Se llama misionero a aquella persona cuyo objetivo principal es el anuncio del evangelio mediante obras y palabras entre aquellos que no creen. Esa forma de misión propiamente tal es conocida como ad gentes, es decir, hacia las gentes, gentiles o no cristianos, y se desarrolla en lugares donde el evangelio no ha sido suficientemente anunciado o acogido, o en ambientes refractarios ubicados más allá de las propias fronteras donde se dificulta la prédica y aceptación del mensaje o prestar servicios a las personas, tales como educación, alfabetización, justicia social, atención sanitaria y desarrollo económico.
En la Historia del cristianismo, la idea de misión se aplica tanto a colectividades como a individuos e implica una forma de vocación, que se interpreta como un llamamiento positivo de Dios que «envia», para llevar un encargo o realizar un trabajo apostólico: la tarea de anunciar el evangelio, conforme al mandato final puesto en boca de Jesús de Nazaret en los Evangelios de Mateo y de Marcos:
En la traducción al latín de la Biblia, Jesucristo pronuncia estas palabras cuando envía a los discípulos a diferentes lugares y les ordena predicar el evangelio en su nombre. El término se utiliza más comúnmente en referencia a las misiones cristianas, pero también puede utilizarse en referencia a cualquier credo o ideología.
La palabra «misión» se habría originado en la década de 1590, cuando la Compañía de Jesús (jesuitas) envió a algunos de sus miembros al extranjero, ya que la vocación de la orden era «servir a Cristo en misión universal». Concretamente, entre 1581 y 1592, salieron de Lisboa 54 jesuitas con rumbo a la India, para seguir los pasos de Francisco Javier. La palabra se popularizó a partir de la traducción latina del pasaje bíblico en el que Cristo envía a sus discípulos a predicar en su nombre, y condujo a la definición de las misiones como los asentamientos fundados en tal carácter.
La palabra «misión» tiene también el sentido de trabajo, tarea, quehacer o cometido. Esta acepción más general permite además la concepción de un cierto carácter misionero en las personas, ministerios e instituciones, independientemente de su origen o de su condición religiosa o laical. El término, usado en sentido estricto en el marco del cristianismo, se puede utilizar también en sentido laxo para referir a otros credos o ideologías.
En los evangelios sinópticos, Jesús de Nazaret se presenta a los hombres como el enviado de Dios por excelencia, por lo cual al acogerlo o rechazarlo se acoge o se rechaza al que lo ha enviado, es decir, a Dios Padre. La conciencia que Jesús tiene de su misión (término de donde deriva la palabra «misionero») se explicita en frases características: «Yo he sido enviado...», «Yo he venido...», «El Hijo del hombre ha venido...» para anunciar el evangelio, para cumplir la ley y los profetas, para llamar no a los justos sino a los pecadores, para buscar y salvar lo que estaba perdido, para servir y dar su vida en rescate de muchos. Todos los aspectos de la obra de Jesús de Nazaret enlazan con esa misión, desde su primera predicación en Galilea hasta su muerte en la cruz.
La misión de Jesucristo aparece todavía en forma más evidente en el Evangelio de Juan. Allí, el único deseo de Jesús es hacer la voluntad del que lo ha enviado, realizar sus obras, y decir lo que aprendió del Padre, y pide a los hombres que crean en su misión.
La misión de los apóstoles de Jesús
La misión de Jesús de Nazaret se prolongó con la de sus propios enviados, los doce apóstoles, que tornaron en misioneros para curar, y para anunciar el evangelio, enviados «como ovejas en medio de lobos». Además, Jesús envió delante de sí misiones más numerosas en discípulos. La misión de los apóstoles enlazó con la propia misión de Jesús: «Como el Padre me envió, yo también os envío a vosotros» (Juan 20, 21). Así, a todos los apóstoles se les atribuye haber muerto en ciudades o tierras de misión.
Entre las personalidades del siglo I, Pablo de Tarso amerita una mención especial por haberse constituido en el motor de construcción y expansión del cristianismo en el Imperio romano, merced a su talento, a su convicción, y a su carácter indiscutiblemente misionero. Así había sido presentado el propio Pablo: como un instrumento de elección que llevaría el nombre de Jesús ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel.
Pablo hacía generalmente sus viajes a pie (2 Corintios 11, 26). El esfuerzo realizado por Pablo de Tarso en sus viajes es digno de mención. Si se cuenta únicamente el número de kilómetros de los tres viajes por Asia Menor, supera los 4 600 km según Josef Holzner.
A lo anterior habría que añadir los viajes por tierras de Europa y por mar, los caminos difíciles, las diferencias de altitud, etc. De una forma muy vívida, Pablo mismo describió en el pasaje siguiente lo que estos viajes implicaron:
El teólogo protestante alemán Gustav Adolf Deissmann enfatizó el punto al comentar que sentía «indecible admiración» a vista del esfuerzo puramente físico de Pablo, que con toda razón podía decir de sí mismo que «azotaba su cuerpo y lo domaba como a un esclavo».
En la Biblia, se recoge que Jesucristo encargó a los apóstoles que hicieran discípulos de todas las naciones (Mateo 28:19–20, Marcos 16:15–18). Los misioneros cristianos se refieren a este versículo como la Gran Comisión y es una fuente de inspiración para la labor misionera.
Un misionero cristiano puede definirse como «aquél que da testimonio a través de las culturas». El Congreso de Lausana de 1974 definió el término, en relación con la misión cristiana, como «formar un movimiento viable de plantación de iglesias autóctonas». Hay misioneros en muchos países de todo el mundo.
El número de misioneros cristianos a lo largo de la historia es difícil de calcular. Una obra moderna recopila 2400 personalidades conocidas desde los inicios del cristianismo hasta el presente, que representan a la Iglesia católica, la Iglesia ortodoxa, la Comunión anglicana, las Iglesias protestantes, pentecostales, independientes e indígenas, de los cuales cerca de un centenar fueron mártires.
La Iglesia cristiana se expandió por todo el Imperio romano ya en la época del Nuevo Testamento y, según la tradición, llegó incluso más lejos, hasta Persia (Iglesia de Oriente) y la India (cristianos de Santo Tomás). Durante la Edad Media, los monasterios cristianos y misioneros como San Patricio (siglo V) y Adalberto de Praga (h. 956-997) difundieron las enseñanzas cristianas más allá de las fronteras europeas del antiguo Imperio Romano. En 596, el papa Gregorio Magno (en el cargo entre 590 y 604) envió la Misión Gregoriana (que incluía a Agustín de Canterbury) a Inglaterra. A su vez, los cristianos de Irlanda (la misión hiberno-escocesa) y de Gran Bretaña (San Bonifacio (c. 675–754) y la misión anglosajona, por ejemplo) desempeñaron un papel destacado en la conversión de los habitantes de Europa central.
Durante la Era de los Descubrimientos, la Iglesia católica estableció varias misiones en América y en otras colonias occidentales a través de los agustinos, franciscanos y dominicos para difundir el cristianismo en el Nuevo Mundo y para convertir a los nativos americanos y otros pueblos indígenas. Por esa misma época, misioneros como Francisco Javier (1506-1552), así como otros jesuitas, agustinos, franciscanos y dominicos, llegaron a Asia y al Lejano Oriente, y los portugueses enviaron misiones a África. Emblemática en muchos aspectos es la misión jesuita de Matteo Ricci en China a partir de 1582, que a menudo se caracteriza por ser pacífica y no violenta. Estos movimientos misioneros deben distinguirse de otros, como las Cruzadas bálticas de los siglos XII y XIII, cuya motivación solía considerarse comprometida por designios de conquista militar.