María Rosa de Gálvez, también conocida como María Rosa Gálvez de Cabrera (Málaga, 14 de agosto de 1768-Madrid, 2 de octubre de 1806), fue una poetisa y dramaturga española de la Ilustración y el Neoclasicismo.
María Antonia Rosalía de Gálvez y Ramírez nació el 14 de agosto de 1768 en Málaga. Fue entregada a la Casa de Expósitos de Ronda y recogida con posterioridad por Antonio de Gálvez y Gallardo, coronel del ejército, y Mariana Ramírez de Velasco, casados en 1750 en Macharaviaya, un pueblo de la provincia, de donde ambos eran oriundos, y que no tuvieron hijos propios. Según parece, era hija natural de aquel. Adoptada legalmente a los 18 años, en su certificado de adopción consta su edad y que era vecina de Málaga, pero no se indica ni la fecha ni el lugar de nacimiento, solo que los Gálvez se habían hecho cargo de su crianza y educación desde su infancia.
Su padre provenía de una familia dedicada a la política, fue sobrina de Matías de Gálvez y Gallardo, militar y político; de José de Gálvez y Gallardo también, ministro de Carlos III y I marqués de la Sonora, y de Miguel de Gálvez y Gallardo, militar y político. Igualmente era prima del virrey de Nueva España Bernardo de Gálvez, I conde de Gálvez.
En 1787, inició una relación con José de Irisarri y Sarti, un oficial de Marina con quien tenía intención de casarse, hecho que no llega a producirse, aunque ella quedó embarazada. María Rosa, en su testamento del 21 de septiembre de 1799, declaró que tenía una hija natural: doña María Josefa de la Pastora Irisarri y Gálvez, habida con Don Josef Irisarri, siendo ambos solteros. En esos momentos su hija contaba diez años, pero no llegó a alcanzar la vida adulta.
Contrajo matrimonio en julio de 1789 en Málaga con su primo lejano José Cabrera y Ramírez, un militar que entonces ostentaba el grado de teniente de Infantería y luego sería ascendido a capitán. El matrimonio se mudó, al parecer inmediatamente, a Madrid, ya que en 1790 aparece muy citado su nombre en el Diario de Jovellanos. Y aunque el matrimonio fue bendecido con una hija, Mariana de Cabrera y Gálvez, tampoco sobrevivió a la infancia.
El padre de María Rosa falleció el 29 de diciembre de 1792, su madre lo siguió en 1793 y entonces el matrimonio emprendió una serie de pleitos para hacerse con la sucesión de su padre y de su esposa contra sus primos. Como resultado de estas tiranteces, a fines de 1794 su marido acabó en prisión por amenazas “con armas prohibidas” contra Prudencio de Guadalfajara, conde de Castro-Terreño, marido de su prima María Josefa de Gálvez y Valenzuela. Casi arruinada por los juicios, el marido no quiso regresar con ella al salir de prisión.
En 1795 falleció su amiga Rita de Barrenechea en Madrid, a la que dedicó una elegía, La noche. Al año siguiente hubo una reconciliación temporal en el separado matrimonio que les llevó a fijar su residencia familiar en Cádiz, el 2 de diciembre de 1796.
Pero cuando su marido fue nombrado agregado de la legación de España en los Estados Unidos, ella no le acompañó y en 1800 regresó a Madrid para instalarse allí definitivamente. Frecuentó los círculos intelectuales ilustrados de la capital y desarrolló una intensa actividad como escritora volcada sobre todo en el teatro, el periodismo y la lírica. Colaboró así en Variedades de Ciencias, Literatura y Artes (1803-1805), revista dirigida por Manuel José Quintana, un escritor ilustrado que evolucionaba a liberal con esos tiempos, y con quien entabló una gran amistad, y también colaboró en La Minerva o El Revisor General. Su amistad con el primer ministro de Carlos IV, Manuel Godoy, que auspició la edición de los tres volúmenes de sus Obras poéticas (1804) por orden del ministro Pedro Cevallos Guerra en la Imprenta Real, sin los abonos correspondientes, disparó los rumores de una relación amorosa con Godoy, y le valió los desaires del sector profernandino e ironías sobre la protección que Godoy extendió sobre ella, lo que afectó al juicio de su obra tanto como su condición de mujer y de separada. Godoy en sus Memorias la destaca como autora original entre otras que solo se limitaron a traducir, y por debajo solo de Leandro Fernández de Moratín:
Entre los dramáticos de aquel tiempo hubo también algunos que sirvieron de transición a la reforma de nuestro teatro. Y, en verdad, los autores de melodramas o comedias sentimentales, que tuvieron más o menos boga por entonces, trabajaron no sin fruto para desterrar los absurdos, las insulseces y, lo que importaba no menos a la moral que al arte, las torpezas que habían manchado nuestra poesía dramática. No se llega a la perfección de una sola tirada, ni hay muchos Molières ni muchos Moratines en un siglo. He aquí un motivo razonable para que no desdeñe yo citar en este sitio algunos nombres tales que Rodríguez de Arellano, Zavala, Comella, el marqués de Palacios, etc. Con mayor razón, alabaré la concurrencia de algunas damas castellanas, que en aquellos días favorables a las Musas, les presentaron sus ofrendas, y ofrendas estimables cuales fueron, entre muchas que se escapan de mi memoria, La muerte de Abel, que acomodó a nuestro teatro, no sin novedad y con buen arte, dona Magdalena Fernández; y las composiciones líricas y dramáticas con que aumentó nuestro Parnaso doňa María Rosa Gálvez, aplaudida largamente en los teatros, y estimada otro tanto y alentada por nuestros literatos de aquel tiempo. Otras hubo que, si no pudieron o no osaron poetizar, escribieron o tradujeron útilmente... (Memorias de don Manuel Godoy, Príncipe de la Paz..., t. II, París, 1839, p. 183, nota)
Con grandes penurias económicas, falleció a los 38 años, el 2 de octubre de 1806 en Madrid, siendo enterrada en la iglesia de San Sebastián.
Su producción dramática se halla dentro del Neoclasicismo de los siglos XVIII y XIX, aunque, según Enrique del Pino, ya se ven componentes románticos en su obra: la exaltación trágica, la pugna del yo con el nuevo entorno, la búsqueda de escenarios exóticos y lejanos (Oriente, la Antigüedad), el deseo de libertad y autonomía.
Algo había en ella de moderno e independiente que inquietaba vagamente a sus contemporáneos varones y no podían entender; fue atacada por consideraciones ajenas a su mérito literario intrínseco (su feminismo, su independencia, su conducta moral ajena entonces a los valores de la época, su relación con Manuel Godoy); la crítica actual ha puesto su obra en su justo, digno y merecido lugar.
Sus circunstancias personales y sus planteamientos modernos le granjearon muchos enemigos. En la «Advertencia» del segundo volumen de sus Obras poéticas proclamó orgullosamente ser "la primera entre las españolas que se ha dedicado a este ramo de literatura [la tragedia]", y defendió el cultivo de la originalidad en el mismo a despecho de quienes imitaban, traducían, adaptaban y refundían constantemente modelos extranjeros o tradicionales. Compuso un total de 17 obras para el teatro: seis tragedias, tres comedias, cuatro obras breves, una zarzuela, y tres traducciones. Ocho de sus obras fueron representadas en Madrid durante los años de 1801-1805, y por lo menos dos volvieron a las tablas después de su muerte. Las obras representadas aparecían en los teatros principales del día, como el Príncipe y los Caños de Peral; los actores más famosos de la época, Isidoro Máiquez, por ejemplo, interpretaban los papeles de Gálvez. Su comedia Familia a la moda comenzó la temporada del teatro de los Caños de Peral en 1805. Las reseñas de sus obras salían publicadas en los periódicos más notables del fin del siglo XVIII en España, como el Memorial literario, instructivo y curioso de la corte de Madrid y Variedades de ciencias, literaturas y artes.
Su tema más habitual es la conquista de la libertad, por lo cual se opone a los casamientos establecidos por los padres, como Moratín, o a la esclavitud, como en Zinda, o al sometimiento a ciegas pasiones, como en La delirante, o a los condicionantes del teatro tradicional como en Los figurones litearios, apoyando la reforma neoclásica.