Miguel Arroyo Diez (Pasto, 9 de julio de 1871-París, 13 de septiembre de 1935) fue un político, diplomático, periodista e historiador colombiano.
Se desempeñó como ministro de Estado y designado a la Presidencia de la República. Protagonizó un episodio de la historia política colombiana conocido como el Incidente Arroyo Diez-Vicentini, que lo llevaría a retirarse de la vida pública.
Fue el segundo hijo del matrimonio conformado por Miguel Arroyo Hurtado y Margarita Diez-Colunje y Pombo, ambos pertenecientes a familias aristocráticas del Cauca. Los enfrentamientos políticos y las frecuentes alteraciones del orden público obligaron a sus padres a domiciliarse varias veces por fuera de su ciudad de origen, Popayán. Arroyo nació durante uno de estos exilios voluntarios, cuando sus padres se encontraban en Pasto.
A los siete años de edad llegó con su familia a Quito, donde completó sus estudios primarios que había iniciado en la capital del Cauca, para luego cursar literatura y filosofía en el colegio San Gabriel de la capital ecuatoriana. Comenzaba a estudiar medicina cuando la muerte de su padre en 1892 lo hizo regresar a Popayán para asumir el manejo de asuntos familiares.
Transcurrido un tiempo retornó a Quito para adelantar estudios de derecho y ciencia política en la Universidad Central del Ecuador.
Tuvo una destacada figuración en la vida política de su país ocupando diversos cargos en la administración pública, entre ellos, prefecto de la provincia de Popayán, miembro de la Junta del Ferrocarril del Pacífico, secretario de gobierno del departamento, gobernador del Cauca en la administración del presidente José Vicente Concha, diputado, representante a la Cámara, senador de la República y miembro de la Comisión de Relaciones Exteriores.
El 28 de febrero de 1905, mientras se desempeñaba como presidente del Concejo Municipal de Popayán, le correspondió recibir junto con el alcalde, que en ese momento era su hermano José Antonio Arroyo Diez, y el gobernador del Cauca, Guillermo Valencia, los restos del Sabio Francisco José de Caldas y de otros patriotas payaneses fusilados durante el régimen del terror que se encontraban sepultados desde 1816 en Bogotá.
Durante su gestión como Gobernador del Cauca debió enfrentar levantamientos indígenas en ese departamento, liderados por Manuel Quintín Lame en el primer semestre de 1916, sobre los cuales Arroyo envió numerosos telegramas, informes y oficios tanto al Ministro de Gobierno como al Presidente de la República solicitando instrucciones para repeler las revueltas, que culminaron con el arresto del líder indígena por parte de las autoridades.
Se desempeñó entre 1917 y 1920 como ministro plenipotenciario y embajador de Colombia en el Ecuador, cargos diplomáticos en los que le fueron confiadas delicadas responsabilidades derivadas de las tensiones bilaterales históricas, en particular, aquellas relativas a las negociaciones de la demarcación de límites en la cuenca amazónica.
El 4 de abril de 1920 acompañó el histórico encuentro de los presidentes de ambos países, Marco Fidel Suárez y Alfredo Baquerizo Moreno, celebrado en el puente de Rumichaca, en el municipio colombiano de Ipiales, en donde ambos mandatarios colocaron la primera piedra de un monumento en granito que habría de erigirse en celebración del acuerdo de límites y que nunca llegó a materializarse. A su regreso a Colombia trajo desde Guayaquil hasta Bogotá los restos de Pedro Gual, el primer diplomático de la América española, los cuales reposan desde entonces en la Catedral Primada de Bogotá.
Presidió el Senado de la República y durante su período en la mesa directiva sancionó la ley que reglamentó la profesión médica en Colombia (Ley 67 de 1920). Formó parte de la Comisión de Relaciones Exteriores de dicha cámara legislativa y en ella participó en la negociación de un tratado con Estados Unidos para resarcir a Colombia por la pérdida de Panamá. Al año siguiente, en 1921, estuvo encargado del Ministerio de Relaciones Exteriores.
Como secretario del Ministerio del Tesoro, encargado del Despacho, fue uno de los firmantes de la Ley 30 de 1922, que creó el Banco de la República. Fue elegido como segundo designado a la Presidencia de la República y desempeñó tal dignidad en el período comprendido entre los años 1922 y 1927, durante las administraciones de los presidentes Pedro Nel Ospina y Miguel Abadía Méndez, siendo José Joaquín Casas el primer designado.
Formó parte del gabinete del presidente Jorge Holguín Mallarino en calidad de ministro de hacienda y en dicho cargo le correspondió representar a la nación en la compra de la Quinta de Bolívar, en 1922, para su destinación como museo nacional en memoria del Libertador. Dado el estado ruinoso en que se encontraba el histórico inmueble, además de la partida asignada por el Gobierno nacional para la compra fue preciso gestionar fondos adicionales para su restauración, los cuales se recolectaron a través de la Sociedad de Embellecimiento de Bogotá (SEB), de la que formaban parte la hija de Arroyo Diez, Carmen Elvira Arroyo de Samper, y varias otras damas prestantes de la ciudad en calidad de miembros honorarios, entre ellas, Adelaida de Nieto Caballero, Saturia García de Samper, Sofía Reyes de Valenzuela, Olga Dávila de Kopp, Cecilia Rocha de Obregón, Aurora Dupuy Urrutia, Alicia Holguín, Irene de la Torre y María Luisa Sinisterra.
En 1923, cuando el Directorio Conservador del Cauca acordó sus candidatos para Representantes, Arroyo Diez fue escogido junto con Francisco José Urrutia Olano y Alfredo Vásquez Cobo como principales; Jorge Ricardo Vejarano, Gustavo Delgado Nieto y Escipión Jaramillo como primeros suplentes; y Elías Martín, Ricardo Quintero y Jorge Ulloa como segundos suplentes.
El incidente Arroyo Diez-Vicentini
Arroyo fue nombrado Ministro de Instrucción Pública por el presidente Pedro Nel Ospina en 1923. Estando al frente de esa cartera se propuso traer a Colombia una misión pedagógica europea que buscaría modernizar el sistema educativo, iniciativa que causó hondas fricciones con la Iglesia puesto que la educación hasta ese momento era impartida de forma mayoritaria por las comunidades religiosas. Las tensiones surgieron alrededor del alcance que tendrían las reformas propuestas por expertos alemanes, belgas y suizos, quienes habían señalado el atraso del sistema educativo nacional.
En la noche del 20 de noviembre de 1923, Arroyo asistió al acto solemne de clausura del año académico en el Colegio Mayor de San Bartolomé como invitado de honor en calidad de Ministro de Instrucción Pública. Al ingresar al recinto saludó al rector del claustro y a varios altos jerarcas de la Iglesia colombiana, mas al aproximarse al Nuncio Apostólico, Roberto Vicentini, éste permaneció sentado y rechazó el saludo, dejando a Arroyo con la mano extendida. El desaire provocó la indignación del ministro, que se sentó con gran aplomo en el puesto que se le tenía reservado en la mesa principal y esperó a que concluyera el discurso pronunciado por el rector del claustro para levantarse. Así, transcurridos los aplausos, Arroyo se dirigió al rector del plantel educativo y le dijo: «Señor Rector, me retiro en señal de protesta contra la ofensa que me ha irrogado el señor Nuncio, y en mí a la autoridad civil, que represento en este acto.» Y a continuación abandonó el recinto, no sin antes espetarle al enviado papal delante de todos los presentes: «¡Ya ha llegado la hora de que usted no siga haciendo aquí lo que le dé la gana!»
El incidente causó gran conmoción entre los asistentes, que ignoraban los detalles de lo sucedido e inicialmente pensaban que la reacción de Arroyo obedecía al contenido del discurso, pues en él se criticaba a priori la llegada de la misión educativa europea y se afirmaba que la educación en Colombia gozaba de un estado saludable que hacía innecesaria la intervención de asesores extranjeros.