José de la Riva-Agüero y Osma (Lima, 26 de febrero de 1885-Lima, 25 de octubre de 1944), IV marqués de Montealegre de Aulestia y V marqués de Casa-Dávila, fue un abogado, historiador, ensayista, escritor y político peruano. Estudió en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, de la cual fue posteriormente catedrático. Fue miembro de la llamada Generación del 900 o «generación arielista», junto a Víctor Andrés Belaúnde, Francisco García Calderón Rey, Ventura García Calderón, Óscar Miró Quesada de la Guerra, José Gálvez Barrenechea, entre otros.
Fue un polígrafo notable y entre sus obras se cuentan tratados de derecho, historia literaria, historia del Perú, filosofía jurídica y pensamiento religioso, muchas de los cuales han tenido gran impacto e influencia fundamental en el desarrollo de la cultura peruana. Su pensamiento siguió una trayectoria cambiante, evolucionando desde un liberalismo juvenil hacia un severo conservadurismo afianzado en el cristianismo. No se casó ni dejó sucesión. La mayor parte de su fortuna (compuesta de fundos agrícolas y obras de arte) la legó a la Pontificia Universidad Católica del Perú, convirtiéndose así en el principal benefactor de esta institución.
Nació el 26 de febrero de 1885 en la casona de la familia Ramírez de Arellano (actual sede del Instituto Riva-Agüero), ubicada en la entonces calle Lártiga (hoy Camaná) 459. Su padre fue José Carlos Francisco de la Riva-Agüero y Riglos, hijo de José de la Riva-Agüero y Looz Corswarem y nieto del primer presidente del Perú, José de la Riva Agüero y Sánchez-Boquete. Su madre fue María de los Dolores de Osma y Sancho-Dávila, pretendiente al marquesado de Montealegre de Aulestia, hija de Ignacio de Osma y Ramírez de Arellano y Carmen Sancho-Dávila y Mendoza; miembros ambos de nobles familias limeñas de raigambre virreinal. A la muerte de su padre en 1906 y su madre en 1926, fue adoptado por su tía, Rosa Julia de Osma y Sancho-Dávila, IV marquesa de Casa-Dávila, quien al fallecer en 1930 le dejó en herencia sus cuantiosas propiedades y a quien sucedió en el título de marqués de Casa-Dávila. Restauraría en 1926 el título de marqués de Montealegre de Aulestia s su favor, luego del pleito de su madre con doña Josefina de Santiago Concha Loresecha; la cual se allanó a su denuncia y reconoció el mejor derecho de doña María de los Dolores que ahora recaía en don José.
Hizo sus estudios escolares en el Colegio Sagrados Corazones Recoleta de Lima, del que se graduó en 1901. En 1902 ingresó a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos para estudiar filosofía, letras y derecho. Se graduó en 1905 como bachiller en letras con la tesis «El carácter de la literatura en el Perú independiente» y logró su doctorado en 1910 con el célebre estudio historiográfico pionero «La historia en el Perú». Asimismo, obtuvo un bachillerato en Jurisprudencia en 1911 con un estudio sobre el «Fundamento de los interdictos posesorios». Tras un largo viaje por pueblos de Bolivia y la sierra sur del Perú, escribió una serie de memorias de viaje, publicadas parcialmente en el Mercurio Peruano y que años después de su muerte serían reunidas en el libro Paisajes peruanos. Al volver a Lima, se recibió de abogado el 27 de noviembre de 1912, con un ensayo de filosofía jurídica en torno al concepto de Derecho.
Se unió al Ejército al producirse los conflictos con Bolivia en 1909 y Ecuador en 1910, aunque nunca estuvo en servicio activo.
Su participación en la vida política se inició el 12 de septiembre de 1911, cuando el diario El Comercio publicó un artículo suyo titulado "La amnistía y el gobierno", donde exigía al gobierno de Augusto B. Leguía la promulgación de una ley de amnistía para los presos involucrados en la intentona golpista del 29 de mayo de 1909. Asimismo, criticaba la situación política y social, el exceso de gastos y empréstitos del gobierno y la debilidad del Congreso. El gobierno, por intermedio del ministro de Gobierno Juan de Dios Salazar y Oyarzábal, ordenó la detención de Riva Agüero. Entonces la juventud universitaria salió a protestar a las calles, gritando “abajo la dictadura” y “viva la democracia”, siendo reprimida severamente por la gendarmería. Este acontecimiento constituyó el primer choque de los universitarios y la fuerza pública que registran los anales históricos del Perú. Esta protesta, sumada a la del parlamento y la prensa, hizo que Riva-Agüero fuera puesto en libertad, e incluso provocó la caída del ministro de Gobierno.
Luego, viajó a Europa, a fin de participar en el Primer Congreso de Historia y Geografía Hispano-americanas, realizado en Sevilla en 1914. Inició una relación por correspondencia a partir de 1915 con su primo el historiador español Álvaro Alcalá-Galiano y Osma, a quien habría conocido en 1913. A su retorno al Perú, fundó en 1915 el Partido Nacional Democrático, integrado mayormente por jóvenes profesionales de su generación que apoyaron la candidatura presidencial de José Pardo y Barreda, quien ganó las elecciones de ese año. Al realizarse las elecciones de diputados por Lima en 1917, Riva Agüero y los suyos se abstuvieron de participar, al aducir que no pensaban en el presente, sino en el mañana. Por ello, la prensa los apodó de «futuristas» y así se conoció desde entonces a su partido: el «Partido futurista».
En 1916, Riva Agüero pronunció en San Marcos un «Elogio del Inca Garcilaso de la Vega», en el marco de la conmemoración del tercer centenario de la muerte del Inca Garcilaso de la Vega. El entonces joven periodista José Carlos Mariátegui lo criticó severamente desde las columnas de La Prensa en lo concerniente a algunas peculiaridades sobre el uso del idioma. A raíz de este incidente, Riva Agüero tuvo siempre un trato desdeñoso hacia quien se convirtió poco después en el gran pensador socialista del Perú. Por aquella misma época, se batió a duelo con el director de El Tiempo, quien había avivado la posibilidad de hallar culpable de traición a su antepasado, el prócer José de la Riva Agüero y Sánchez Boquete.
En 1918 dictó en la facultad de Letras de San Marcos una serie de lecciones sobre el Perú prehispánico; sin embargo, su etapa como catedrático sanmarquino fue corta.
Al producirse el golpe de Estado de Augusto B. Leguía el 4 de julio de 1919, Riva Agüero lanzó un manifiesto a la nación ese mismo día, en el que defendió el orden constitucional. Acto seguido viajó a Europa. Su autoexilio se prolongó lo que duró el régimen leguiísta, conocido después como el Oncenio. Esta estadía europea fue muy fecunda. Pasó por Francia, Italia y España; en estos dos últimos países profundizó en las fuentes clásicas de la cultura peruana y confrontó informaciones documentales acerca de la historia de su patria. En su pensamiento se operó una fundamental modificación al evolucionar desde un liberalismo racionalista hacia un severo conservadurismo afianzado en la fe católica. Este cambio lo impulsó a legitimar y recuperar el título familiar de marqués de Montealegre de Aulestia (1926) y de Casa Dávila (1930) ante la Corona española.
Retornó al Perú en agosto de 1930, el mismo día en que renunciaba Leguía, siendo testigo de la terrible crisis política que sobrevino después. Retomó entonces su carrera política; no quiso ser diputado constituyente, pero si aceptó ocupar una serie de cargos públicos: fue alcalde de Lima en 1931-1932, presidente del Consejo de Ministros y ministro de Justicia, Instrucción y Culto de 1933 a 1934, durante el gobierno de Óscar R. Benavides, cargo al que renunció por no aceptar la ley que aprobaba el divorcio de mutuo disenso, que atentaba contra la fe católica.
Fue decano del Colegio de Abogados de Lima (1936), pese a que nunca ejerció la abogacía, y director de la Academia Peruana de la Lengua (1934-1944). Fue también presidente del movimiento cívico Acción Patriótica, creado para respaldar la candidatura presidencial de Manuel Vicente Villarán durante las frustradas elecciones de 1936.
En 1937 dictó en la Universidad Católica un curso sobre la civilización peruana prehispánica. Luego efectuó un viaje alrededor del mundo (1938-1940) que lo llevó a Japón, a otros países de Oriente de vieja tradición cultural y algunos de Europa que por entonces eran regidos por dictaduras. Su temor hacia el comunismo internacional (ateo y antirreligioso por naturaleza) lo llevó a elogiar y apoyar a los regímenes fascistas europeos de Italia y Alemania, y el franquismo en España.