Luis Humberto Sepúlveda Calfucura (Ovalle, Chile; 4 de octubre de 1949-Oviedo, Asturias, España; 16 de abril de 2020) fue un escritor, periodista y cineasta chileno, autor de cuentos y novelas. Residió en Gijón (España) las últimas décadas de su vida.
Nació en el Hotel Chile de Ovalle, durante «la fuga de amor bajo mandato de captura», porque, como explicaba su madre, «era menor de edad y habían escapado porque el padre de ella, que había al novio por rapto, se oponía tenazmente al romance». Su padre, Luis Sepúlveda, militante del Partido Comunista (PC), era dueño de un restaurante y su madre, Irma Calfucura, enfermera de origen mapuche.
Creció en el barrio San Miguel de Santiago y estudió en el Instituto Nacional, donde comenzó a escribir inspirado por una profesora de Historia.
Estudios y militancia política
Manifestaba haber nacido «rojo, profundamente rojo». A los quince años ingresó en la Jota, las Juventudes Comunistas de Chile, pero fue expulsado en 1968 y después militó en una fracción del Partido Socialista llamada «Ejército de Liberación Nacional». Hizo los estudios primarios en la escuela Francisco Andrés Olea (Santiago) y los secundarios en el Instituto Nacional. Después ingresó en la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile de la que se tituló como director.
Años más tarde hizo una licenciatura en Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Heidelberg, Alemania.
Actividad profesional y exilio
A los diecisiete años publicó su primer libro, un poemario, y un periodista que frecuentaba el restaurante paterno le consiguió trabajo como redactor policial en el diario Clarín. A los veinte años ya tenía bastantes relatos, que «un buen amigo» ordenó, dando nacimiento a su primera recopilación de cuentos: Crónicas de Pedro Nadie.
Reconoció la gran influencia que tuvo Francisco Coloane en sus primeros cuentos. Después de leer a este escritor, Sepúlveda llegó a emplearse como pinche de cocina en un barco ballenero.
Consideraba que sus años más felices fueron los de la Unidad Popular (UP). En 1971 se casó con la poetisa chilena Carmen Yáñez Hidalgo, a quien había conocido cuatro años antes; en 1973 nació su hijo Carlos Lenin, pero el matrimonio se deshizo pronto. Se reencontraron veinte años después en Alemania y volvieron a formar pareja.
Después del golpe militar encabezado por Augusto Pinochet, Sepúlveda estuvo detenido en el Regimiento Tucapel de Temuco y encarcelado casi tres años por la dictadura de Pinochet que le conmutó 28 años de prisión por ocho de exilio.
En 1977 abandonó Chile, estuvo en Buenos Aires, luego pasó a Montevideo y después a Brasil. Más tarde cruzó a Paraguay, Bolivia, Perú y Ecuador, donde trabajó un tiempo y conoció a los indios shuar. En ese país ingresó en la Brigada Internacional Simón Bolívar, con la que partió a Nicaragua a principios de 1979 para participar en la Revolución Sandinista.
Poco después del triunfo de la revolución, se fue a Alemania y se instaló en Hamburgo, ciudad en la que trabajó como corresponsal de prensa y escribió relatos, teatro y alguna novela. Allí vivió catorce años, se casó con Margarita Seven, con quien tuvo tres hijos, se incorporó al movimiento ecologista, y, como corresponsal de Greenpeace, atravesó los mares del mundo entre 1983 y 1988.
Para Luis Sepúlveda la única obligación del escritor era «contar bien una buena historia y no cambiar la realidad, porque los libros no cambian el mundo. Lo hacen los ciudadanos». Así lo repetía el narrador, guionista y cineasta chileno.
Había narrado Sepúlveda su azarosa vida a través de su alter ego, Juan Belmonte, exguerrillero y escolta de Allende creado en 1994 para la novela Nombre de torero. Recurrió a él para «hacer memoria» y combatir «a quienes defienden la amnesia como razón de Estado, como se quiso hacer en Chile».
Belmonte fue el protagonista de uno de sus últimas novelas El fin de la historia, una intriga policíaca que atraviesa el siglo XX, de la Rusia de Trotski al Chile de Pinochet, e indaga en las terribles consecuencias de la tortura recorriendo las alcantarillas del poder, la política y la diplomacia o a 1000 años de cárcel por crímenes durante la dictadura. Tras la negativa del gobierno chileno a esta petición, los cosacos amenazaron con "lesionar" las relaciones entre Rusia y Chile.
Sepúlveda, que se negaba a olvidar, regresó con él a la realidad chilena que marcó su vida y su generación narrando el rescate de Verónica, víctima de las torturas pinochetistas, «desconectada de la realidad, e incapaz de superar los traumas de la tortura y la violación».
Dedicó aquella novela a su compañera de entonces Carmen Yáñez, poetisa a quien convirtió en Sonia, la prisionera 824, «y a quienes pasaron por el infierno de Villa Grimaldi, uno de los más terribles campos de exterminio y tortura de la "dictadura" de Pinochet».