Francisco Gómez Toro "Panchito" (finca La Reforma, Jatibonico, Cuba, 11 de marzo de 1876-San Pedro, provincia de La Habana, Cuba, 7 de diciembre de 1896) fue un militar cubano, teniente en la Guerra Necesaria (1895-1898).
Fue el cuarto de los nueve hijos del matrimonio integrado por el dominicano Máximo Gómez Báez y la cubana Bernarda Toro Pelegrín, apodada Manana.
El padre no pudo estar muy cerca del pequeño en los primeros meses de su vida, pues el compromiso con la lucha por la independencia de Cuba, que ya había convertido en su patria, lo reclamaba. Ni siquiera pudo estar cuando Manana y los hijos debieron salir rumbo a Jamaica y no es hasta marzo de 1878 que logra reunirse toda la familia.
Infante aún, Panchito al asumir sencillas tareas hogareñas, da muestras de su sentido de la responsabilidad, que cotidianamente, son distribuidas en medio de la penuria económica de la familia.
Unido a la admiración por el padre, a quien a veces imitaba en sus juegos infantiles, de manera recíproca resaltaba su sensibilidad y amor por su madre y hermanos.
En 1878, se inicia un período difícil para la familia Gómez Toro, con el fin de las hostilidades independentistas cubanas. Jamaica, Honduras, Estados Unidos, Haití los acogen; y en 1888 llegan a Santo Domingo, la tierra del padre. Se instalan en La Reforma, finca del mismo nombre que la de Jatibonico.
Varios de los miembros enfermaron, murieron algunos de los muchachos, las cosechas se arruinaron, pasaron necesidades y apuros económicos, pero nunca se dieron por vencidos.
En 1892, en Montecristi Francisco Gómez Toro trabaja en la casa Jiménez, y hasta allí va José Julián Martí Pérez a buscarlo para que lo conduzca a La Reforma, donde se hallaba el padre. Este primer encuentro del joven con Martí, marcaría el inicio de una relación que se mantendría hasta la muerte de Martí.
Panchito estaba plenamente identificado con la situación que se vivía en Cuba y la necesidad de iniciar nuevamente las acciones para lograr la definitiva independencia. En varias ocasiones participa junto a Martí, Antonio Maceo y Grajales, su padre y otros revolucionarios más en los propósitos conspirativos.
A pesar de su juventud es maduro, trabajador, responsable, Máximo Gómez confía plenamente en él y al partir hacia tierra cubana deja en sus manos y las de su hermano hijo Maxito, la tutela de los asuntos familiares. Panchito contrae una gran responsabilidad, que gustosamente cambiaría por poder estar combatiendo en la manigua de Cuba.
En septiembre de 1896 se embarca en el vapor "Three Friends", con una expedición encabezada por el General Juan Rius Rivera, destinada a desembarcar en el occidente. Allí espera ponerse a las órdenes de Maceo.
El General Antonio Maceo y Grajales acoge a Panchito como a un hijo y siempre lo mantiene cerca de él, sabe que al incorporarlo a su tropa contrae un gran compromiso con Gómez. Participan juntos en varias acciones, luego el 7 de diciembre mueren juntos en combate en la batalla de San Pedro.
Hacia el otoño de 1896, se habían agudizado las contradicciones entre el gobierno de la República en Armas y el general en jefe del Ejército Mambí, Máximo Gómez. La petulancia de Rafael M. Portuondo Tamayo, secretario interino de la Guerra, llevó el conflicto hasta un punto de no retorno y Gómez convocó a Maceo para encontrarse en Las Villas. Llevaba una determinación: renunciar.
Con impasible indiferencia el gobierno observaba el sacrificio en Pinar del Río, sin socorros ni otro auxilio que su propio esfuerzo; pero Maceo no daba tregua al general Valeriano Weyler ni margen a Estados Unidos, que acechaba a la sombra, a la espera de que se debilitara el empuje revolucionario. En el segundo semestre, el Titán de Bronce había conseguido reactivar la campaña tras los desembarcos de Leyte Vidal, con 200 fusiles y 300 000 cartuchos, y Juan Rius Rivera, con 920 fusiles, 450 000 cartuchos y un cañón neumático. Entre los expedicionarios se hallaba Panchito Gómez Toro, el hijo de Gómez que Martí llevó consigo en su viaje a Costa Rica, aquel que con apenas 14 años de edad impresionó al Apóstol durante su estancia en La Reforma por su profunda vocación bolivariana y sentido quijotesco de la justicia. Tenía 20 años. Maceo lo abrazó como a un hijo.
El 2 de noviembre, Maceo recibió la nota de Gómez. Dos cartas de Eusebio Hernández y el coronel Juan Masó Parra, le permitieron comprender la gravedad de la situación. No podía creerlo. Preocupado, acudió de inmediato al llamado del Generalísimo pese a que su permanencia en Pinar del Río resultaba vital.
Para trasladarse a Las Villas, en repetidas ocasiones intentó atravesar la trocha Mariel-Majana, de 32 km de largo. En uno de los intentos cayó desplomado del caballo; poco tiempo después abrió los ojos. “Dijo que había sido un vahído, y se lo achacó a la humedad de la noche y a que había dormitado unos minutos después de haber chupado una caña. Alguien ha especulado que el motivo fue un sueño premonitorio en el que había visto a su esposa cubierta por un velo y a todos sus hermanos muertos en la guerra”.
Consiguió un bote para cruzar por la boca del Mariel con 20 compañeros, el 4 de diciembre. Dejó atrás su escolta y 150 hombres que lo acompañaron hasta la trocha. Hosco y taciturno, prosiguió por aquella ruta incierta. Nunca le pareció una noche tan corta, ni imaginó que del otro lado lo esperaba el comandante Francisco Cirujeda, jefe del batallón no. 7 de San Quintín, quien operaba entre Punta Brava y el Camino a Vueltabajo, en los límites con el Mariel: “Acaban de asegurarme que Maceo intenta pasar solo por la trocha inmediata a Mariel […]” —había notificado el 1.º de diciembre Cirujeda a su superioridad.
Sobre las 9:00 a. m. del 7 de diciembre de 1896, Maceo llegó a la finca de San Pedro de Punta Brava, en Bauta, donde lo aguardaban unos quinientos habaneros. Llegó enfermo y con fiebre. Desde su hamaca puntualizó un plan dirigido a atacar Marianao y otros suburbios capitalinos. Sobre las 2:55 p. m. fueron sorprendidos. A las voces de “¡Fuego, fuego en San Pedro!”, se sucedió una nutrida balacera que provocó desorden total en el campamento. Encolerizado, Maceo trató de incorporarse de la hamaca y, al no poder hacerlo, pidió a su ayudante que le tendiera la mano. Ante la confusión observada pidió un corneta para ordenar el toque a degüello y levantar la moral combativa. No apareció ninguno. Demoró 10 minutos en vestirse y ensilló su caballo, tal y como acostumbraba a hacer en vísperas de un combate.