Tal Día como Hoy

Octava cruzada

Campaña militar para recuperar Tierra Santa

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La octava cruzada también fue una fallida campaña militar liderada por el rey francés Luis IX que se llevó a cabo en Túnez entre 1264-1270. Inicialmente el objetivo era neutralizar la amenaza que era el sultán mameluco Baybars para los Estados latinos de Oriente, pero finalmente se materializó en conseguir la conversión al cristianismo del emir de la Túnez y la extensión de esta religión por el territorio limítrofe. La expedición militar fracasó y en ella falleció el monarca francés.

Desde el paso de Luis IX por Tierra Santa, durante la Séptima Cruzada, los mongoles habían invadido Oriente Medio y conquistado los emiratos de Alepo y Damasco. Los francos orientales habían reaccionado de manera diferente hacia los mongoles, aliándose con ellos el principado de Antioquía y el Reino armenio de Cilicia mientras que el reino de Jerusalén y el condado de Trípoli se aliaron con los mamelucos. Pero la muerte del Gran Kan Möngke hizo que los mongoles regresaran a su país de origen para resolver los problemas de sucesión. Cuestión resuelta, Hulagu, el khan mongol de Persia, regresa y exige la lealtad de los mamelucos, que se niegan. Finalmente, el sultán mameluco Qutuz derrotó a los mongoles en Ain Yalut el 3 de septiembre de 1260 y conquistó los emiratos de Damasco y Alepo, rodeando los Estados cruzados. Qutuz fue destronado poco después por Baibars, quien no ocultó su deseo de expulsar a todos los francos de Siria.​

Entre los años 1264 y 1269 Baibars, el mayor azote de los cruzados desde los tiempos de Saladino y que selló su eliminación del Levante.​, atacó lo que quedaba de los Estados latinos de Oriente y tomó Nazaret, Haifa, Torón y Arsuf, comquistando gran parte de los territorios de los Estados cruzados de Levante. Si al principio del reinado del sultán (1260) los cruzados dominaban la costa levantina entre Gaza y Cilicia, y contaban con imponentes fortalezas en el interior para proteger el territorio, cuando falleció en 1277 apenas se sostenían en Acre, Tiro, Sidón, Trípoli, Gibelet, Tortosa y Latakia y en las fortalezas de Marqab y Atlit.​ Hugo III, rey de Jerusalén y Chipre, desembarcó en San Juan de Acre para defender la ciudad mientras Baibars había avanzado hasta el Reino armenio de Cilicia, que en ese momento estaba controlado por los mongoles.

Los francos de ultramar, ocupados en sus disputas internas y sin soberano fuerte desde hacía treinta años, se negaron a reconocer la autoridad de Hugo III y reaccionaron sólo débilmente ante los avances de Baibars.​ En 1268 fue tomada Jaffa. La guerra de asedio que había prevalecido hasta entonces, gracias a las fortalezas construidas y restauradas por Luis IX durante su estancia entre 1250 y 1254, se transformó progresivamente en guerra de posiciones. Asimismo el Oriente Próximo cristiano vivía una época de anarquía entre las órdenes religiosas que debían defenderlo, así como entre comerciantes genoveses y venecianos.

Mientras tanto Luis IX seguía muy de cerca los acontecimientos en Oriente y, cuando el Papa Urbano IV decide imponer un impuesto extraordinario durante un período de tres años para apoyar financieramente al Oriente cristiano, Luis IX apoya esta iniciativa y la aumenta a cinco años a pesar de la impopularidad de esta medida. Sin embargo, temiendo otra invasión mongola de Rusia por parte de la Horda de Oro, nadie se arriesgó a emprender una cruzada. Eliminado este peligro, el rey de Francia envió embajadas a Hulagu con el fin de concertar una alianza y una acción militar concertada contra el Egipto mameluco.​ El plan de los cruzados, fundamentalmente franceses, era conquistar Egipto o al menos el delta del Nilo, bien para asentarse en él o como moneda de cambio para recuperar Jerusalén y los territorios palestinos perdidos por las últimas derrotas.

Al tanto de las noticias que llegaban de Tierra Santa, los papas Alejandro IV, Urbano IV y Clemente IV llamaron a Occidente a una cruzada. Desde el mes de abril de 1266, el rey de Navarra Teobaldo II, el duque de Brunswick Alberto I, el duque de Baviera Luis II y el margrave de Meissen Enrique III anunciaron su intención de ir a luchar a Tierra Santa en la primavera de 1267. Sin embargo, parte del las fuerzas del reino de Francia están ocupadas apoyando a Carlos de Anjou en la conquista del Reino de Sicilia y luchando contra Manfredo de Hohenstaufen. Sólo en 1266, cuando éste fue derrotado, Luis IX anunció en marzo de 1267 su intención de emprender la cruzada, transformando estas salidas ocasionales en una cruzada organizada pero retrasándola tres años. Este anuncio puso en apuros al Papa Clemente IV, que deseaba que el rey francés permaneciera en su reino para mantener la paz en Occidente y, conociendo la frágil salud del rey, temía un desenlace fatal para tal expedición. Por otra parte, los francos orientales no ocultan su necesidad de refuerzos inmediatos, aunque fueran limitados. Finalmente, el Papa aceptó y confió la predicación de la cruzada al cardenal de Sainte-Cécile Simón de Brion,​ legado papal en Francia y futuro Papa Martín IV,​ y luego a Raoul de Grosparmy, cardenal y obispo de Albano.​ Aunque la nueva cruzada fue mal recibida,​·​ Luis IX fijó la salida para la primera quincena de mayo de 1270 de Aigues-Mortes.

Actuación de los infantes de Aragón

En septiembre de 1269, Jaime I, rey de Aragón, que se llegaba encumbrado de gloria tras la conquista de Mallorca (1229) y del reino de Valencia (1238) de manos de los musulmanes de España, envió a Tierra Santa a sus dos bastardos Fernán Sánchez de Castro y Pedro Fernández de Híjar. Los caballeros hospitalario y los Caballeros templarios tuvieron grandes dificultades para impedir que cometieran imprudencias ante las provocaciones de Baibars, que buscaba atraer a los cruzados a sus trampas, por lo que acabaron regresando a Aragón sin haber aportado gran ayuda ni haber obtenido resultados destacables.​

Finalmente la inmensa expedición partió de Aigues-Mortes el 1 de julio de 1270.​ A pesar de las reticencias y críticas de los nobles, acompañaban al rey sus tres hijos Felipe, Pedro y Juan-Tristán, su yerno Teobaldo II de Navarra, sus hermanos Alfonso de Poitiers y Carlos de Anjou, su sobrino Roberto II de Artois,​ el duque Juan I de Bretaña y multitud de condes y señores.​ La escuadra arribó frente a Cartago el 18 de julio, en pleno verano magrebí.​

El 13 de julio mientras la flota hacía escala en Cagliari, Luis IX anunció que el primer objetivo de la cruzada era Túnez. Pese a la grave situación del Levante cristiano, se acepta que fue el hermano del rey Carlos de Anjou quien le convenció para dirigir su nueva cruzada no al Levante, sino a Túnez, donde afirmó que el emir local estaba dispuesto a abandonar el islam y convertirse al cristianismo.​

Sin embargo es más plausible que los intereses de éste se basaran en los agravios que tenía contra la corte de Túnez, que acogió a los partidarios de los Hohenstaufen derrotados en Sicilia y que habría convencido a los sultanes hafsidas de no pagar más al reino de Sicilia el tributo que estos últimos pagaban con los Hohenstaufen en el poder, aunque para él desviar la expedición a Túnez y establecer allí un protectorado tenía el gran inconveniente de retrasar su objetivo personal de la reconquista del Imperio latino de Constantinopla.​ En marzo de 1270 Carlos había reunido en Sicilia una flota destinada a llevar ayuda al Despotado de Morea en la lucha contra el emperador bizantino. Sin embargo, no queriendo disgustar a su hermano, Carlos ordenó en mayo desde sus posesiones en el sur de Italia el envío de alimentos, trigo y ganado a Cerdeña destinados a la cruzada. Asimismo, si el rey de Francia hubiese deseado apoyar las ambiciones de su hermano habría podido hacer la escala en Sicilia en vez de en Cerdeña, lo cual no hizo.

A pesar de la oposición de algunos estrechos colaboradores del rey a la empresa propuesta por su hermano hacia Túnez, éste la aceptó.​ Para tranquilizar a los cruzados que lo acompañaban, Luis IX los reunió y aclaró a los miembros de esta gran asamblea que la Iglesia aprobaba su proyecto, ya que esta cruzada conllevaba una indulgencia plenaria similar a la vinculada a la expedición a Jerusalén.​

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