Tal Día como Hoy

Michel de Montaigne

Escritor, filósofo y político francés

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Michel Eyquem de Montaigne [miʃɛl ekɛm də mõ'tɛɲ] (Castillo de Montaigne, Saint-Michel-de-Montaigne, 28 de febrero de 1533-Castillo de Montaigne, Saint-Michel-de-Montaigne; 13 de septiembre de 1592) fue un filósofo, escritor, humanista y moralista francés del Renacimiento, autor de los Ensayos y creador del género literario conocido en la Edad Moderna como ensayo. Fue uno de los filósofos más destacados del Renacimiento francés. Su obra fue escrita en la torre de su propio castillo entre 1572 y 1592, y destaca por la fusión de anécdotas casuales​ y autobiografía con una profunda reflexión intelectual. Montaigne ejerció una influencia directa en numerosos escritores occidentales y su extenso volumen, Ensayos, contiene algunos de los más influyentes jamás escritos.

Durante su vida, Montaigne fue admirado más como estadista que como escritor. La tendencia en sus ensayos a divagar hacia anécdotas y reflexiones personales se consideraba perjudicial para el estilo apropiado más que una innovación, y su declaración de que «Yo mismo soy el tema de mi libro» fue considerada por sus contemporáneos como autocomplaciente. Sin embargo, con el tiempo, Montaigne llegó a ser reconocido por encarnar, quizá mejor que ningún otro escritor de su época, el espíritu de la duda libremente entretenida que empezó a surgir en aquella época. Es famoso por su escéptico comentario «Que sçay-je?» («¿Qué sé yo?», en francés medio; ahora escrito «Que sais-je?» en francés moderno).

Ha sido calificado como el más clásico de los modernos y el más moderno de los clásicos.​ Viviendo, como vivió, en la segunda mitad del siglo XVI, Montaigne fue testigo del declive del optimismo intelectual que había marcado el Renacimiento. La sensación de inmensas posibilidades humanas, derivada de los descubrimientos de los viajeros en el Nuevo Mundo, del redescubrimiento de la antigüedad clásica y de la apertura de horizontes académicos a través de las obras de los humanistas, se hizo añicos en Francia cuando el advenimiento de la Reforma calvinista fue seguido de cerca por la persecución religiosa y las Guerras de religión (1562-1598).​ Estos conflictos, que desgarraron el país, fueron en realidad guerras políticas y civiles, además de religiosas, marcadas por grandes excesos de fanatismo y crueldad. Profundamente crítico de su tiempo y profundamente involucrado en sus preocupaciones y luchas, Montaigne eligió escribir sobre sí mismo —«Yo mismo soy el tema de mi libro», dice en su discurso de apertura al lector— para llegar a ciertas verdades posibles acerca del hombre y la condición humana, en un período de luchas y divisiones ideológicas en que toda posibilidad de verdad parecía ilusoria y traicionera.​

Montaigne nació cerca de Burdeos en un château propiedad de su familia paterna, el 28 de febrero de 1533. Su familia materna, de ascendencia judía española, provenía de judeoconversos aragoneses, los López de Villanueva, documentados en la judería de Calatayud; algunos de ellos fueron perseguidos por la Inquisición española, incluido Raimundo López quien, además, fue quemado en la hoguera.​​ Por parte materna, pues, era primo segundo del humanista Martín Antonio del Río, a quien pudo conocer personalmente entre 1584 y 1585.​ La familia paterna de Michel (los Eyquem) gozaba de una buena posición social y económica y él estudió en el prestigioso Collège de Guyenne de Burdeos. Montaigne es el hermano de Juana de Montaigne, casada con Richard de Lestonnac y por lo tanto el tío de santa Juana Lestonnac.

Recibió de su padre, Pierre Eyquem, alcalde de Burdeos, una educación a la vez liberal y humanista: recién nacido fue enviado a vivir con los campesinos de una de las aldeas de su propiedad para que conociera la pobreza. A los pocos años de vida, de vuelta en su castillo, lo despertaban siempre con música, y para que aprendiese latín, su padre contrató un tutor alemán que no hablaba francés y prohibió que los empleados se dirigieran al niño en francés; así, no tuvo contacto con esta lengua durante sus primeros ocho años de vida. El latín fue su lengua materna; luego se le enseñó griego y después que lo dominó por completo comenzó a escuchar francés.​

Entonces se le envió a la escuela de Burdeos y allí completó en solo siete años los doce años escolares. Se graduó después en Leyes en la universidad. Sus contactos familiares le granjearon el cargo de magistrado de la ciudad y en ese puesto conoció a un colega que sería su gran amigo y corresponsal, Étienne de La Boétie, autor de un Discurso sobre la servidumbre voluntaria que Montaigne apreciaba muchísimo; su temprano fallecimiento lo dejó desolado; este tipo de amistad, escribió, era de las que solo se hallan «una vez sola en tres siglos [...] Nuestras almas marchaban tan juntas que no sabía yo si era la suya o la mía, aunque sin duda me he sentido más a gusto confiando en él que en mí mismo».​ Los siguientes doce años (1554-66) los pasó en los tribunales.

Humanista y escéptico: los Ensayos

Admirador de Lucrecio, Virgilio, Séneca, Plutarco y Sócrates, fue un humanista que tomó al hombre, y en particular a él mismo, como objeto de estudio en su principal trabajo, los Ensayos (Essais) empezados en 1571 a la edad de 38 años, cuando se retiró a su castillo. Escribió «[q]uiero que se me vea en mi forma simple, natural y ordinaria, sin contención ni artificio, pues yo soy el objeto de mi libro». El proyecto de Montaigne era mostrarse sin máscaras, sobrepasar los artificios para desvelar su yo más íntimo en su esencial desnudez. Dudoso de todo, solo creyó firmemente en la verdad y en la libertad.​

Fue un crítico agudo de la cultura, la ciencia y la religión de su época, hasta el punto en que llegó a considerar la propia idea de certeza como algo innecesario. Su influjo fue colosal en la literatura francesa, occidental y mundial, como creador del género conocido como ensayo.

Durante la época de las guerras de religión, Montaigne, católico él mismo, pero con dos hermanos protestantes, trató de ser un moderador y de contemporizar con los dos bandos enfrentados. Lo respetaron como tal el católico Enrique III y el protestante Enrique IV.

Como desde 1578 empezó a sufrir el mismo mal de piedra que había acabado por matar a su padre, decidió viajar a los principales balnearios de Europa para tomar sus aguas, aprovechando además para distraerse e instruirse / se distraire et s'instruire.​ De 1580 a 1581, viajó por Francia, Alemania, Austria, Suiza e Italia, llevando un diario detallado donde describió episodios variados y las diferencias entre las regiones que atravesaba. Sin embargo, este escrito solo llegó a ser publicado en 1774, con el título Diario de viaje. Primero fue a París, donde presentó los Essais a Enrique III de Francia. Permaneció bastante tiempo en Plombières y en Baden, y luego pasó a Múnich. Después fue a Italia atravesando el Tirol, se aposentó en Roma (1581) y viajó luego a Lucca, donde en septiembre de ese mismo año se enteró de que había sido elegido alcalde de Burdeos.​

Su padre Pierre Eyquem había sido ya alcalde de esta villa, que Michel rigió hasta 1585. Los dos primeros años fueron fáciles, pero todo se complicó cuando fue reelegido en 1583 y se vio obligado a lidiar con la VIII guerra de religión y moderar las tensiones entre católicos y protestantes. Eso lo cual logró mostrando habilidades de gran diplomático, pues reconcilió a Enrique III de Navarra con el mariscal Jacques de Goyon, señor de Matignon y de Lesparre, conde de Thorigny, príncipe de Mortagne sur Gironde y gobernador de Guyenne. Consiguió además junto con Matignon prevenir un ataque de la Liga sobre Burdeos en 1585.​ Hacia el fin de su mandato, en verano de este último año, la peste asedió esta ciudad, y decidió no presidir, como era lo tradicional, el acto de elección de su sucesor y volver a sus posesiones con los suyos.​

Enrique IV, con quien sostuvo siempre una relación amistosa, lo invitó a la Corte tras vencer en la batalla de Coutras en octubre de 1587, de nuevo vuelto a la condición de rey de Francia. Pero Montaigne fue asaltado y desvalijado en el camino hacia París; permaneció además unas horas en la Bastilla mientras tenía lugar la Jornada de las barricadas. El rey le ofreció el cargo de consejero real pero, recordando el triste papel de Platón en la corte del tirano Dionisio de Siracusa, declinó tan generosa proposición: «Yo no he recibido jamás generosidad alguna por parte de los reyes, que no he pedido ni merecido, ni he recibido alguna paga por los pasos que he dado en su servicio. [...] Soy, sire, tan rico como me imagino».

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