Tal Día como Hoy

Orden de Predicadores

Orden religiosa de la Iglesia católica

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La Orden de Predicadores —en latín, Ordo Praedicatorum, abreviada OP—, conocida también como orden dominicana u orden de Santo Domingo, es una orden mendicante de la Iglesia católica fundada por Domingo de Guzmán y aprobada por el papa Honorio III mediante la bula Religiosam vitam, promulgada el 22 de diciembre de 1216.​​

La Orden nació con una finalidad específica de predicación, estudio y vida apostólica común. Según la propia Orden, su misión consiste en anunciar el Evangelio mediante una vida articulada por la oración, la vida fraterna, el estudio y la predicación.​​ A lo largo de su historia, sus miembros han tenido una presencia destacada en la teología, la filosofía, la predicación, la vida universitaria, las misiones y diversas formas de apostolado intelectual y pastoral.

Entre las figuras vinculadas a la familia dominicana se encuentran Tomás de Aquino, Alberto Magno, Catalina de Siena, Martín de Porres, Rosa de Lima, Bartolomé de las Casas, Francisco de Vitoria y otros santos, beatos, teólogos, misioneros y pensadores asociados al desarrollo histórico de la Orden.​

La Orden de Predicadores ha usado diversos lemas vinculados a su identidad espiritual y apostólica. Uno de los más conocidos es Laudare, benedicere, praedicare, traducido habitualmente como «alabar, bendecir y predicar».​

Otro lema tradicional es Veritas, «verdad», asociado a la búsqueda, estudio y predicación de la verdad en la tradición dominicana.​ También se utiliza la expresión Contemplari et contemplata aliis tradere, tomada de la tradición teológica de Tomás de Aquino, que puede traducirse como «contemplar y entregar a los demás lo contemplado».​

Los dominicos nacieron en el contexto religioso, social y político del sur de Francia a comienzos del siglo XIII, en una época marcada por la expansión del catarismo y por la respuesta eclesial y militar que desembocó en la cruzada albigense. Esta cruzada fue promovida por el papado y asumida por sectores de la nobleza del norte de Francia contra los cátaros y contra diversos poderes nobiliarios de Occitania, especialmente en el Languedoc.​

Domingo de Guzmán, natural de Caleruega (Burgos, España), era un clérigo vinculado al cabildo de la catedral de Osma. Durante un viaje diplomático realizado junto con el obispo Diego de Acebes al norte de Europa, conoció la situación religiosa del sur de Francia y entró en contacto con el problema pastoral planteado por los cátaros y otros movimientos considerados heréticos por la Iglesia.​

En 1206, una vez finalizadas aquellas embajadas, Domingo se estableció en el Languedoc como predicador entre los cátaros, de acuerdo con el papa Inocencio III.​ La predicación de Domingo y de Diego de Acebes se caracterizó por una opción de pobreza, itinerancia y sencillez evangélica, en contraste con formas de predicación más solemnes o vinculadas a signos de poder. Esta orientación no debe entenderse como una simple imitación de las costumbres cátaras, sino como una respuesta pastoral basada en la pobreza evangélica, la formación doctrinal y la autoridad moral del predicador.

Aunque la misión de predicación de Domingo se desarrolló en el mismo contexto que la cruzada albigense, conviene distinguir ambos procesos. La cruzada tuvo causas políticas, religiosas y sociales más amplias, y no puede explicarse como consecuencia directa de un supuesto fracaso personal de Domingo. La actividad del futuro fundador continuó durante esos años en el sur de Francia, especialmente en torno a Fanjeaux, Carcasona y Toulouse.​

Prouilhe y los primeros predicadores

Hacia 1206 se fundó en el monasterio de Prulla o Prouilhe, cerca de Fanjeaux, una comunidad femenina vinculada a la misión de predicación. Según la tradición dominicana, Diego de Acebes impulsó la fundación de este monasterio para acoger a mujeres que, por diversas circunstancias familiares y sociales, estaban relacionadas con el ambiente religioso del Languedoc. La comunidad sirvió también como punto de apoyo para el grupo de predicadores reunido en torno a Domingo.​

Santo Domingo continuó madurando su proyecto en la diócesis de Toulouse. Hacia 1215 organizó allí la primera comunidad formal de «hermanos predicadores», nombre con el que sería conocida la orden naciente. Esta comunidad inicial, compuesta por un pequeño grupo de compañeros, se estableció en casas urbanas y asumió una forma de vida regular, fraterna y apostólica.​

La comunidad adoptó la Regla de San Agustín, una de las reglas religiosas reconocidas por la Iglesia, y combinó la vida común con una misión específica de predicación. La opción por conventos o casas urbanas, la importancia concedida al estudio y la orientación hacia la predicación pública dieron a la nueva Orden una fisonomía propia dentro del movimiento religioso de su tiempo. Hasta entonces, muchas formas de vida religiosa se habían desarrollado principalmente en monasterios, mientras que la predicación ordinaria correspondía sobre todo a los obispos. Los dominicos integraron la vida común, el estudio, la pobreza mendicante y la predicación como ejes de su carisma.​

Uno de los lemas tradicionalmente asociados a la Orden es Contemplari et contemplata aliis tradere, traducido habitualmente como «contemplar y entregar a los demás lo contemplado». Esta expresión resume la relación entre vida contemplativa, estudio y predicación, elementos centrales de la espiritualidad dominicana.​

Aprobación pontificia y primeras ramas

De manera paralela a la fundación de los frailes predicadores y de las monjas dominicas, se desarrollaron formas de vida laical vinculadas a la espiritualidad de santo Domingo. Entre ellas se encuentra la Milicia de Jesucristo, posteriormente relacionada con la Tercera Orden de la Penitencia de Predicadores. En la actualidad, esta rama laical se expresa principalmente en las fraternidades laicales de Santo Domingo, cuyos miembros participan del carisma dominicano viviendo en el mundo.​​

Entre los miembros más conocidos vinculados a la rama laical o terciaria dominicana se encuentran Catalina de Siena, Sigrid Undset y Pier Giorgio Frassati.​

La Orden fue aprobada por el papa Honorio III mediante la bula Religiosam vitam, fechada en Roma el 22 de diciembre de 1216, por la que se confirmó jurídicamente la comunidad de Domingo y sus frailes como Orden de Predicadores.​ En enero de 1217, el mismo papa dirigió una nueva carta a los frailes de San Román de Toulouse, alentándolos a perseverar en la predicación de la Palabra de Dios.​

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