Tal Día como Hoy

Lúcia dos Santos

Monja carmelita y una de las videntes de la Virgen María en Fátima, Portugal, en 1917

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Lúcia de Jesús Rosa dos Santos (Ourém, Santarém, 28 de marzo de 1907-Coímbra, 13 de febrero de 2005), también conocida como Lúcia de Fátima y por su nombre religioso María Lúcia de Jesús y del Inmaculado Corazón,​ fue una religiosa portuguesa de la Orden de los Carmelitas Descalzos. Sor Lúcia y sus primos Francisco y Jacinta Marto afirmaron haber presenciado las apariciones de Nuestra Señora de Fátima en 1917.​ Su proceso de beatificación se abrió en 2017 y fue declarada venerable en 2023.​

Nacida en 1907 en una familia de pequeños terratenientes en las afueras de Fátima, Portugal,​ Lúcia adquirió notoriedad en 1917 como la mayor de los tres niños testigos de las apariciones de Nuestra Señora de Fátima.​ Eso la involucró junto a sus dos primos, quienes dijeron haber visto a la Virgen María en seis apariciones,​ estas afirmaciones despertaron un gran interés y concluyeron con lo que se llamó el Milagro del sol, presenciado por decenas de miles de personas en octubre de ese año.​ El 13 de julio de 1917, la Virgen les reveló a los niños tres secretos, el primero de ellos, descrito como «bueno para algunos y malo para otros», consistía en una visión del infierno.​ El segundo secreto predecía el final de la Primera Guerra Mundial, aunque anunciaba una peor si la gente no dejaba de ofender a Dios.​ Para evitarla, María les pidió la consagración de Rusia al Inmaculado Corazón y el establecimiento de la Devoción de los primeros sábados. Esta guerra, de ocurrir, sería presagiada por una noche iluminada por una luz desconocida, como una «gran señal» de que el tiempo del castigo estaba cerca.​ La guerra no pudo ser evitada y sor Lúcia aseveró que la aurora boreal de 1938 fue la extraña luz de la que hablaba María y que finalmente dio inicio a la Segunda Guerra Mundial.​ El tercer secreto consistía en una visión de la muerte del papa y otras figuras religiosas, pero a diferencia de los dos primeros, sor Lúcia tardó más tiempo en transcribirlo y luego de hacerlo, permaneció en un sobre sellado hasta 1960,​ cuando fue enviado al Vaticano, que lo mantuvo en secreto hasta el 2000.​ La Santa Sede describió el tercer secreto como una visión del intento de asesinato del papa Juan Pablo II en 1981, que tuvo lugar un 13 de mayo, en el 64º aniversario de la primera aparición de la Virgen.​

Después de que Francisco y Jacinta murieran durante la gripe española, Lúcia se convirtió en la única sobreviviente que había sido testigo de las apariciones.​ En 1921, ingresó en un convento en España, inició su noviciado en 1926 y finalmente se consagró como carmelita descalza en 1948, período durante el que continuó experimentando visiones.​ Escribió numerosos libros sobre sus experiencias en Fátima y muchas cartas sobre los eventos.​​ Entre 1935 y 1993, redactó seis memorias, las cuatro primeras entre 1935 y 1941, y las dos siguientes en 1989 y 1993 respectivamente. En sus primeras declaraciones sobre la consagración de Rusia al Inmaculado Corazón realizadas por los papas dijo que no cumplían la petición de la Virgen, sin embargo, finalmente afirmó que con la ceremonia celebrada por Juan Pablo II en 1984 en unión con todos los obispos del mundo, sí que se había atendido esa petición mariana.​ Tras un largo período de mala salud, la hermana Lúcia murió el 13 de febrero de 2005 en el convento carmelita de Santa Teresa en Coímbra.​

Lúcia era la menor de los siete hijos de António dos Santos (1868-1919) y María Rosa Ferreira (1869-1942),​ ambos oriundos de Aljustrel, que se casaron el 19 de noviembre de 1890.​ La familia Santos cultivaba unas tierras que poseía «en dirección a Montelo, Ortiga, Fátima, Valinhos, Cabeço, Charneca y Cova da Iria».​

Lúcia nació el 28 de marzo de 1907; su bautizo tuvo lugar el 30 de ese mismo mes en la iglesia parroquial de Fátima.​ En esos años se exigía, bajo multa en caso de incumplimiento, que los padres bautizasen al hijo al octavo día del nacimiento; eso hizo que su inscripción en el registro oficial fuese el 22 de marzo, y ese fue el día que celebraba su cumpleaños.​ Su padre, según ella, era un hombre trabajador y generoso que la introdujo al catolicismo, y en contraste con la actitud que tomó el pueblo, creyó a los niños cuando dijeron haber visto a María. Lúcia comentó que su padre tampoco era un bebedor empedernido como se rumoreaba, pero que le gustaba socializar en la taberna. Debido a un entredicho con el párroco local, Antonio concurría a la iglesia de un pueblo cercano para evitar encontrarse con él.​

María Rosa sabía leer y escribir, aunque nunca alfabetizó a sus hijos. Le gustaba la literatura religiosa y la narración, y regularmente daba clases de catecismo a sus hijos y a los del vecino.​​ Lúcia ingresó al colegio de Oporto recién a la edad de 14 años, donde recibió una educación moral y religiosa rigurosa, pero su instrucción cultural fue menor, dado que —como la mayoría de los campesinos— apenas sobrepasó la primaria.​ Según su madre, Lúcia repetía todo lo que oía «como un loro».​ John De Marchi describió sus rasgos de la siguiente manera: «No era una niña bonita. El único atractivo de su rostro —que no era en absoluto repelente— eran sus dos grandes ojos negros que miraban fijamente desde debajo de unas pobladas cejas. Su cabello, espeso y oscuro, estaba dividido al medio sobre sus hombros. Su nariz era más bien plana, sus labios gruesos y su boca grande».​

Lúcia era una ávida narradora​ y compuso canciones tanto sacras como profanas. También escribió un poema sobre Jacinta que aparece en sus memorias y a los ocho años ya cuidaba las ovejas de la familia, acompañada de otros niños y niñas del pueblo.​ Recibió la primera comunión a los seis años, cuatro años antes de la edad habitual. Al principio, el párroco se negó a darle la comunión tan pronto, pero el padre Cruz, un misionero jesuita de visita desde Lisboa, conversó con Lúcia tras encontrarla llorando ese día y concluyó que «entiende lo que hace mejor que muchos otros».​ Después de su primera confesión, rezó ante el altar de Nuestra Señora del Rosario y afirmó haber visto a la imagen sonreírle. Eso la impactó profundamente: «Perdí el gusto y la atracción por las cosas del mundo, y solo me sentía como en casa en algún lugar solitario donde, a solas, podía recordar las delicias de mi primera comunión».​

Apariciones de Nuestra Señora de Fátima

Entre mayo y octubre de 1917, Lúcia y sus primos Francisco y Jacinta Marto reportaron visiones de una dama luminosa, que creían que era la Virgen María, en los campos de Cova da Iria, a las afueras de la aldea de Aljustrel, cerca de Fátima, Portugal.​ Los niños dijeron que las visitas tuvieron lugar el día 13 de cada mes, aproximadamente al mediodía, durante seis meses. La única excepción fue en agosto, cuando los niños fueron detenidos por el administrador local, creyendo que las profecías tenían motivaciones políticas en oposición a la Primera República Portuguesa, oficialmente laica, establecida en 1910.​ Ese mes no reportaron una visión de la Virgen hasta luego de ser liberados de la cárcel, dos días después. Los periódicos informaron sobre las profecías y muchos peregrinos comenzaron a visitar la zona. Los relatos de los niños fueron profundamente controvertidos y suscitaron intensas críticas tanto de las autoridades locales, como de seculares y religiosas;​ dos militares a caballo inclusive bromearon con la idea de cortarle la cabeza a Lúcia para terminar con el asunto en una oportunidad.​

Los tres niños afirmaron haber visto a la Santísima Virgen María en un total de seis apariciones entre el 13 de mayo y el 13 de octubre de 1917. Lúcia también reportó una séptima aparición mariana en Cova da Iria. Según los relatos de Lúcia, la señora les dijo a los niños que hicieran penitencia y sacrificios para salvar a los pecadores.​ Lúcia dijo que la señora recalcó la importancia de rezar el rosario todos los días para traer la paz al mundo.​ Los niños la describieron como «una Señora más brillante que el Sol». Relataron una profecía según la cual la oración pondría fin a la Gran Guerra y que el 13 de octubre de ese año la Señora revelaría su identidad y obraría un milagro «para que todos creyeran».​ Muchos jóvenes portugueses, incluidos familiares de los videntes, luchaban entonces en la Primera Guerra Mundial.​ La madre de Lúcia creía que inventaba mentiras para llamar la atención. Aunque hasta entonces era la hija predilecta, la pequeña sufría palizas y burlas por parte de su madre, quien se mostraba especialmente incrédula ante la idea de que la Virgen le hubiera pedido que aprendiera a leer y escribir.​

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