Tal Día como Hoy

Motín de Aranjuez

Levantamiento popular en Aranjuez (España)

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El motín de Aranjuez ocurrió entre el 18 y el 19 de marzo de 1808 por las calles de esta localidad madrileña. El motín se desencadenó en protesta por la política de Manuel Godoy, «favorito» de Carlos IV. El resultado fue que Godoy fue apresado y que el rey Carlos IV abdicó el 19 de marzo la Corona de España en favor de su hijo el príncipe de Asturias Fernando, que reinaría con el nombre de Fernando VII. Como ha destacado Rafael Sánchez Mantero, «por primera vez en la historia de España, un rey veía cómo su propio hijo le arrebataba la corona como consecuencia de un motín popular».​ Los contemporáneos mitificaron el 19 de marzo como el punto de partida de la «Revolución española».​

Aunque el debate sigue abierto,​ varios historiadores coinciden​​​ con Emilio La Parra en su valoración de que «el motín tuvo poco de espontáneo». Los aristócratas del partido fernandino, cuyo primer intento de acabar con Godoy y conseguir que Carlos IV abdicara en favor de su hijo Fernando había fracasado el año anterior en el llamado complot de El Escorial, «distribuyeron dinero, reclutaron gentes, controlaron el ejército y lanzaron rumores pertinentes para soliviantar los ánimos de la población... El pueblo quedó en segundo plano, desempeñando el papel protagonista sólo cuando interesó a los anteriores. […] La propaganda fernandina, sin embargo, puso especial énfasis en el protagonismo del pueblo para justificar su causa…».​

A pesar de no haber acabado con el gobierno del «favorito» Manuel Godoy mediante el «complot de El Escorial» descubierto el 27 de octubre de 1807, el príncipe de Asturias Fernando y sus partidarios habían salido tan fortalecidos como para intentarlo de nuevo. Este partido aristocrático o fernandino ―una facción o «camarilla» que en nada se parecía a un partido político moderno y que estaba integrada por miembros de la alta nobleza y de clérigos de la corte opuestos a la política de Godoy al que consideraban un advenedizo―​​ había conseguido que el complot fuera considerado una invención de Godoy y que el príncipe de Asturias se convirtiera «en el ídolo de la nación», como escribió en un informe un enviado especial de Napoleón.​​​

Además, como ha destacado Emilio La Parra López, las circunstancias favorecían al partido fernandino. «A estas alturas el descontento de la población había alcanzado cotas muy elevadas. Los tres años de guerra contra Inglaterra y las exigencias pecuniarias de Napoleón habían dejado exhausta la hacienda real y causado estragos en el comercio marítimo… Abundaban los mendigos en las calles de ciudades prósperas años antes, como Barcelona, Valencia o Alicante. La paga de militares y empleados del rey llegaba tarde o a veces ni siquiera eso, el campesinado no se había recuperado de las pésimas cosechas de 1804 y 1805 y los poseedores de títulos de deuda pública (los vales reales) constataban diariamente su pérdida de valor. Para colmo de males, era imprevisible la llegada de los navíos de América con los muy apreciados productos coloniales y los imprescindibles metales preciosos. De todo se responsabilizó a Godoy».​​ Esta valoración del difícil momento que se vivía en España a principios de 1808 y del que todos culpaban a Godoy es compartida por otros historiadores.​​​

A esto se sumaba la equívoca actitud de las tropas francesas que habían entrado en España en virtud del Tratado de Fontainebleau para conquistar el reino de Portugal, pero que el 16 de febrero de 1808 habían ocupado la fortaleza de Pamplona y el 5 de marzo la de Barcelona.​ Las intenciones de Napoleón fueron completamente evidentes cuando Eugenio Izquierdo, el embajador oficioso de Godoy en París, trajo a Madrid a principios de marzo un documento informal llamado «Especies y cuestiones proponibles». En él Napoleón se desvinculaba del tratado de Fontainebleau y se arrogaba el derecho a mover y situar sus ejércitos «sin ninguna limitación de provincias y lugares», exigiendo que «cualesquiera plazas fuertes sobre las cuales necesitasen apoyarse sus ejércitos les fueran abiertas». Lo justificaba por la crisis de la monarquía española que atribuía a «la discordia de la familia real». Y aún iba más lejos cuando proponía como «garantía» la cesión de las «provincias» españolas al norte del río Ebro, que serían incorporadas a Francia, recibiendo Carlos IV el reino de Portugal como compensación.​​ Realizado esto, Napoleón daría su consentimiento para que una princesa de la Casa de Bonaparte se casara con el príncipe de Asturias Fernando, aunque «no asentiría definitivamente a tal enlace sin hallarse asegurado de que el príncipe de Asturias hubiese merecido la indulgencia de su padre y soberano, perseverando enteramente en su obediencia y su respeto; que siendo de otro modo… mostraría muy grande complacencia en que S.M. le separase de su derecho al Trono y se pensase en otro de sus hijos para el enlace proyectado y para sucederle en la Corona».​ El 11 de marzo salió de Madrid Izquierdo con la respuesta a las «cuestiones proponibles» en la que se rechazaba la anexión de las «provincias» fronterizas con Francia y se mantenía la vigencia del Tratado de Fontainebleau, pero cuando el agente de Godoy llegó a París ya se había consumado el «motín de Aranjuez» ―el príncipe de la Paz, Godoy, estaba preso y Carlos IV había abdicado a favor de su hijo Fernando―.​

Ante la amenaza nada velada de Napoleón, Godoy convenció a Carlos IV, aunque mantenía serias dudas, de que la familia real debía trasladarse al sur y finalmente a América, como acababa de hacer el regente de Portugal don João que había abandonado Lisboa el 29 de noviembre de 1807, el día anterior a la entrada de las tropas francesas del mariscal Junot, y había instalado su corte en Río de Janeiro. En aquel momento la corte española se encontraba en el Real Sitio de Aranjuez. Sin embargo, en cuanto el príncipe de Asturias Fernando y sus partidarios se enteraron del plan se opusieron radicalmente. Como ha señalado Emilio La Parra López, «a pesar de las evidencias» «persistían en la creencia de que Napoleón únicamente pretendía derrocar al “tirano” [Godoy] y asegurar la sucesión al trono del príncipe Fernando para consolidar la alianza con España».​​ Mientras tanto Napoleón ordenaba a sus generales que ocuparan las plazas fuertes del norte de la península (Vitoria, Burgos, Valladolid) y que un contingente se dirigiera a Madrid, poniendo como pretexto que iba camino de Cádiz para apoderarse de la colonia británica de Gibraltar.​​ El secretario del Despacho de Gracia y Justicia José Antonio Caballero, del partido fernandino, se lo creyó y el 15 de marzo comunicó al gobernador del Consejo de Castilla que «van a entrar en Madrid tropas francesas hasta el número de 50 000 hombres, con dirección a Cádiz; pero se detendrán algo en esta villa. Dense las órdenes oportunas para que sean tratadas como corresponde a la alianza que S.M. tiene con el Emperador de los franceses».​

Los días previos: del 13 al 17 de marzo

El domingo 13 de marzo de 1808 Godoy, que ese día se encontraba en Madrid, ordenó que todas las compañías de los guardias de corps se trasladaran a Aranjuez para que escoltaran el traslado de la corte al sur y en cuanto llegó al Real Sitio por la tarde ordenó al mayordomo mayor de palacio que preparara los equipajes de la familia real para partir el día 15. La noticia se filtró y suscitó una honda conmoción entre la tropa y los habitantes de Aranjuez. Godoy intentó que Carlos IV autorizara la publicación de una proclama redactada por él en la que el rey explicaba los motivos del viaje ―«mi obligación es conservar mi soberana independencia y retirarme más adentro momentáneamente», se decía―, pero el monarca se negó tras consultarlo con el Gobierno en pleno (todos los secretarios del Despacho, con Caballero al frente, se opusieron porque consideraban que podía interpretarse como una declaración de guerra a Napoleón).​​

El lunes 14 de marzo, Carlos IV y su esposa se reunieron con el príncipe de Asturias Fernando y, en presencia de Godoy, el rey le ofreció que les acompañara en su viaje al sur y además le conminó a que acabara con «esa facción que se acredita con tu nombre y que sin él no podría nada». El príncipe en principio aceptó ―según Godoy, «salió del cuarto de su padre resuelto a la partida»― pero tras consultarlo con sus partidarios cambió de opinión y mostró su desacuerdo.​ Ese mismo día 14 Godoy reunió al Consejo de Estado que dio su aprobación al viaje de los reyes, pero el secretario del Despacho Caballero se negó a formalizarla con su firma, lo que provocó un altercado entre él y Godoy en los pasillos del Palacio Real. «Se han perdido las formas en presencia del rey y la autoridad del príncipe de la Paz es casi nula», ha afirmado Emilio La Parra López.​ En aquel momento «los fernandinos ya tenían organizado el acto de fuerza contra Godoy», ha advertido este mismo historiador.​ El domingo 13 había llegado de incógnito a Madrid el conde de Montijo quien, siguiendo las órdenes del duque del Infantado (desterrado en Écija por orden del rey a instancias de Godoy)​ y tras entrevistarse con varios destacados personajes como el duque de Osuna y los hermanos Luis y José de Palafox, comunicó al Consejo de Castilla que se estaba preparando un golpe contra Godoy ―al día siguiente, lunes 14, se reuniría con otros diecinueve Grandes de España que se comprometieron con él a impedir la salida de los reyes de Aranjuez y a acabar con Godoy―.​

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