Michel Ney, duque de Elchingen y príncipe de la Moscova (Saarlouis, 10 de enero de 1769-París, 7 de diciembre de 1815), también llamado le Rougeaud («el rubicundo») y le Brave des braves («el valiente de entre los valientes»), fue mariscal del ejército de Francia y luchó en las guerras revolucionarias francesas y en las guerras napoleónicas.
Fue hijo de Pierre Ney, un tonelero de Saarlouis, Sarre, y de su esposa Margarethe Greiveldinger. Su padre era además veterano de la guerra de los Siete Años, por lo que el joven Michel supo por su boca cómo era la vida del soldado, aunque este nunca la quiso para él. Ney recibió una educación básica en una escuela de monjes agustinos, pero al ser su madre de origen alemán, siempre fue perfectamente bilingüe.
Siendo aún niño, comenzó a trabajar en la oficina de un importante comerciante de licores de la región alemana del Sarre y luego como aprendiz de vendedor de una fundición. Sin embargo, en 1787 decidió reorientar su vida y se alistó voluntariamente en el 5.º de Húsares, en contra de los deseos de su padre.
Desde su entrada en el Ejército, Ney encarnó fielmente todas las virtudes del soldado: valiente, generoso, abierto y solidario con sus compañeros, que lo adoraban. Además, demostró desde el primer momento una gran capacidad para entender los mecanismos de una batalla, en especial la caballería y la infantería de primera línea, por lo que su ascenso en la jerarquía militar fue meteórico.
Cuando se organizó la primera coalición contra la Francia revolucionaria, Ney fue destinado a las órdenes del general Kléber en el frente del Rin. Participó en los asedios de Valmy y Neerwinden, siendo ascendido a teniente en 1792 y a capitán en 1794. Encantado de tenerlo a su servicio, Kléber lo hizo jefe de escuadrón y ayudante de campo. Sus propios compañeros le dan el sobrenombre de «el infatigable», pero como era pelirrojo también comenzó a ser llamado «el rubicundo» o «le rougeaud».
Fue destinado al asedio de Maguncia, donde cayó herido, pero rehusó darse de baja y se mantuvo en primera línea. Por su valor, fue ascendido a general de brigada en 1796 y se le asignó el mando de un cuerpo de caballería. El 17 de abril de 1797, durante la batalla de Neuwied, Ney lanzó una carga contra un destacamento de lanceros austriacos que iban a apoderarse de una batería de cañones, poniéndolos en fuga. Pero antes de poder reagrupar a sus hombres sufrió un contraataque por parte de la caballería pesada austriaca, cayendo derribado de su caballo. Fue hecho prisionero, pero recuperó la libertad el 8 de mayo tras aceptarse su intercambio por otro general austriaco.
Permaneció en el frente de Maguncia, donde en 1799 participó activamente en las tomas de Fráncfort del Meno, Hochstedt y Nidda. En Winterthur fue herido en el muslo y la muñeca, por lo que recibió una baja temporal del servicio activo, que aprovechó para casarse con Aglaé Auguié. La boda se celebró en Grignon y tuvo como testigo al general René Savary. Cuando estalló el golpe de Estado del 18 de brumario, que llevó al poder a Napoleón, inicialmente Ney mostró su rechazo. Sin embargo, refrenó sus impulsos contra el nuevo cónsul por consejo de su esposa, que era una bonapartista convencida y amiga íntima de Hortensia de Beauharnais, la hija de Josefina. A través de ella, Ney conoció personalmente a Napoleón, quedando fascinado por el nuevo hombre fuerte de Francia. Napoleón, por su parte, también quedó impresionado por Ney, a quien desde entonces irá concediendo más y más responsabilidades.
Tras recuperarse de sus heridas, Ney fue destinado al ejército del general Victor Moreau, con quien logró una gran victoria el 3 de diciembre de 1800 en la batalla de Hohenlinden. A partir de septiembre de 1802, Ney fue nombrado ministro plenipotenciario para los asuntos helvéticos, lo que llevaba consigo el mando supremo de las fuerzas francesas destinadas en Suiza, así como funciones administrativas y diplomáticas. Con gran habilidad, consigue evitar un conflicto armado en el país alpino y se gana el reconocimiento público de Talleyrand.
Durante esta época conoce a un teórico bélico, el general suizo Henri Jomini, también historiador y analista bélico, con quien entabla una profunda amistad. Se criticó enormemente la importancia e influencia que este hombre tuvo en Ney sobre cuestiones tácticas. No obstante, pocos meses después Ney es trasladado a Boulogne, donde Napoleón le encarga la instrucción de un nuevo cuerpo de reclutas que acabará convirtiéndose en la Grande Armée (el Gran Ejército).
El 19 de mayo de 1804, en una solemne ceremonia, Ney recibe de Napoleón su bastón de mariscal del Imperio. Acto seguido es destinado al frente del VI Cuerpo del Gran Ejército, invadiendo Austria en 1805 y logrando una gran victoria en la batalla de Elchingen. Este movimiento de Ney se coordina perfectamente con la batalla de Ulm, donde Napoleón aplasta al ejército austriaco. En noviembre de ese año Ney invade el Tirol y conquista Innsbruck y Carintia tras derrotar al archiduque Juan de Austria. De esta forma, el derrotado emperador Francisco I de Austria se ve obligado a firmar la paz.
En 1806 vuelve a tomar parte activa en la guerra contra Prusia. En la batalla de Jena dirige un asalto frontal contra las líneas prusianas que fracasa, y bien hubiera podido ser su final si el mariscal Jean Lannes, que percibe su situación, no hubiese intervenido en su apoyo. Tras Jena, Ney combate en la batalla de Erfurt, pasando luego a dirigir el victorioso asedio de Magdeburgo, que es tomada en tan solo veinticuatro horas. En lugar de detener a su ejército avanza tras los pasos de Napoleón, lo que le permite intervenir a tiempo en la batalla de Eylau, justo en el momento en que el mariscal Murat luchaba heroicamente para evitar que el ejército francés fuese dividido en dos. La llegada de Ney provoca una retirada de las tropas rusas, de forma que la batalla acaba en tablas. Las fuerzas francesas estaban tan exhaustas que Napoleón encarga al recién llegado Ney la inspección del campo de batalla, una inmensa llanura cubierta de nieve enrojecida por la sangre. Así, en su informe dirá: Quel massacre! Et sans resultat! («¡Qué masacre! ¡Y sin resultado!»).
La guerra contra Rusia continúa en la batalla de Güttstadt, donde los 14 000 hombres de Ney derrotan a 70 000 rusos. Posteriormente, Napoleón le asigna el mando del ala derecha en la aplastante victoria de Friedland. Como reconocimiento a estos heroicos esfuerzos, en 1808 Bonaparte le nombra duque de Elchingen.
En agosto de 1808 Ney es enviado a España con su VI Cuerpo del Gran Ejército, fijando su residencia en la ciudad de Soria. Allí queda al servicio de José Bonaparte, pero enseguida se niega a obedecer sus órdenes, que considera inapropiadas. Podemos verlo en la guerra de la Independencia en la provincia de Soria, el cual tras tomar la ciudad se muestra cauteloso y pasivo, en vez de enfrentarse a la retaguardia del general Francisco Javier Castaños, o cortarle la retirada tras la derrota en la batalla de Tudela, Ney no abandonó Soria hacia Ágreda hasta el 25 de noviembre.
Sus tropas le apoyan fielmente, y José protesta ante Napoleón. Cuando el emperador se entrevista con su hermano, en presencia de Ney le espeta: «El general que hubiese obedecido tales instrucciones habría sido un estúpido». Así, aunque José permanece como rey de España, el mando militar queda en manos de los mariscales nombrados por el emperador.
Ney es destinado a las órdenes del mariscal Masséna con quien invaden Portugal. Toma Ciudad Rodrigo, participa en el asedio a Almeida y combate en la batalla del río Coa. Tras la derrota sufrida en la batalla de Buçaco acaba teniendo desavenencias con su nuevo comandante acerca de la manera más eficaz de dirigir la guerra. La presencia de Jomini, a quien nombra jefe de su Estado Mayor, no sólo no le favorece, sino que le granjea un nuevo enfrentamiento dentro del alto mando, esta vez con el mariscal Soult. Ambos mariscales le acusan formalmente de insubordinación, lo que provoca que en 1810 Napoleón le retire de España y le llame a París. Sin embargo, para gran satisfacción de Ney, el emperador no le hace ningún reproche, sino que le explica que su decisión se debía tan solo al deseo de que no hubiese más enfrentamientos en lo alto de la escala de mando.