Tal Día como Hoy

María Izquierdo (pintora)

Artista mexicana (1902–1955)

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María Cenobia Izquierdo Gutiérrez (San Juan de los Lagos, Jalisco, 30 de octubre de 1902-Ciudad de México, 2 de diciembre de 1955) fue una pintora mexicana, la primera mujer en exponer sus obras fuera de México, en 1930.​ Su primera exposición tuvo lugar en la Art Center Gallery de la ciudad de Nueva York.​ Aunque la mayoría de sus biógrafos aceptan el año 1902 como el de su nacimiento, algunos otros afirman que fue en 1906.​ Su obra se caracteriza por el uso de intensos colores y temáticas que incluyen autorretratos, paisajes, naturaleza, escenas del mundo del circo y de tradiciones mexicanas, representadas con estilo surrealista y expresionista.​​

Biografía y trayectoria profesional

A los cinco años de edad perdió a su padre, por lo que desde pequeña su educación fue delegada a sus abuelos hasta que su madre se casó nuevamente. Su infancia fue probablemente la razón de sus fuerzas libertarias como artista.

Sus primeras obras, las que comprenden el período de 1927 a 1930, muestran su entorno más inmediato: retratos de sus seres queridos y amigos, como el Retrato de Belem (1928), o Niñas durmiendo (1930), el cual es el retrato de su hija Amparo y una sobrina; así como naturalezas muertas y paisajes. Los paisajes revelan mucho del entorno que la envolvió en su tránsito desde su infancia rural y la vida adulta en la Ciudad de México. En algunas de sus obras aparecen incluso algunas industrias, las cuales existían contundentemente en el entorno y que, de esa manera, en 1930 llevó a cabo una composición de la cementera La Tolteca, con la que participó en un concurso artístico convocado por la misma empresa y que le otorgó una mención honorífica especial del jurado.

Durante la infancia, migró a Aguascalientes y después a Saltillo, Coahuila. Muy joven, fue persuadida por su familia de contraer matrimonio con un militar: Cándido Posadas, con quien procreó tres hijos.​

Estudios en la Academia de San Carlos 1928-1930

Hacia finales de los años 20, ingresó en la Escuela Nacional de Bellas Artes, en enero de 1928, y se mantuvo como alumna de la antigua Academia de San Carlos hasta junio de 1929. Fue ahí donde se matriculó en la clase de pintura de Germán Gedovius, quien impartía la clase de colorido y composición, y años más tarde en pintura de figura. Cursó historia del arte con Antonio Caso y dibujó con Alberto Garduño. Tomando en cuenta que ella llevaba relativamente poco tiempo en la academia, comenzó a asistir a cursos avanzados, considerando que era una novata; incluso el maestro Germán Gedovius le concedió permiso para no asistir a la escuela y pintar y estudiar desde su casa ya que, como él decía: "la muchacha tenía mucha cabeza para la pintura".

Palacio de Bellas Artes: primera exposición

En el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, había una galería de arte, atendida por Carlos Mérida y Carlos Orozco Romero. En esa galería se llevó a cabo la primera exposición de María Izquierdo, la cual fue muy comentada por las publicaciones de la época. La introducción al catálogo fue escrita por Diego Rivera, quien era ya director de la Escuela Nacional de Bellas Artes. En ese texto plasmó el gran desarrollo que había tenido la joven pintora, a la cual definió como una de las personalidades más atrayentes del panorama artístico y uno de los mejores elementos de la academia, considerándola "un valor seguro; seguro y concreto".

Existen semejanzas entre sus pinturas y las de Tamayo en el período de 1929 a 1933 cuando compartían estudio. Al año siguiente, en 1930, en el Arts Center Gallery de Nueva York se celebró su primera exposición individual en los Estados Unidos, colocándola como la primera expositora mexicana en ese país. Su exposición contemplaba catorce óleos, que incluían naturalezas muertas, retratos y paisajes. En ese mismo año, la American Federation of Arts presentó, en el Metropolitan Museum of Art, una exposición de arte popular y pintura mexicana que incluyó obras de Rufino Tamayo, María Izquierdo, Diego Rivera y Agustín Lazo, entre otros.

El poeta francés Antonin Artaud conoció la obra de María Izquierdo en 1936 durante una visita a México, con la promoción del poeta en 1937 se expuso la obra de la pintora en París, Francia, en la galería Van den Berg. La obra de la artista también fue expuesta en otras capitales del arte como Tokio, Los Ángeles, San Francisco, Río de Janeiro y Bombay.​

Mural El progreso de la Ciudad de México

En 1945, María Izquierdo firmó un contrato con Javier Rojo Gómez, jefe del Departamento del Distrito Federal en esa época, para pintar un mural en las escaleras del edificio del Departamento del Distrito Federal con el tema El progreso de la Ciudad de México. La pintora presentó varios bocetos en los que presentaba propuestas sobre este concepto y también creó pinturas a gran formato como pruebas de que era capaz de trabajar el espacio de aproximadamente 150 metros cuadrados que comprendían los muros de las escaleras. Debido a las fuertes críticas de Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros en contra de la artista el contrato fue revocado. Hasta el día de hoy ese espacio del edificio permanece vacío.​

La obra de la pintora está incluida dentro del contexto del arte posrevolucionario. Sus pinturas tienen importantes vínculos con el arte de vanguardia, pero relacionados con la «mexicanidad». Izquierdo renunció a mostrar una historia anecdótica y a representar la figura del mestizo tal como se muestra en el mural Epopeya del pueblo mexicano donde el muralista Diego Rivera «con una libertad de la que pocos artistas de la época gozaban, (...) desplegó su propia visión de la historia, con uno de los principios que regían entonces en el muralismo en edificios públicos».​ En lugar de esto, Izquierdo utilizó colores brillantes y fuertes, que forman atmósferas sombrías en tonalidades ocres y terrosas.​ A pesar de esto, fueron considerados por varios críticos de arte, escritores y poetas como pinturas primitivistas. En 1936, cuando el poeta Antonin Artaud visitó México, refirió que «incuestionablemente [María Izquierdo] está en comunicación con las verdaderas fuerzas del alma india».​

Durante la década de los treinta, Izquierdo se formó parte de un grupo contra fascistas, coordinó Carteles Revolucionarios Femeninos para Bellas Artes. En esa exhibición participó con el carte Pulquería El Atorón y compartió la escena con otras artistas como Lola Álvarez Bravo, Regina Pardo, Celia Arredonde entre otras. Asimismo, participó como miembro activo de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarias y contribuyó en la causa de la expropiación petrolera realizando una subasta de arte mexicano. En esa misma década, dio una conferencia por radio titulada La mujer y el arte donde analizó el papel de las mujeres en dicho contexto.​ En ese texto estableció los límites y las condiciones de posibilidad de la mujer posrevolucionaria, al denunciar la opresión en la que viven las mujeres. Posteriormente, en la década de los cuarenta, escribió para la Revista Hoy varios textos donde exhibían cómo las problemáticas de la mujer artista.​ Además Izquierdo también denunció que muchas mujeres atacaban el trabajo de las mujeres artistas por desconocimiento.

Izquierdo se le considera como una feminista ya que sus obras muestran a la mujer como una figura protagónica.​ Izquierdo realizó múltiples maternidades, retratos; y en la década de 1940 representa mujeres desnudas, arrodilladas y atadas a columnas en espacios metafísicos y atemporales, rodeados de lunas y estrellas. Estas pinturas estuvieron influenciadas por la pintura de Antonin Artaud y coinciden con el momento de rompimiento con la relación amorosa con Rufino Tamayo. La representación de la mujer en la obra de Izquierdo contrasta enormemente de la de otros pintores de la época que representaban a la mujer de forma materna y chovinista.​

La forma cómo Izquierdo representó a la mujer es muy diferente a la forma cómo se representaba esta en el arte del México posrevolucionario, que se representa tanto en la pintura mural como de caballete, donde la mujer se asocia constante como madre, maestra y patria. En lugar de esto, ella se atrevió a representar el silencio, el dolor y la melancolía, tal como ocurre en la obra Alegoría al trabajo, donde una mujer desnuda y desesperada se inclina y se cubre el rostro con las manos, esto se sitúa en un paisaje de colinas rojas y doradas. En el segundo plano, se encuentra una figura masculina que semeja una deidad, que surgen del cielo nublado. Esto se conecta con una esfera dorada cubierta con símbolos lunares y estelares. Los rayos de fuego disparadas por la esfera se extienden por el todo el paisaje.​

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