Michelangelo Antonioni (Ferrara, Emilia-Romaña, 29 de septiembre de 1912-Roma, 30 de julio de 2007) fue un destacado cineasta italiano. Por la calidad de sus guiones, reelaborados tras cada filmación, y por otros escritos, se lo considera un agudo escritor de la segunda mitad del siglo XX. En los últimos años, se dedicó a la pintura, una afición juvenil que había ido recuperando en su carrera.
Antonioni nace en una familia de industriales de Ferrara, que vivía holgadamente; de todos modos, su madre había sido obrera de joven y su padre provenía de una familia humilde, aunque luchando y estudiando habían logrado una buena posición social, de la que el hijo se benefició. Sus amigos de niñez sin embargo eran gente modesta, y prefirió asimismo tratar a chicas de procedencia trabajadora; veía a todos ellos como personas más vitales.
Antes que por el cine, Antonioni se apasionó por la música y el dibujo. De joven estuvo vinculado a un grupo de creadores de Ferrara (su ciudad hasta los 27 años), que incluía al futuro novelista Giorgio Bassani, amigo suyo. Antonioni empezó a escribir críticas en 1936 en el Corriere Paduano, actividad que proseguiría en la revista Cinema. Además de seguir diversos cursos de Letras, se licenció en economía por la Universidad de Bolonia.
Se inició en el cine como ayudante de Marcel Carné en la Guerra (como hizo antes Visconti), si bien este no lo acogió bien; pero siempre admiraría la técnica que aprendió con el cineasta clásico francés y su naturalismo negro (lo mismo en parte que Lattuada).
Marchó a Roma en 1942, donde cursó estudios en el Centro Sperimentale di Cinematografia de Cinecittà, durante tres meses, de todos modos muy importantes para él. Durante la guerra, en 1940, escribió la siguiente crítica de la película Nazi antisemita El judío Süß: «No dudamos en decir que si esto es propaganda, bienvenida sea la propaganda. Es una película potente, incisiva, extremadamente efectiva . (…) No hay un solo momento en que el film decaiga, ni un solo episodio que no esté en armonía con otro: es una película de una unidad y equilibrio perfectos (…) El episodio en el que Süß viola a la joven se ha rodado con asombrosa habilidad.»
Conoció a algunos de los artistas con los que cooperó en los años siguientes; entre ellos, figuraban Roberto Rossellini, "padre" de la escuela del neorrealismo italiano (con quien hizo un guion), y Federico Fellini, al que siempre defendió como un director excepcional.
Tras la guerra, Antonioni escribió en Italia Libera, Film d'Oggi y Film Rivista. Desde 1943 hasta casi el final de su vida, 2004, llevó a cabo una amplia carrera cinematográfica, en la que el 'neorrealismo' inicial fue modelándose y esencializándose. Por lo demás, publicó progresivamente sus guiones, retocados tras cada rodaje, que pueden leerse como piezas literarias de valía.
Por otro lado, la pintura era una afición suya de joven, cuando hizo muchos retratos (primero de familiares). Al rodar El desierto rojo, retomó los pinceles, para familiarizarse con el color, que utilizaría tan matizadamente en ese filme; y ya en los últimos años se dedicó mucho a la pintura, partiendo del mundo abstracto para llegar a pintar montañas y otros paisajes figurativos.
Su primera obra fue el documental Gente del Po, rodado en 1943; debido a la guerra, se editó solo en 1947, y una parte importante del material se perdió. Lo rodó en las orillas del Po, casi al lado de Visconti, que estaba haciendo por entonces Obsesión; era el Po de su juventud, que había sido lugar de recreo y de observación de las barcazas que recorrían el río.
En Crónica de un amor (1950), su primera película, y en La señora sin camelias (1953) (con Lucía Bosé), el director traza una densa reflexión nada complaciente sobre el mundo burgués con apariencias de simple melodrama.
Las amigas (1955), basada en una gran novela de Cesare Pavese (Entre mujeres solas) y con la destacable actuación de Eleonora Rossi Drago, empieza a conformar el estilo característico de su director; trasciende una historia personal de por sí atractiva para experimentar con temáticas sociales, y hace aparecer expresivos estilos personales de narrar y encuadrar. Su discurso tiene varias lecturas; no le gustaba que compararan la película con Pavese, pero su discurso moral era paralelo. Consideraba luego Antonioni que debería haber podido rodar de nuevo un tercio de ella. En todo caso, sigue siendo una pieza magnífica.
En una ocasión, Antonioni dio claramente la visión de lo burgués a través del punto de vista del mundo obrero: se trata de El grito, de 1957 (con Steve Cochran y Alida Valli). Y no solo supone su primera obra maestra, sino también el antecedente directo del tema de la incomunicación humana, o mejor del aislamiento, que tanto obsesionó al director en su famosa trilogía. A través de las vicisitudes de un héroe desasistido y errante, habla de la Italia del momento. Ese filme de Antonioni refleja con exactitud su personalidad y estilo, tal como se desarrollará en el futuro.
La década de 1960 fue el momento del reconocimiento internacional del director y de su encuentro profesional con Monica Vitti, a quien conoció al rodar El grito, cuando ella tenía 23 años, y era conocida en papeles dramáticos (William Shakespeare, Bertold Brecht) y sobre todo cómicos (Molière, Eugène Ionesco).
Hubo un inicial fracaso de La aventura, 1960, dado el rechazo de parte del público; pero la crítica destacó la película y por añadidura 35 intelectuales, entre ellos Roberto Rossellini y André Bazin, escribieron un manifiesto de solidaridad con el autor que se publica en el Boletín del Festival de Cannes. Este filme hermoso era amargo y a menudo doloroso, reconocía Antonioni: se trata de la busca de una mujer desaparecida en una isla de Sicilia por parte de sus amigos; todos están asustados, y finalmente no hay respuestas sobre su destino, y el relato se extiende por las peripecias de otros personajes.
Para él, Monica Vitti era una de las actrices de más talento que había conocido, alguien "increíblemente móvil" y original en la interpretación. Estuvo con ella ocho años vinculado sentimentalmente, e hicieron cuatro películas de renombre.
En La noche (1961), describe la separación mental de una pareja casada de burgueses, Marcello Mastroianni y Jeanne Moreau, en Milán (se abre la película con el rascacielos de Pirelli); la acción se desarrolla en un tiempo muy breve (medio fin de semana), y en ella aparecen Mastroianni y el guionista y escritor Ennio Flaiano, en una escena que se ha comparado con La dolce vita, pero solo hay en común la desesperación, además de su alta calidad. En ese momento, Arbasino y Moravia señalaron la excesiva negatividad del protagonista, el escritor ficticio Pontano.
En El eclipse (1962), Antonioni muestra a Monica Vitti que había creído amar a un joven dedicado a las finanzas y sumamente egoísta; la historia acaba en una separación, que está mostrada con paisajes y objetos desolados. Las sobresalientes y extensas escenas de la Bolsa de Roma, con su agitación y bullicio, son irrepetibles; para hacerlas, estuvo el autor una veintena de días de visita y recurrió en la película a operadores, banqueros y agentes.
Tanto La noche como El eclipse fascinaron a toda Europa y cruzaron sus fronteras. Los críticos dicen que con estas dos películas se cierra el tríptico citado, iniciado por La aventura, pero Antonioni niega esa etiqueta, y en todo caso incluye El desierto rojo en una problemática común. Entre 1955 y 1965, Antonioni y Fellini se pusieron en la primera línea del cine mundial.