Judea (en latín: Iudæa; en inscripciones, IVDÆA) fue una provincia romana, en la orilla sudoriental del mar Mediterráneo. El Imperio romano cambió el nombre de Judea a Palestina o Provincia Siria Palestina en el año 135, tras aplastar la rebelión de Bar Kojba; lo cual para ciertos historiadores se cree fue un intento de borrar la memoria judía de la región, y para otros historiadores que cuestionan esta interpretación, se cree que lo único que hicieron los Romanos y el emperador Adriano fue oficializar el nombre con el que ya se conocía a la región de Palestina desde siglos atrás de Antes de Cristo (registrado así por historiadores como Heródoto y Flavio Joséfo, filósofos como Aristóteles, y registros Egipcios y Acadios, quienes se refieren a la región como: Phleset y Phalastu que significa en referencia a 'la tierra de los Filisteos', es decir: Filistina-Palaistinê), aunque de cualquier manera y controversialmente se ha cuestionado una u otra interpretación. Los geógrafos Estrabón y Ptolomeo describen a la Provincia de Judea como abarcando el territorio de Judea propiamente dicha junto con Galilea, Samaria, Gaulanítide, Perea e Idumea. En el Nuevo Testamento se usa el nombre Judea para designar tanto la microrregión como la provincia en su conjunto, no obstante los Romanos y los extranjeros llamaban 'Palaistine' a la región geográfica, y IVDEA a la provincia y localmente sus habitantes IVDAEORVM (aunque los judíos llamaban a la tierra tanto 'Judea' como 'Israel').
Entre 129 a. C. y 116 a. C., el reino seleúcida sufrió una serie de derrotas que fueron aprovechadas por sus estados clientes para rebelarse. Entre ellos, el Sumo Sacerdote de Jerusalén y gobernante de los judíos, Juan Hircano, comenzó desde 110 a. C. la conquista de los territorios vecinos hasta consolidar un estado judío independiente. Este estado se convirtió formalmente en reino bajo Aristóbulo, hijo de Juan en 104 a C. y adquirió su mayor expansión durante el reinado de su hermano y sucesor Alejandro Janneo (103 a. C.-76 a. C.)
Guerra civil e intervención romana
La sucesión de Alejandro, tras la muerte de Salomé Alejandra, desencadenó una guerra civil que fue resuelta con la intervención romana en el año 63 a. C. En efecto, después del final de la tercera guerra mitridática, se estableció la provincia romana de Siria sobre los restos del desaparecido reino seleúcida, de esta manera el reino asmoneo tuvo como a Roma, entonces su aliada, también como vecina. En Siria se encontraba el victorioso general romano Pompeyo, quien fue llamado en su auxilio por el derrocado príncipe asmoneo Hircano II para recuperar el poder. Pompeyo tomó Jerusalén y entronizó a su cliente como Sumo Sacerdote y etnarca, pero no rey, de los judíos. De este modo, el reino se convirtió en un protectorado de Roma.
Después de la invasión de los partos y ante la dudosa lealtad de los últimos asmoneos, el Senado romano nombró rey de Judea a Herodes, de origen idumeo pero criado como judío, quien era funcionario de Hircano II, casado con su nieta Mariamna I.
El reino de Judea bajo Herodes comienza en 37 a. C., con la captura de Jerusalén y comprende, además de Judea, un extenso territorio en el Levante. Durante ese período se construye la ciudad y puerto de Cesarea Marítima que se convierte, junto a Jerusalén, en una de las capitales del reino.A la muerte de Herodes en el año 4 a. C., Augusto dividió el reino entre tres de sus hijos: dos de ellos, Filipo II y Antipas, fueron establecidos como tetrarcas de Iturea-Traconítide y Galilea-Perea, respectivamente, mientras que el tercero; Arquelao, recibió el resto del reino, Judea, Samaria e Idumea, como etnarca. Ante las protestas de la aristocracia judía por el mal gobierno de Arquelao, Augusto decidió, en 6 d. C., relevarlo del mando y convertir a Judea en una provincia, gobernada por un prefecto de rango ecuestre.
El territorio de la provincia estaba formado por Judea, Samaria e Idumea, aunque algunas ciudades, como Ascalón, fueron adscritas directamente a la provincia de Siria. Galilea, Gaulanitis (el actual Golán), Perea y la Decápolis tampoco eran parte de ella. Sus ingresos eran de poca importancia para el tesoro romano, pero controlaba las rutas terrestres y marítimas costeras hacia Egipto, el granero del Imperio, y era un territorio fronterizo ante el Imperio parto. Judea no era una provincia imperial, ni senatorial, sino un territorio subordinado a la provincia de Siria, por eso su gobernador era un prefecto ecuestre. Su capital era Cesarea en lugar de Jerusalén
La provincia de Judea no era étnicamente homogénea. Entre sus pobladores se contaban judíos, concentrados en las regiones de Judea y Galilea, idumeos, originalmente paganos convertidos al judaísmo de manera forzosa por Juan Hircano, samaritanos, vinculados a los judíos, pero separados de ellos desde la época persa, y «griegos», es decir, sirios helenizados. Además, en las regiones del interior, había una importante cantidad de sirios que mantenían la lengua y la cultura aramea, nómadas nabateos de origen árabe y minorías de colonos venidos de Mesopotamia. Los pueblos transjordanos, descendientes de amonitas y moabitas, tenían también una fuerte impronta cultural griega.
Una de las características de la provincia era la permanente oposición entre las poblaciones greco-sirias, denominadas genéricamente "griegos", y judías. Entre la primera estaba extendida la desconfianza hacia los “hebreos”, como se los llamaba, a los que consideraban ajenos a la cultura helenística, entendida como universal, reacios a la asimilación, exclusivistas y maliciosos. Los judíos, en especial en las clases populares, veían a sus coprovincianos “griegos” como infieles, opresores y pecadores. En algunos momentos y en ciertos sectores radicales, sobre todo a partir de mediados del siglo I, la vinculación de la aristocracia judía con sus semejantes “griegos” era entendida como una traición a la identidad judía.
Otra disputa que aparece frecuentemente en las fuentes, es la que existía entre los habitantes de Judea propiamente dicha y los samaritanos. Ambos pueblos tenían un origen común, los antiguos reinos de Israel y Judá, adoraban al mismo Dios y seguían la que llamaban su ley o Torá, que había sido, según la tradición compartida por judíos y samaritanos, entregada a Moisés por Dios. La diferencia principal, era que cada uno consideraba al otro como un renegado a las costumbres ancestrales. Los samaritanos creían que el Templo de Jerusalén no correspondía a los mandatos divinos y en su lugar tenían un santuario en el monte Gerizim, y recordaban que Juan Hircano lo había destruido. Los judíos, por su parte, sostenían que los habitantes de Samaria eran mestizos, descendientes de los antiguos israelitas mezclados con pueblos venidos de Mesopotamia, cuyo culto era ilegítimo y medio pagano.
En Galilea, predominaban los pobladores judíos, traídos por los asmoneos, en las áreas rurales y en algunas ciudades pequeñas. Las mayores, como Séforis, primera capital de la región, y Tiberíades, fundada en el año 20 por Antipas, eran ciudades de tipo griego, con una población judía minoritaria que se fue incrementando a lo largo del siglo.
A semejanza de otras provincias del Imperio, las ciudades rivalizaban entre sí y en ocasiones llegaban al enfrentamiento armado, momento en el cual intervenían las tropas romanas para proteger el orden. En el interior de las mismas, solían desatarse tumultos originados en la falta de alimentos, las rivalidades étnicas y el antagonismo entre la aristocracia y las clases populares; estos conflictos solían comenzar con la quema de los archivos, para hacer desaparecer los registros de deudas, la organización de facciones y, por lo general, terminaban ante la presencia de las tropas romanas.
El centro histórico de la provincia era la región de Judea, núcleo de reino asmoneo y herodiano, cuya capital, Jerusalén, constituía lo que se denomina un estado - templo, es decir una entidad política regida por una aristocracia sacerdotal. El Templo, además de ser un santuario, era el eje económico de la región: administraba grandes extensiones de tierra, poseía un ingente tesoro y funcionaba también como un banco. A diferencia de otros estados templos, comunes en medio Oriente, el de los judíos se caracterizaba por el rechazo a todo tipo de sincretismo; mientras que los demás aceptaban que el dios local se identificase con el griego Zeus u otra divinidad olímpica, los sacerdotes de Jerusalén rechazaban este compromiso y, además, se oponían a admitir el culto de otras divinidades en su Templo e incluso en su territorio. Este repudio se extendía al uso de imágenes religiosas o incluso de aquellas que solo tenían una relación eventual con el culto, como las águilas de las legiones romanas o las estatuas del emperador. No obstante, los sacerdotes admitían la legitimidad del gobierno imperial y ofrecían sacrificios por “la salud del emperador”.