de la obra no le parecía suficiente, decidió completarla agregándole un pequeño poema, algo que sería también, según pensaba, su despedida de la poesía. Comenzó en 1913. Al año siguiente estalló la guerra y su trabajo se fue retrasando. Por fin, en 1917, lo completó. Se titulaba La joven Parca.
Este libro lo convirtió en una celebridad, algo que Valéry aceptó con modestia e ironía. En 1920 publicó El cementerio marino y su fama se acrecentó todavía más. Un año después una encuesta daba cuenta de que la mayoría lo consideraba como el poeta francés más grande de ese tiempo. En 1922 apareció su poesía completa con el título de Charmes, en una edición reducida. Los honores y los reconocimientos oficiales empezaron a sucederse. En 1925 fue elegido miembro de la Academia Francesa. En su discurso de recepción, hecho en honor de su predecesor, Anatole France, no lo nombró a este ni una vez, como una especie de venganza por haberse negado alguna vez France a la publicación de los versos de Mallarmé. A partir de ese año empezó a publicar una serie de obras en prosa acerca de los temas más variados, algunas de ellas por encargo. Durante la ocupación alemana no solamente rehusó colaborar, sino que hasta se atrevió, en su carácter de secretario de la Academia Francesa, a pronunciar el elogio fúnebre “del judío Henri Bergson”. Esto consiguió que fuera destituido de su cargo de Administrador del Centro Universitario de Niza.
Valéry formó parte del jurado junto a Florence Meyer Blumenthal en la concesión del Premio Blumenthal, una beca otorgada entre 1919 y 1954 a jóvenes pintores, escultores, decoradores, grabadores, escritores y músicos franceses.
Aunque sus primeras publicaciones datan de veinticinco años, Valéry no se convirtió en escritor a tiempo completo hasta los cincuenta. Valéry se ganó brevemente la vida en el Ministerio de Guerra antes de asumir un puesto relativamente flexible como secretario privado de Edouard Lebey, exdirector ejecutivo de la agencia de noticias Havas (posteriormente rebautizada como "Agence France-Presse"), cada vez más deteriorado. Ocupó este puesto durante más de veinte años, hasta la muerte de Lebey en 1922.
En 1931, fundó el Collège International de Cannes, una institución privada dedicada a la enseñanza de la lengua y la civilización francesas. El Collège sigue en activo, ofreciendo cursos profesionales para hablantes nativos (para certificación educativa, derecho y administración de empresas), así como cursos para estudiantes extranjeros.
Pronunció el discurso inaugural en la celebración nacional alemana de 1932 del centenario de la muerte de Johann Wolfgang Goethe. Fue una elección acertada, ya que Valéry compartía la fascinación de Goethe por la ciencia (en concreto, la biología y la óptica).
Además de sus actividades como miembro de la Academia Francesa, también fue miembro de la Academia de Ciencias de Lisboa y del Frente Nacional de Ecrivains. En 1937, fue nombrado director ejecutivo de lo que posteriormente se convertiría en la Universidad de Niza. Fue el titular inaugural de la Cátedra de Poética del Collège de France.
Durante la Segunda Guerra Mundial, el régimen de Vichy lo despojó de algunos de estos cargos y distinciones debido a su silenciosa negativa a colaborar con Vichy y la ocupación alemana. Sin embargo, durante estos años convulsos, Valéry continuó publicando y participando activamente en la vida cultural francesa, especialmente como miembro de la Academia Francesa. A partir de 1942, se convirtió en miembro del Comité Nacional de Escritores, una rama del movimiento de resistencia antinazi, el Frente Nacional.
Valéry fue nominado al Premio Nobel de Literatura doce veces. Se cree que la Academia Sueca tenía la intención de otorgarle el premio en 1945, de no haber fallecido ese año.
Valéry murió en París en julio de 1945. Está enterrado en el cementerio de su ciudad natal, Sète, el mismo cementerio celebrado en su famoso poema Le Cimetière marin.
De entre la obra de Valéry se destacan seis títulos: La velada con Monsieur Teste, La joven Parca, El cementerio marino, la serie de ensayos denominada Variedad, la obra teatral inconclusa Mi Fausto, y los Cuadernos, título con el que se agrupan las anotaciones que asentó durante cincuenta años en más de doscientos cuadernos.
Monsieur Teste, “fantástico personaje engendrado durante jornadas de embriaguez de su voluntad y entre extraños excesos de conciencia de sí”, según escribió el propio Valéry, ilustra para el crítico Pierre de Boisdeffre “el ideal valeriniano del sabio, del hombre completamente dueño de su pensamiento, entregado por entero a las despiadadas disciplinas del espíritu”. Verdadera Quimera de la mitología intelectual, como también lo llamó su autor, ningún rasgo lo particulariza; habla sin gesticular, no sonríe, apenas saluda, habita un pisito amoblado sin libros ni escritorio, un alojamiento “cualquiera”, “análogo al punto cualquiera de los teoremas y acaso tan útil”. Allí, en ese lugar “puro y trivial”, repasa los métodos extraordinarios que ha encontrado para lograr que su pensamiento consiga un alto grado de precisión, para que el lenguaje adquiera definiciones cinceladas por bordes de diamante, que seccionan hasta el mínimo lo vago y mal considerado. A veces se detiene y anota: “Confieso que he hecho un ídolo de mi espíritu, pero no he encontrado otro”. Termina por parecerse, según agrega Boisdeffre, “a un hombre de vidrio de tan clara visión, tan neta sensibilidad, tan sutil representación y ciencia tan perfecta, que se refleja, repercute y responde como en una serie infinita de límpidos espejos”. Al final, sin embargo, hastiado de tener razón, de la eficacia de sus procedimientos, de conseguirlo todo merced a la potencia de su espíritu, M. Teste considera ensayar “algo distinto”, algo que le permita sortear ese transcurrir “del inconsciente insensible al inconsciente insensible” al que fue llevada su vida por ese atisbar afiebrado de su propio yo.
“Una pesadilla en la que el personaje es, a la vez que objeto, conciencia consciente. Figuraos que alguien despertara en medio de la noche y que durante toda la vida se hablara y se reviviera a sí mismo”: de este modo trató Valéry de definir su poema La joven Parca, publicado en 1917, “después de muchos años de haber abandonado el arte de versificar y tratando de obligarme de nuevo a ello”, como reza la dedicatoria a su amigo André Gide. Para muchos críticos poema de la conciencia, de la memoria, del devenir, su desarrollo en varias direcciones lo transforma, en palabras de su creador, en una “pintura de psicológicas sustituciones… y en la transformación de una conciencia durante el transcurso de una noche”. El ensayista y filósofo Alain escribió en el prefacio para la primera edición francesa que se trata de una epopeya íntima, que la Parca desenreda de su propio ser el hilo de cada destino; y según ella misma, no según una necesidad externa. “De ahí su nombre, su doble nombre, la Joven Parca. Parca, debido a que no existirá jamás una vida distinta de ésta, movida, arriesgada, salvada según sus propias tormentas y con las mareas de la sangre, es decir de acuerdo con las leyes puras del mundo, en detrimento de la historia. Joven, porque la vida épica es la vida virgen, poderosa, apasionada de sí misma —no la vida desgarrada— y ya transmitida al siguiente”.