Tal Día como Hoy

Mariano José de Larra

Escritor, periodista y político español (1809-1837)

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Mariano José de Larra y Sánchez de Castro (Madrid, 24 de marzo de 1809-Madrid, 13 de febrero de 1837) fue un escritor, periodista y político español. Es considerado, junto con Espronceda, Bécquer, José Zorrilla y Rosalía de Castro, la más alta cota del Romanticismo literario español.

Periodista, crítico satírico y literario, y escritor costumbrista, publicó en prensa más de doscientos artículos a lo largo de ocho años. Impulsó así el desarrollo del género ensayístico. Escribió bajo los seudónimos Fígaro, el Duende, Bachiller y el Pobrecito Hablador. De acuerdo con Iris M. Zavala, Larra representa el «Romanticismo democrático en acción». Lejos de la complacencia en las efusiones del sentimiento, Fígaro sitúa España en el centro de su obra crítica y satírica. Su obra ha de entenderse en el contexto de las Cortes recién nacidas tras la década ominosa (1823-1833), y de la primera guerra carlista (1833-1840). Tras el suicidio de Larra a los veintisiete años de edad, José Zorrilla leyó en su entierro una elegía con la que se dio a conocer.

Las ideas de Larra tienen su origen en la Ilustración española, en especial en José Cadalso,​ y se mostraron muy influyentes en la posterior generación del 98.​ En 1901 algunos de los representantes de dicha generación, como Azorín, Unamuno y Baroja, llevaron una corona de flores a su tumba, homenaje que significaba su redescubrimiento y la identificación del grupo con el pensamiento de Larra y su preocupación por España.​

Mariano José de Larra nació el 24 de marzo de 1809 en Madrid, en la calle de Segovia, donde estaba situada la antigua Casa de la Moneda. En ella trabajaba su abuelo, Antonio Crispín de Larra y Morán de Navia.​ Sus padres fueron Mariano de Larra y Langelot y su segunda esposa, María de los Dolores Sánchez de Castro. El padre, que era médico, fue un afrancesado que había ocupado el puesto de cirujano militar en el ejército josefino durante la guerra de la Independencia, por lo que en 1813, cuando el futuro autor tenía cuatro años, su familia tuvo que abandonar el país siguiendo al rey José I Bonaparte y exiliarse, primero en Burdeos y después en París. Gracias a la amnistía decretada por Fernando VII, la familia pudo regresar a España en 1818 y se estableció en Madrid, donde el padre se convirtió en médico personal del infante don Francisco de Paula, uno de los hermanos del rey Fernando.

Larra prosiguió en Madrid los estudios comenzados en Francia, y fue siguiendo a su padre en los destinos que iba ocupando en distintos puntos de España (Corella, 1822-1823; Cáceres, 1823-1824; Aranda de Duero, 1824 en adelante). En 1824 se instaló en Valladolid para estudiar en la universidad. Aunque no se presentó a ningún examen ese curso, en octubre de 1825 aprobó todas las asignaturas. La causa de su no presencia en los exámenes puede deberse a un «acontecimiento misterioso» que alteró su carácter completamente.​ Posteriormente se ha afirmado que se enamoró de una mujer mucho mayor que él, que resultó ser la amante de su padre. Tras asistir a los exámenes de octubre, dejó los estudios de Valladolid y volvió a Madrid (1825).

Prosigue sus estudios y en 1827 ingresa en los Voluntarios Realistas, cuerpo paramilitar formado por fervientes absolutistas, significados por su participación en la represión contra los liberales. Al tiempo empieza a escribir poesía, fundamentalmente odas y sátiras.

Sin embargo, será el periodismo satírico lo que saque a la luz a Larra. Con diecinueve años, en 1828 Larra publica un folleto mensual llamado El duende satírico del día. Será una serie de cinco cuadernos en la línea de las revistas de ensayos inauguradas en Inglaterra a comienzos del siglo XVIII con The Spectator, de Joseph Addison y Richard Steele, y que en España representan El duende especulativo de la vida civil, El Pensador y El Censor, dedicados a la crítica de la sociedad de su tiempo. Larra firmaría con el seudónimo el Duende. En esta publicación empieza a entreverse el genio satírico que Larra desplegaría posteriormente. Larra no es, sin embargo, un opositor al régimen absolutista (sigue perteneciendo a los Voluntarios Realistas), sino un periodista que, mediante la sátira, critica la situación social y política del momento.[cita requerida]

Larra no está solo, sino que forma parte de un grupo de jóvenes inquietos e inconformes que se reúnen en un café de la calle del Príncipe, en Madrid. La tertulia es bautizada como «El Parnasillo», y la frecuentan Ventura de la Vega, Juan González de la Pezuela, Miguel Ortiz, Juan Bautista Alonso o Bretón de los Herreros. En diciembre de 1828, Larra tiene un enfrentamiento en el café con José María de Carnerero, director del Correo Literario y Mercantil, al que «El duende» había criticado en sus últimos números. Carnerero acude a las autoridades, que cierran la publicación. No obstante, Larra había conseguido ya cierto renombre como agudo observador de las costumbres y de la realidad cultural, social y política del momento.[cita requerida]

El 13 de agosto de 1829 se casó en la iglesia de San Sebastián de Madrid con Josefa Wetoret Velasco.​ El matrimonio fue desgraciado y acabaría en separación pocos años después; tuvieron sin embargo tres hijos: Luis Mariano de Larra, que fue un afamado libretista de zarzuelas, entre ellas El barberillo de Lavapiés, y Adela y Baldomera, que tenían cinco y cuatro años, respectivamente, cuando Larra se suicidó, en 1837. Adela fue amante de Amadeo de Saboya y Baldomera se casó con el médico del rey, Carlos de Montemar, quien, al renunciar Amadeo al trono, emigró a América y dejó a su esposa con hijos pequeños en Madrid; Baldomera se dedicó a la banca y fue una de las creadoras de la llamada estafa piramidal, por la que fue condenada a prisión; terminó sus días en Argentina, a principios del siglo XX.

Durante 1830, Larra se dedica a la traducción de piezas francesas para el empresario teatral Juan Grimaldi, al tiempo que empieza a escribir las suyas propias (en 1831 estrenaría la comedia costumbrista No más mostrador, inspirada en un vodevil francés). Ese año sería crucial, puesto que conoce a Dolores Armijo, casada con un hijo del conocido abogado Manuel María de Cambronero, con la que iniciaría una tormentosa relación en 1831 (al tiempo que seguía casado con Josefa Wetoret, de la que había tenido su primer hijo, Luis Mariano, en 1830).[cita requerida]

En 1832 vuelve al periodismo de crítica social con El Pobrecito Hablador, en el cual escribió con el seudónimo de Juan Pérez de Munguía. En El Pobrecito Hablador, Larra muestra la ilusión ilustrada y progresista de que es posible superar, con la esperanza en el mañana, el castellanismo viejo de un patriotismo anquilosado en el pasado. El Pobrecito Hablador cesa de publicarse en marzo de 1833, varios meses después de que Larra comenzase a colaborar con La Revista Española, periódico de orientación liberal que había nacido en noviembre de 1832, aprovechando que la enfermedad del rey había dejado el Gobierno en manos de la reina María Cristina, abriendo las esperanzas de los liberales. Con el seudónimo de Fígaro, insertaría crítica literaria y política dentro de cuadros costumbristas, al amparo de la relajación auspiciada por la muerte de Fernando VII. Se harán famosos artículos como Vuelva usted mañana, El castellano viejo, Entre qué gentes estamos, En este país y El casarse pronto y mal, entre otros. Más allá de la crítica social, Larra ataca a los carlistas, comprometido con la transformación política del absolutismo al liberalismo y se queja irónicamente de la censura en su artículo "Las palabras":

No sé quién ha dicho que el hombre es naturalmente malo; ¡grande picardía por cierto! Nunca hemos pensado nosotros así: el hombre es un infeliz por más que digan... Por animal que sea, habla y escucha; he aquí precisamente la razón de la superioridad del hombre, me dirá un naturalista: y he aquí precisamente la de su inferioridad, según pienso yo, que tengo más de natural que de naturalista... Todo es positivo y racional en el animal privado de la razón. La hembra no engaña al macho y viceversa, porque, como no hablan, se entienden. El fuerte no engaña al débil, por la misma razón: a la simple vista huye el segundo del primero, y este es el orden y el único orden posible. Déseles el uso de la palabra; en primer lugar necesitarán una academia para que se atribuya el derecho de decirles que tal o cual vocablo no deben significar lo que ellos quieran, sino cualquiera otra cosa: necesitarán sabios, por consiguiente, que se ocupen toda una larga vida en hablar de cómo se ha de hablar: necesitarán escritores que hagan macitos de papeles encuadernados, que llamarán libros, para decir sus opiniones a los demás, a quienes creen que importan... Pondrán nombre a las cosas, y llamando a una robo, a otra mentira, a otra asesinato, conseguirán, no evitarlas, sino llenar de delincuentes los bosques... Deles vds. en fin el uso de la palabra y mentirán: la hembra al macho por amor, el grande al chico por ambición, el igual al igual por rivalidad, el pobre al rico por miedo y por envidia: querrán gobierno como cosa indispensable, y en la clase de él estarán de acuerdo, vive Dios: estos se dejarán degollar porque los mande uno solo, afición que nunca he podido entender: aquellos querrán mandar a uno solo, lo cual no me parece gran triunfo: aquí querrán mandar todos, lo cual ya entiendo perfectamente...​

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