Tal Día como Hoy

Juliano el Apóstata

Emperador romano (361-363)

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Flavio Claudio Juliano (en latín: Flavius Claudius Iulianus;​ Constantinopla, 331​ o 332​ - Samarra, 26 de junio de 363), conocido como Juliano II o, como fue apodado por los cristianos, «Juliano el Apóstata»,​ fue un filósofo y emperador romano desde el 3 de noviembre de 361 hasta su muerte. Su rechazo al cristianismo y su intento de restauración del culto romano tradicional a partir del helenismo neoplatónico llevaron a que fuera considerado apóstata en la tradición cristiana. A pesar de su corto reinado, el de Juliano es uno de los más controvertidos y polémicos de la historia del Imperio romano.​​ «Fue, después de Marco Aurelio, el único emperador filósofo».​

Hijo de un hermanastro de Constantino el Grande, fue, junto con su hermano Galo, el único superviviente de la purga que acabó con los familiares de su dinastía en 337.​ Tras pasar su infancia y juventud apartado del poder, su primo Constancio II lo nombró César de la pars occidentalis en 355, menos de un año después de la ejecución de su hermano, que también ostentaba la dignidad de César. Constancio le encargó rechazar la invasión germánica de la Galia, tarea que realizó con gran efectividad.

En 361 fue proclamado por el Ejército de la Galia Augusto, lo que condujo a la guerra civil. Sin embargo, la repentina muerte de su primo Constancio II lo convirtió en emperador único antes de que se rompieran las hostilidades. Renegó entonces públicamente del cristianismo, declarándose «heleno», motivo por el cual fue tratado como apóstata por los cristianos. Juliano depuró a los miembros del gobierno de su primo y llevó a cabo una activa política religiosa, tratando de restaurar la religión romana y de «contener» la expansión del cristianismo, pero fracasó por la corta duración de su reinado.​ Asimismo, intentó revivir las costumbres republicanas del principado, se negó a asumir el título de dominus, como había sido corriente en la dinastía constantiniana, adoptando el título de cónsul, y emprendió un proyecto para la construcción del Tercer templo de Jerusalén, lo cual le valió el apoyo de los judíos dispersos por el imperio, a quienes se les permitió congregarse en el monte sacro tras el exilio impuesto por sus antecesores, lo cual generó una mayor animosidad por parte de los cristianos.​

En su último año de reinado, emprendió una infructuosa campaña contra el Imperio sasánida. Descartada la toma de su capital, Ctesifonte, emprendió una marcha por tierra quemada,​​ mientras trataba de unirse al resto de las fuerzas romanas comandadas por Procopio, que culminó con su muerte en una escaramuza.​ Su fin fue asimismo el de la dinastía constantiniana.

Juliano fue el último gobernante no cristiano del Imperio romano. Creía que era necesario restaurar los antiguos valores y tradiciones romanas del Imperio para salvarlo de la disolución. Depuró la pesada burocracia estatal y trató de revivir las prácticas religiosas tradicionales romanas a expensas del cristianismo. Su intento de construir un Tercer Templo en Jerusalén probablemente pretendía perjudicar al cristianismo más que complacer a los judíos. Juliano también prohibió a los cristianos enseñar y aprender textos clásicos. Los cristianos consideraron su reinado igual al período de las persecuciones y durante siglos Juliano fue calificado como el enemigo del cristianismo.​​ Siguiendo esta misma línea interpretativa, Theodor Mommsen ha afirmado que Juliano intentó «retrasar el reloj de la historia universal y propiciar al agonizante paganismo una vez más la asunción del poder».​ Sin embargo, en el siglo XVIII, los ilustrados, con Voltaire al frente —quien afirmó que el apelativo más apropiado para Juliano debería haber sido «el restaurador» de la religión romana—, lo consideraron como un héroe precursor del librepensamiento.​

Entre los dos extremos (cristiano e ilustrado),​ los historiadores actuales sostienen una posición más matizada. Según Peter Brown, contradiciendo a Mommsen, la «“reacción pagana” del reinado de Juliano se hallaba muy lejos de ser un esfuerzo romántico para retrasar el reloj hasta los días de Marco Aurelio».​ Para Claire Sotinel, «su hostilidad hacia los cristianos no tuvo las dimensiones de una persecución sistemática y sus efectos fueron todavía menores por la brevedad de un reinado de menos de tres años. Estudios recientes, en particular en Francia los trabajos de Jean Bouffartigue [autor de L'Empereur Julien et la culture de son temps, París 1992], han puesto en evidencia la complejidad de su personalidad, la ambigüedad de su política y, en muchos aspectos, su carácter conservador y autoritario».​ Por su parte Ramón Teja ha señalado que el pensamiento y la política de Juliano «es fiel reflejo de este periodo de la historia que denominamos Antigüedad tardía o Imperio cristiano, que conoció una de las más profundas transformaciones que ha experimentado la historia de lo que denominamos la Cultura de Occidente».​

La fecha real de su nacimiento (en Constantinopla)​ se desconoce y las estimaciones propuestas son a lo largo del año 331,​ o de mayo a junio de 332,​ aunque actualmente se acepta más la primera.​ Juliano fue hijo de Julio Constancio, hermanastro del emperador Constantino I, y su segunda esposa, Basilina. Sus abuelos paternos fueron el emperador Constancio Cloro (que gobernó durante la tetrarquía) y su segunda esposa, Flavia Maximiana Teodora, a su vez hijastra del emperador Maximiano (Constantino era hijo de la primera esposa de Constancio Cloro, Helena). Todos ellos formaban la dinastía constantiniana.​​​​

Juliano tenía seis años cuando, tras la muerte en 337 de su tío, el emperador Constantino, nueve miembros de su familia, incluido su propio padre Julio Constancio, fueron asesinados por los soldados fieles a los tres hijos del emperador fallecido ―Constantino II, Constancio II y Constante—, que de esta forma se aseguraban el ascenso al trono sin rivales y también fue asesinado el prefecto del pretorio Ablabio. Solo se libraron de la muerte, posiblemente debido a su corta edad, Juliano y su hermanastro Constancio Galo, que tenía entonces doce años y que estaba gravemente enfermo.​​​​

Juliano en su Epístola a los atenienses, escrita poco después de acceder al trono, relató así lo sucedido, señalando como principal responsable a Constancio II:​

Por orden de Constancio II, Juliano fue confiado al obispo arriano Eusebio de Nicomedia, un personaje muy influyente en la corte de Constantino. En Nicomedia pasó cinco años en la propiedad de su abuela materna Flavia Maximiana Teodora y allí recibió las enseñanzas del antiguo preceptor de su madre Basilina —de origen griego, concretamente de Bitinia—,​ que era un gran admirador de Homero y de Hesíodo y que le transmitió el gusto por la cultura griega y helenística.​​​​ Juliano recordará estos años con gran cariño, recalcando que desde la propiedad de su abuela (que le dejaría en herencia) se podía ver Constantinopla a lo lejos.​​

A la edad de 11 años fue conducido a Macellum, una propiedad imperial cercana a Cesarea de Capadocia —lo que Juliano interpretó como un cruel exilio—.​ Allí se encontró con su hermanastro Constancio Galo, que había sido exiliado a Tralles y con el que parece que no estaba muy unido, y de nuevo fue puesto bajo la autoridad del obispo, también arriano y cercano al poder imperial. Tanto Juliano como Galo estuvieron siempre bajo estricta vigilancia. Se supone que fue durante su estancia allí cuando Juliano recibió la educación cristiana. De hecho Gregorio Nacianceno, que fue condiscípulo de Juliano en Atenas, relata que los dos hermanos levantaron un monumento a un mártir cristiano local.​​​​​

En el año 348 a Juliano, con diecisiete años, se le permitió abandonar Macellum para ir a Constantinopla, lo que sintió como una liberación, mientras que su hermanastro Constancio Galo era elevado al rango de César por Constancio II.​ En la capital continuó con sus estudios de retórica y filosofía​ y con su pasión por Homero hasta que en 351 volvió a Nicomedia para heredar la propiedad de su abuela y allí frecuentó a numerosos estudiosos de la religión tradicional romana y sobre todo descubrió la filosofía neoplatónica a la que se adhirió. Viajó a Pérgamo para conocer a Edesio, sucesor directo de Jámblico, que había sido maestro del neoplatonismo. Por recomendación de Edesio marchó a Éfeso para recibir las enseñanzas de Máximo, que le inició, según Luis Agustín García Moreno, «en la pujante corriente neoplatónica más afín a las prácticas teúrgicas y místicas, que se había convertido en el gran bastión del paganismo de las elites cultas». También conoció entonces los misterios de Mitra. A su vuelta a Nicomedia reunió en torno suyo un grupo de rétores, poetas y filósofos «helenos», nombre que utilizará Juliano para referirse a los que los cristianos llaman «paganos». Algunos años después se fue a estudiar a Atenas, la cuna de la filosofía griega, donde estuvo poco tiempo porque en 355 fue llamado por el emperador Constancio II, quien le otorgó el título de César y lo envió a la Galia para que se pusiera al frente del ejército que combatía a los germanos en el limes del Rin.​​​ Sin embargo, Juliano ocultó su conversión pagana hasta bastantes años después, tras su abierta rebelión contra Constancio.​​

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