María II de Inglaterra (Palacio de St. James, Londres; 30 de abril de 1662-Palacio de Kensington, Londres; 28 de diciembre de 1694), fue reina de Inglaterra, Escocia e Irlanda desde 1689 hasta su muerte, gobernando junto con su marido y primo, Guillermo III. Al mismo tiempo, fue, por matrimonio, princesa consorte de Orange y condesa consorte de Nassau desde 1677 hasta su muerte.
Educada en la religión protestante, subió al trono después de la Revolución Gloriosa que dio lugar a la deposición de su padre, el rey católico Jacobo II.
La historia popular generalmente se refiere al reinado conjunto como «el de Guillermo y María». Aunque era la soberana por derecho de sangre, cedía a Guillermo la mayor parte del poder cuando este se encontraba en Inglaterra. Sin embargo, dirigía el reino cuando su marido se encontraba en campañas militares en el extranjero, demostrando ser una gobernante poderosa, firme y eficaz. Fue muy activa en la Iglesia anglicana, que dirigió como su gobernadora suprema. Aunque oficialmente compartió el poder con su marido, en gran parte lo ejerció sola.
María nació el 30 de abril de 1662 en el palacio de St. James en Londres, fue la hija mayor de Jacobo, duque de York —futuro Jacobo II de Inglaterra— y de su primera esposa, lady Ana Hyde. Era sobrina de Carlos II y nieta de Edward Hyde, primer conde de Clarendon, quien durante mucho tiempo fue el consejero principal del rey. Aunque su madre tuvo ocho hijos, solo María y su hermana menor, Ana, sobrevivieron hasta la edad adulta.
El duque de York se convirtió al catolicismo en 1668 o 1669, pero sus hijas tuvieron una educación protestante de conformidad con la orden de Carlos II. La madre de María murió en 1671 y su padre volvió a casarse en 1673, tomando como su segunda esposa a la princesa católica María de Módena, también conocida como María Beatriz d'Este.
Según el escritor y periodista Michael Farquhar, antes de contraer matrimonio la joven princesa escribió muchas cartas apasionadas a Frances Apsley, quien era hija del encargado de los halcones de Jacobo II, aunque su interés nunca fue correspondido.
A los quince años de edad se comprometió con el estatúder protestante Guillermo, príncipe de Orange, que era hijo de su tía, la princesa María Enriqueta Estuardo, y del príncipe Guillermo II de Orange-Nassau. Carlos II se opuso al principio a la alianza con un gobernante neerlandés —hubiera preferido casar a María con el heredero al trono francés, el delfín Luis, para lograr una alianza entre Inglaterra y la católica Francia, reforzando las probabilidades de un sucesor católico al trono inglés—. Finalmente, bajo la presión del Parlamento y debido a que una coalición con Francia no era ya políticamente favorable, aprobó la unión. Presionado también por el Parlamento, el duque de York aceptó el matrimonio, creía que de esta forma mejoraría su popularidad entre los protestantes. María y Guillermo se casaron en Londres el 4 de noviembre de 1677, según algunos reportes, la novia lloró durante toda la ceremonia.
Después de su matrimonio se fue a los Países Bajos, donde vivió como consorte de Guillermo. Aunque estaba dedicada a su marido, la pareja era habitualmente infeliz; sus tres embarazos acabaron en abortos o mortinatos y la ausencia de hijos sería la mayor fuente de tristeza en la vida de María. Su naturaleza animada y buen talante la hicieron popular entre los neerlandeses, pero su marido era a menudo frío y negligente y mantuvo durante mucho tiempo una relación con una de sus damas de honor, Isabel Villiers, aunque con el tiempo llegó a sentirse más relajado en compañía de su esposa.
A la muerte de Carlos II sin descendencia legítima en 1685, el duque de York le sucedió como rey Jacobo II de Inglaterra e Irlanda —y como Jacobo VII de Escocia—. El nuevo monarca adoptó una controvertida política en relación con la religión; su tentativa de conceder libertad religiosa a los que no eran anglicanos no fue bien recibida, ya que la técnica que eligió para conseguir sus objetivos fue anular las leyes del Parlamento mediante decretos reales. Algunos políticos y nobles protestantes entraron en negociaciones con el marido de María desde 1687. Después de que Jacobo tomara la medida de forzar a los clérigos anglicanos a leer en sus iglesias la Declaración de Indulgencia —que concedía libertad religiosa a los disidentes— en mayo de 1688, su popularidad decayó. La alarma entre los protestantes aumentó cuando la esposa de Jacobo, María de Módena, dio a luz un hijo —Jacobo Francisco Eduardo— en junio de ese mismo año, porque, a diferencia de María y Ana, este niño sería criado como católico. Algunos alegaron que el muchacho no era en realidad hijo del rey, sino que fue llevado secretamente a la habitación de la reina, para sustituir a su bebé nacido muerto. Aunque no había evidencia para apoyar este argumento, María cuestionó públicamente la legitimidad del niño, enviando una incisiva lista de preguntas a su hermana Ana, en referencia a las circunstancias del nacimiento.
El 30 de junio de 1688, «los Siete Inmortales» solicitaron secretamente a Guillermo III —que estaba en los Países Bajos con María— venir a Inglaterra con un ejército. Al principio Guillermo permaneció renuente, estaba celoso de la posición de su esposa como heredera de la Corona inglesa y temía que se volviera más poderosa que él. María convenció a su marido de que no le interesaba tener poder político, diciéndole «que no sería más que su esposa y que haría todo lo que estuviera en su poder para convertirlo en rey vitalicio». Guillermo acordó entonces invadir y emitió una declaración en la que se refirió al hijo recién nacido de Jacobo como «el supuesto príncipe de Gales». También manifestó una lista de agravios cometidos por los ingleses y declaró que su propuesta expedición era con el único objetivo de «mantener instalado un parlamento libre y legal». El ejército neerlandés finalmente llegó a tierras inglesas el 5 de noviembre, después de haber regresado previamente a causa de una tormenta ocurrida en octubre. El ejército y la marina ingleses que estaban disgustados se acercaron a Guillermo, la confianza de los ingleses en Jacobo estaba tan deteriorada que no intentaron salvar a su rey. El derrotado monarca intentó escapar el 11 de diciembre, pero fue interceptado. Una segunda tentativa de fuga el 23 de diciembre resultó exitosa, Jacobo escapó a Francia, donde vivió en el exilio hasta su muerte.
Las circunstancias que rodearon la deposición de su padre alteraron a María, pero Guillermo le ordenó parecer alegre en su llegada triunfante a Londres. Por lo que fue criticada por parecer fría ante la grave situación de su padre. Jacobo también escribió una diatriba en la que criticaba su deslealtad, acción que afectó profundamente a la piadosa María.
La Convención Parlamentaria convocada por el príncipe de Orange se reunió en enero de 1689 y hubo mucha discusión referente al curso de acción a seguir. Guillermo se sentía inseguro sobre su posición, deseaba ser considerado rey y no un mero consorte. El único precedente para una monarquía conjunta databa del siglo XVI, cuando la reina María I se casó con el príncipe español Felipe —futuro rey Felipe II de España— y fue estipulado que este tomaría el título de rey. Aunque Felipe solo ostentó el título en vida de su esposa y le impusieron restricciones a su poder; Guillermo exigió seguir siendo rey, incluso después de la muerte de su esposa. Cuando algunos estadistas prominentes propusieron hacerla gobernante única, María, leal a su marido, rechazó la propuesta.
El Parlamento aprobó la Declaración de Derechos el 13 de febrero de 1689, en la que se consideraba que Jacobo, con su intento de fuga del 11 de diciembre de 1688, había abdicado al gobierno del reino y que el trono había quedado vacante. El Parlamento no ofreció la corona al hijo mayor de Jacobo II, Jacobo Francisco Eduardo —quién habría sido en circunstancias normales el heredero aparente—, sino a Guillermo y a María como soberanos en conjunto. Sin embargo, se introdujo la condición de que «el ejercicio único y completo del poder real, será solamente ejecutado por el dicho príncipe de Orange, a nombre de los citados príncipe y princesa durante su vida juntos». La declaración fue ampliada más tarde, para excluir del trono no solo a Jacobo y sus herederos —distintos de Ana—, sino a todos los católicos, dado «que se ha encontrado por experiencia, que es incoherente con la seguridad y el bienestar de este reino protestante, ser gobernado por un príncipe papista».