Fernando Macarro Castillo (San Vicente, Alconada, 20 de enero de 1920 - Madrid, 24 de noviembre de 2016), más conocido por el seudónimo Marcos Ana, fue un poeta español, militante comunista, considerado como el preso político del régimen franquista que más tiempo pasó en prisión.
Fue encarcelado con diecinueve años de edad en 1939, acusado de la comisión de tres asesinatos premeditados en primer grado, e inicialmente condenado a pena de muerte, si bien el régimen franquista, debido a su edad, conmutó ésta sentencia por una condena de treinta años de prisión. Fue liberado en 1961, tras pasar casi 23 años en prisión, gracias a la presión exterior de la recién fundada organización Amnistía Internacional.
Nació en la pedanía de San Vicente, perteneciente al municipio salmantino de Alconada, en el seno de una familia muy pobre de jornaleros, profundamente católicos. El menor de cuatro hermanos, Fernando Macarro pasó la infancia en Ventosa del Río Almar, en la misma provincia de Salamanca, junto con sus padres. Sus hermanos mayores emigraron a Alcalá de Henares y a principios de la década de 1930, su hermana mayor, Margarita, le consiguió un trabajo a su padre en la localidad alcalaína, con lo que Fernando y sus padres se trasladaron a dicha ciudad. Su formación fue escasa, y a los doce o trece años dejó los estudios y se puso a trabajar como dependiente en una tienda, para poder aportar así ingresos a la familia. Con apenas dieciséis se afilió a las Juventudes Socialistas, que poco antes de la Guerra Civil se convertirían en las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), bajo la órbita comunista. En paralelo fue abandonando la religión.
Marchó al frente al estallar la guerra civil española, en 1936, dentro del batallón de milicias «Libertad» de las JSU, combatiendo en la zona de Peguerinos, en la Sierra de Guadarrama, durante los primeros días de la contienda. Al producirse la militarización de las milicias y la creación del Ejército Republicano, fue obligado a abandonar el campo de batalla por ser menor de edad. Marcos Ana volvió a Alcalá de Henares donde fue secretario general de las JSU en la comarca de Alcalá. Durante la contienda, se afilió al Partido Comunista de España. En enero de 1937, su padre murió en un bombardeo de la Legión Cóndor sobre Alcalá.
Macarro no pudo incorporarse al ejército regular hasta que cumplió 18 años, en 1938. Trabajó como comisario político en la 44.ª Brigada Mixta (estacionada en El Pardo) y más tarde como instructor político de la juventud en la 8.ª División del Ejército del Centro, también en El Pardo, responsabilidad que ocupó hasta el fin de la guerra. Antes del cerco total a la capital, consiguió escapar en dirección a Levante, al igual que muchos cuadros y dirigentes del ejército republicano, las organizaciones del Frente Popular, o del aparato estatal de la República. Como muchos otros miles, Macarro llegó al puerto de Alicante en espera de que algún buque los rescatase. No pudiendo alcanzar barco alguno debido al bloqueo naval franquista, se rindió a las unidades italianas (la División Littorio) que cercaban el puerto el 31 de marzo y fue apresado y confinado, primero en el campo de prisioneros de los Almendros, y posteriormente en el campo de concentración de Albatera. Pocos días después escapó y realizó el trayecto de vuelta a Madrid, donde fue nuevamente detenido a la semana de llegar, tras ser delatado por un confidente de la policía.
El régimen franquista le acusó del asesinato de tres personas, hechos por los que fue condenado a muerte en 1941. Los asesinatos que se le imputaron fueron el del sacerdote Marcial Plaza Delgado, perpetrado el 23 de julio de 1936, y los del cartero y militante de Acción Popular Amadeo Martín Acuña y el campesino católico Agustín Rosado, cometidos el 3 de septiembre de 1936. También fue acusado de participar en profanaciones. Su primera prisión fue la cárcel de Porlier. En sus memorias, Marcos Ana señaló:
Dos años después, su condena fue anulada por defecto de forma, si bien fue juzgado otra vez y condenado a muerte de nuevo. A este respecto, a principios de 2010, el Grupo Intereconomía publicó varios artículos en contra de Marcos Ana, presentando las acusaciones de los tribunales franquistas como hechos probados y verídicos.
Su expediente es el número 120.976 y en él se pueden leer los motivos de su condena: como secretario de las Juventudes Socialistas Unificadas en Alcalá de Henares y jefe de un grupo de milicianos dentro del Batallón Libertad, “tomó parte directa” en el asesinato de Marcial Plaza Delgado el 23 de julio de 1936 y en el asesinato, el 3 de septiembre de ese año, de Amadeo Martín Acuña y de Agustín Rosado.
En Porlier participó en la creación de un periódico clandestino, Juventud, en 1943, hecho por el que fue trasladado a la Dirección General de Seguridad, donde fue torturado. Fue condenado de nuevo a 30 años de reclusión por un delito contra la Seguridad del Estado y trasladado al penal de Ocaña en 1944. Tras pasar por la cárcel de Alcalá de Henares, terminó su trayectoria carcelaria en el penal de Burgos, donde permaneció desde 1946 hasta 1961. En 1943 había fallecido su madre, cuando se hallaba condenado a muerte, en la cárcel de Porlier. En 1944 su pena de muerte había sido conmutada por treinta años de cárcel, siendo condenado en total a sesenta años. No fue ejecutado por haber sido menor de edad en el momento de suceder los crímenes que se le imputaban.
En la cárcel conoció a periodistas como Eduardo de Guzmán, director del periódico anarquista Castilla Libre, Manuel Navarro Ballesteros, director de Mundo Obrero o Javier Bueno, director de la Asociación de la Prensa de Madrid; escritores como Antonio Buero Vallejo, u Hoyos Vinent, y pintores como Ambrosio Ortega. Durante su tiempo en prisión sufrió palizas y reiterados periodos de incomunicación. Su afición a la lectura se inició con antiguos libros que circulaban por el penal de obras autorizadas de clásicos españoles: Quevedo, Lope de Vega, Calderón. Pudo tener acceso a El Quijote a pesar de no estar permitida su lectura y, más tarde, a las obras prohibidas de Rafael Alberti, Miguel Hernández o Federico García Lorca gracias a la introducción clandestina de libros cuando se relajaron las medidas contra los presos políticos a partir de 1950.
A mediados de esa década fue cuando comenzó a escribir sus primeros poemas bajo el seudónimo de Marcos Ana (formado con los nombres de sus padres) que, escondidos, consiguieron salir al exterior y conocerse por muchos opositores a la dictadura. Su poesía animaba a combatir la dictadura con la palabra y hacía un llamamiento a la liberación de los presos políticos. Sus poemas contribuyeron a hacerle conocido fuera de España y a desencadenar una campaña internacional por su liberación, en la que destacaron Rafael Alberti y Pablo Neruda, que consiguió su liberación el 17 de noviembre de 1961. El Gobierno había promulgado un decreto según el cual las personas que llevaran más de veinte años ininterrumpidos en prisión serían excarceladas. Marcos Ana fue el único preso afectado por esta medida de gracia. Al producirse su liberación, sin embargo, y ante la repercusión internacional que había tenido la salida de Marcos Ana de la cárcel, el Ministerio de Información y Turismo, dirigido por Manuel Fraga, publicó un folleto titulado Marcos Ana, asesino, en el que reiteraban las acusaciones contra Ana que le habían supuesto su condena a muerte. Según Marcos Ana, «si eso hubiera sido cierto, me hubieran fusilado muchos años atrás». Refiriéndose a otro folleto editado en la época por el mismo ministerio, que tacha de libelo, señala que «esa política de descrédito era la respuesta franquista al daño que les hacía mi testimonio sobre las cárceles y los derechos humanos en España». El folleto era distribuido por las embajadas españolas en los países que visitaba Marcos Ana.
A principios de ese año, el PCE había hecho gestiones con Fidel Castro para que este tratase de conseguir de Franco la libertad del dirigente comunista Simón Sánchez Montero, el socialista Antonio Amat, el dirigente del Frente de Liberación Popular Julio Cerón Ayuso y del propio Marcos Ana a cambio de la de cuatro sacerdotes españoles que habían sido detenidos por el nuevo régimen castrista. Las gestiones no fructificaron.