Lope de Barrientos o fray Lope de Barrientos (Medina del Campo, 1382-Cuenca, 1469), también llamado Obispo Barrientos, fue un influyente y poderoso clérigo de la Orden de Predicadores (O.P.), en la Corona de Castilla durante el siglo xv. Oriundo de Medina del Campo, donde estudió gramática, aprovechó la costumbre secular de los monarcas castellanos de emplear nobles de segunda fila en la corte (alejando así del poder a la alta nobleza) para entrar al servicio de Fernando de Antequera. Progresó desde fraile dominico a catedrático de la Universidad de Salamanca, confesor real de Juan II de Castilla, obispo en tres ciudades sucesivas: Ávila, Segovia y Cuenca, inquisidor, hombre de confianza de los reyes Juan II y Enrique IV de Castilla y canciller mayor de Castilla. También es autor de escritos de teología y sobre la problemática religiosa de su época.
Nació en Medina del Campo en el año 1382, hijo de un servidor de Fernando de Antequera, llamado Pedro Gutiérrez de Barrientos, que murió sirviéndole en batalla. Es probable, aunque no se ha podido demostrar, que procediese de una familia de judeoconversos al servicio de la corona desde antiguo. En la corte vio nacer y trató a los Infantes de Aragón, hijos de don Fernando, lo que explica que estuviese de su parte —al menos, al principio— en las luchas intestinas castellanas contra Álvaro de Luna.
Estudió como fraile dominico, primero en Medina del Campo y, a partir de 1406, es enviado como profesor al Estudio General del Convento de San Esteban de Salamanca, desde donde pasó a la Universidad a enseñar teología y filosofía. Allí coincidió con otro personaje ilustre, Tomás de Torquemada. Dado que tenían muchas cosas en común: ser ambos de origen judío, pertenecer a la orden de los dominicos y venir de un pueblo de la provincia de Valladolid, entablaron amistad y, sin duda, compartieron ideas sobre el problema religioso en Castilla.
Barrientos destacó tanto en su magisterio que se convirtió en 1416 en catedrático de prima de Teología de dicha universidad, hasta que el rey Juan II lo nombró confesor real en 1433 y le encargó que educase al futuro rey, el príncipe Enrique y, más tarde, a su último hijo, el infante don Alfonso (* 1453; † 1468).
También fue nombrado Inquisidor y, en 1438, fue elegido obispo de Segovia; el 3 de mayo de 1440 celebra un concilio en la iglesia de San Miguel de Turégano, en el que presentó su Instrucción Synodal para la formación teológica y pastoral de sus clérigos. Casi siempre fiel a Juan II, cambió la diócesis de Segovia, en 1442, cuya demarcación se hallaba bajo la influencia del rebelde príncipe Enrique, por la de Ávila adepta al monarca, y más tarde logró en Tordesillas la reconciliación de ambos para ofrecer un frente unido ante Navarra y Aragón. En 1444 ocupó la diócesis de Cuenca y al año siguiente cooperó con sus tropas en la batalla de Olmedo (1445); y años más tarde, 1449, defendía asimismo con las armas su diócesis contra las tropas de don Alonso de Aragón y otros nobles castellanos. Se le ofreció el arzobispado de Santiago, pero lo rechazó.
A pesar de sus importantes responsabilidades religiosas, nunca dejó su labor de hombre de estado como consejero del rey Juan II, primero, y de Enrique IV, después. Posiblemente instruyera a la futura Isabel la Católica, hermanastra del rey (muchas de sus actuaciones en política religiosa encajan con la forma de pensar de Barrientos). Desde su posición privilegiada y de confianza influyó decisivamente en la política de estos dos reyes castellanos; y, seguramente, también conspiró, especialmente contra el primero (dada su mencionada amistad con los Infantes de Aragón).
Su labor como hombre de estado fue tan discreta como fundamental. Trabajó al lado de Juan II, al principio como partidario de los Infantes de Aragón, pero después como un fiel seguidor. Acabó siendo un hombre realmente poderoso y rico a pesar del voto de pobreza de la orden a la que pertenecía.
Muerto en 1454 don Álvaro de Luna, le sustituyó en el gobierno de Castilla hasta la muerte de don Juan II, apartándose más tarde de los negocios de estado por desacuerdos con el nuevo monarca (Enrique IV de Castilla). Pese a su azarosa vida política, tuvo aún tiempo para fundar diversas casas conventuales —el Hospital de San Sebastián de Cuenca y el de Nuestra Señora de la Piedad de Medina del Campo, donde, por un tiempo, reposaron sus restos— y escribir numerosos libros. Filosóficamente se alinea entre los renovadores de la Escolástica. Su muerte acaeció en Cuenca el 30 de mayo de 1469.
Su actividad como inquisidor y sus ideas sobre los conversos
Cuando mediaba el siglo XV, un amplio sector social mantenía una postura muy radicalizada en contra de los judíos, tal como explica el franciscano Alonso de Espina en su escrito Fortalitium Fidei: «Entraron, ¡oh Señor!, en tu rebaño los lobos rapaces. Nadie piensa en los pérfidos judíos, que blasfeman de tu nombre».
Frente a esta actitud se manifestaban los defensores de los conversos, personajes notables, algunos de ellos también conversos, como el relator Díaz de Toledo, Alonso de Cartagena, Lope Barrientos y Juan de Torquemada (tío del inquisidor). Benzion Netanyahu, autor del libro The Origins of the Inquisition in Fifteenth Century Spain, afirma que cuando los conversos españoles fueron perseguidos «reclutaron en su defensa a hombres de gran coraje y brillantez, como Lope de Barrientos…». De hecho, el obispo redactó diversos escritos de defensa, en los que reconocía «posible es que aya algunos, pero puesto que ansy sea, injusta e inhumana cosa sería todo el linaje dellos manzellar nin diffamar». Gracias a su cargo de inquisidor y a sus influencias, se puso en contacto con el papa Nicolás V y consiguió su respuesta favorable en 1449: según afirma Barrientos, el pontífice «había mandado que no se hiciera ninguna discriminación entre los nuevos convertidos a la fe y los cristianos viejos en la recepción y tenencia de honores, dignidades y oficios, tanto eclesiásticos como seculares».
Lope de Barrientos, llegó a asegurar que descendía de judíos bautizados. Sin embargo, las investigaciones apuntan a que era un cristiano viejo, que utilizaba esa mentira para consolidar su postura ideológica: defender a los conversos, atacar a los judíos.
A pesar de su loable defensa de los conversos, Barrientos y, en general, los dominicos, eran partidarios de prohibir el judaísmo en Castilla. Su idea era que los judeoespañoles debían convertirse o emigrar, y eso defendieron hasta que Fray Tomás de Torquemada convenció a Isabel la Católica en 1492.
Otra de sus actuaciones más destacadas a las órdenes del rey fue el pleito contra don Enrique de Villena, al que condenó a prisión acusado de brujería y nigromancia. Algo sabía sobre estas materias, como testimonian los manuscritos inéditos de algunas obras suyas que hay en Salamanca: Tratado de caso e fortuna, Ms. Salamanca, Universidad, n. 2096, fol. i-12v. Tratado de dormir o despertar e del soñar de las adevinanças e agüeros e profecías, Ms. Salamanca, Universidad, n. 2096, fol. 12-55 y Tratado de la adevinança e sus especies, Ms. El Escorial, Biblioteca, h. III, 13. En realidad, tanto Juan II como él desconfiaban de las ideas innovadoras de las que era una de las personas más cultivadas y sabias de la época. Enrique de Villena escribía sobre muchos temas, era literato, traductor, cirujano, alquimista y es posible que coleccionase libros en hebreo y en árabe, lo que le convertía automáticamente en sospechoso de herejía. Villena murió en la cárcel, en 1434, y el rey Juan II le encargó a Barrientos el estudio de su biblioteca. Barrientos mandó quemar la mayoría de los códices, pero conservó unos pocos: «Fray Lope los miró e hizo quemar algunos, e los otros quedaron en su poder». El poeta Juan de Mena se quejó de tal barbaridad en unos versos de su Laberinto de Fortuna:
Hay quien acusó a Barrientos de ser un salvaje y de apoderarse de los libros más valiosos para plagiarlos; otros, en cambio, le justificaron ya que, por lo visto, el rey quería quemarlos todos y solo la intervención del cura permitió salvar algunos. El mismo Lope de Barrientos se defiende de esta manera: