Juan VI de Portugal, en portugués João VI, João Maria José Francisco Xavier de Paula Luís António Domingos Rafael, (Lisboa, 13 de mayo de 1767 - ídem, 10 de marzo de 1826), apodado el Clemente, infante portugués, perteneciente a la Dinastía de Braganza, coronado rey del Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarve desde 1816 a 1822, de facto, y desde 1822 hasta 1825, de iure. Desde 1825 fue rey de Portugal hasta su muerte en 1826. Por el Tratado de Río de Janeiro, que reconocía la independencia de Brasil del Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarbes, Juan VI también fue emperador titular, aunque fue su hijo Pedro I el emperador de Brasil de facto.
Fue uno de los últimos representantes del absolutismo, Juan VI vivió un periodo tumultuoso y su reinado no conoció una paz duradera. No esperaba convertirse en rey; solo fue heredero de la Corona tras la muerte de su hermano mayor, José. Asumió la regencia cuando su madre, María I fue declarada mentalmente incapaz. Tuvo que lidiar con la constante injerencia en los asuntos del reino de naciones más poderosas, sobre todo España, Francia e Inglaterra. Obligado a huir de Portugal por la invasión napoleónica, llegó a Brasil, se enfrentó a revueltas liberales, similares a las de la metrópoli y fue obligado a volver a Europa en medio de nuevos conflictos. Su matrimonio también fue accidentado y su esposa, Carlota Joaquina de Borbón, conspiró contra él en diversas ocasiones en favor de intereses personales o de España, su país natal. Perdió Brasil cuando su hijo Pedro proclamó la independencia y vio a su otro hijo Miguel, rebelarse para deponerlo. Finalmente, se ha comprobado que murió envenenado.
Creó en Brasil diversas instituciones y servicios que fueron la base de la autonomía nacional, por lo que para muchos investigadores es el verdadero mentor del Estado brasileño. A pesar de eso, es hoy uno de los personajes más ridiculizados de la historia luso-brasileña y se le acusa de indolente, falta de tino político y constante indecisión, sin hablar que su persona fue retratada frecuentemente como grotesca, lo que, según la historiografía más reciente, es en la mayor parte de los casos una imagen injusta.
Juan nació el 13 de mayo de 1767, durante el reinado de su abuelo, José I. Fue el segundo de los hijos de María, la futura María I, y su marido Pedro III, hermano de José I. Tenía diez años cuando su abuelo murió y su madre subió al trono como María I de Portugal. Su infancia y juventud fue muy discreta, ya que era un infante a la sombra de su hermano José, que era el primogénito y heredero al trono. De hecho, se creó un mito sobre la falta de cultura del príncipe. Sin embargo, según Pedreira y Costa, hay pruebas de que recibió una cultura tan rigurosa como la de su hermano. Por otro lado, un relato del embajador francés lo describió como dubitativo y apagado. Hay poca información sobre esta fase de su vida.
Según la tradición, tuvo como profesores de letras y ciencias a Manuel do Cenáculo, Antônio Domingues do Paço y Miguel Franzini, como profesores de música al organista João Cordeiro da Silva y al compositor João Sousa de Carvalho y como profesor de equitación, al sargento mayor Carlos Antônio Ferreira Monte. También recibió clases de religión, leyes, francés y etiqueta. La historia la aprendió a través de la lectura de las obras de Duarte Nunes de Leão y João de Barros.
El 8 de mayo de 1785 se casó con la primogénita del futuro rey de España Carlos IV y su esposa María Luisa de Parma, Carlota Joaquina de Borbón, (quien apenas tenía 10 años de edad). Por razones políticas, al temer una nueva Unión ibérica, parte de la corte portuguesa no veía el matrimonio con una princesa española con buenos ojos. A pesar de su escasa edad, Carlota era considerada una niña muy vivaz y con una educación refinada. Sin embargo, tuvo que aguantar cuatro días de pruebas ante los embajadores portugueses antes de que el matrimonio se llevara a cabo. Además, al ser parientes y al ser ella muy joven, fue necesaria una dispensa papal para que pudieran casarse. Tras la confirmación, se firmaron las capitulaciones matrimoniales en la sala del trono de la corte española, rodeado de una gran pompa y con la participación de los grandes de ambos reinos, seguido de los esponsales, realizado por poderes. Juan VI fue representado por el padre de la novia. Esa noche se ofreció un banquete para más de 2000 invitados.
La infanta fue recibida en palacio ducal de Vila Viçosa a principios de mayo, y el 9 de junio la pareja recibió las bendiciones nupciales en la capilla del palacio. Su matrimonio se celebró al mismo tiempo que el de su hermana, Mariana Victoria de Braganza con el infante Gabriel de Borbón, también de la casa real española. La asidua correspondencia entre Juan y Mariana en la época revela que echaba de menos a su hermana y, comparándola con su joven esposa, decía: «Es muy inteligente y tiene mucho juicio. Lo único que le pasa es que aún es muy pequeña y a mí me gusta mucho, pero por eso no dejo de querer tener amor igualmente». Por otra parte, el temperamento de la niña era poco dado a la docilidad, lo que a veces exigía la intervención de la propia reina María. Además, la diferencia de edad (él tenía 18 y ella solo 10) lo incomodaba y le producía ansiedad. Por la excesiva juventud de la esposa, el matrimonio aún no se consumó y decía: «Ahora empieza el momento de jugar mucho con la infanta. Si sigo así, juzgo que no pasará nada hasta dentro de 6 años. Ha crecido muy poco desde que vino». De hecho, la consumación tuvo que esperar al 5 de abril de 1790. En 1793 nació María Teresa, la primera de los nueve hijos que tendrían.
Entre estos años, su vida relativamente pacífica sufrió un revés el 11 de septiembre de 1788, cuando su hermano mayor, José, falleció. Juan pasó entonces a ser el heredero de la Corona. En José el pueblo depositaba grandes esperanzas y era considerado un príncipe alineado con los ideales progresistas de la Ilustración, pero era criticado por los religiosos, ya que parecía inclinarse hacia la orientación política anticlerical del marqués de Pombal. En contrapartida, la imagen de Juan mientras su hermano vivió era la opuesta. Su religiosidad era notoria y se había mostrado favorable al régimen absolutista. La crisis sucesoria se agravó cuando, al año siguiente, Juan enfermó gravemente y temió por su vida. Recuperado, en 1791, volvió a enfermar «echando sangre por la boca y por los intestinos», según las anotaciones dejadas por el capellán del marqués de Marialva y añadiendo que su ánimo estaba siempre abatido. Se formó en un clima de tensión e incertidumbre sobre su futuro reinado.
La reina comenzó a presentar síntomas de problemas mentales. El 10 de febrero de 1792, diecisiete médicos firmaron un documento en el que declaraban que esta no podía seguir al frente del país pues no se preveía mejoría en sus enfermedades. Juan se mostró en un primero momento reacio a asumir el poder y rechazó la idea de formar una regencia strictu sensu, lo que propició que diversos miembros de la nobleza crearan una facción a fin de gobernar el reino de facto a través de un Consejo. Hubo incluso rumores de que Juan padecía síntomas de la misma enfermedad de su madre y se especuló con que él tampoco estaba capacitado para reinar. Según antiguas leyes sobre la regencia, si el regente falleciera o se viera impedido de reinar y si este tenía hijos menores de 14 años (como era el caso), el gobierno sería ejercido por los tutores de los infantes o, si estos no hubiesen ejercidos formalmente, por la esposa del regente (una española). Todo se complicaba entre temores, sospechas e intrigas en el más alto poder del Estado.
Al mismo tiempo, se empezaban a sentir los rumores de la Revolución francesa, que causaron perplejidad en las casas reinantes europeas. La ejecución del rey francés Luis XVI el 21 de enero de 1793 por las fuerzas revolucionarias precipitó una respuesta internacional. El 15 de julio se firmó una convención entre España y Portugal y el 26 de septiembre Portugal se alió con Inglaterra. Ambos tratados tenían como objetivo el auxilio mutuo contra los franceses y llevó a los portugueses, el año siguiente, a la guerra del Rosellón, en la que participaron 6000 soldados y que acabó siendo un fracaso. Además, hubo un delicado problema diplomático: Portugal no podía firmar la paz con Francia sin infringir la alianza con Inglaterra, en la que estaban además mezclados varios intereses, por lo que se pasó a buscar una neutralidad que se reveló frágil y tensa.