José Justo Corro Silva (Guadalajara, 19 de julio de 1794 - Guadalajara, 18 de diciembre de 1864) fue un político y abogado mexicano que se desempeñó como presidente de México entre el 27 de febrero de 1836 y el 19 de abril de 1837, en calidad de interino tras la renuncia —por cuestiones de salud— de su antecesor Miguel Barragán. Anteriormente había desempeñado cargos como ministro de Justicia y Negocios Eclesiásticos de 1835 a 1836, como diputado al Congreso de la Unión de 1831 a 1832 y fue gobernador de Jalisco de 1828 a 1829.
Durante su administración, supervisó la transición de la Primera República Federal a la República Centralista de México y promulgó la nueva constitución: las Siete Leyes. La nación también enfrentó la Independencia de Texas en curso, y la independencia mexicana fue reconocida por España y por la Santa Sede.
Nació en la ciudad de Guadalajara, en el estado de Jalisco, en 1794, fue hijo del matrimonio de José Antonio Corro Escandón y María Josefa Silva Noroña. Comenzó su vida pública como alférez provincial en 1810 y había alcanzado el rango de capitán teniente coronel cuando participó en la Independencia de México. Se formó en su ciudad natal, donde se graduó como abogado.
Corro se casó con Juana Fernanda Ulloa, también de Guadalajara, en 1823. Ella falleció en 1848.
Primeros cargos y carrera política
Fue diputado al congreso Constituyente en 1824. Corro formó parte de la comisión de tesorería del congreso, donde él y otros legisladores se opusieron a la clasificación de los ingresos del Congreso General, debido a su apoyo y al de Jalisco al federalismo. Posteriormente se desempeñó como gobernador interino de su estado natal del 24 de septiembre de 1828 al 28 de febrero de 1829.
El 26 de enero de 1835, el presidente en funciones Antonio López de Santa Anna intentó dimitir, pero el Congreso no aceptó su renuncia de inmediato. El vicepresidente Valentín Gómez Farías fue destituido y su cargo abolido al día siguiente, y el 28 de enero, el general Miguel Barragán asumió la presidencia. Barragán nombró a Corro ministro de Justicia y Asuntos Eclesiásticos el 18 de mayo de 1835, cargo que desempeñó hasta el 27 de febrero de 1836. Barragán falleció de tifus el 1 de marzo de 1836, poco después de solicitar licencia para separarse de su cargo el 27 de febrero por motivos de salud, con Santa Anna nuevamente ausente de la capital (esta vez combatiendo a los rebeldes en Texas). En esas circunstancias, el Congreso de la Unión nombró a Corro presidente interino el 27 de febrero de 1836. Tomó posesión formalmente del cargo el 2 de marzo, tras la muerte del presidente Barragán.
A la muerte de este, Miguel Barragán, José Justo Corro fue nombrado Presidente de la República Mexicana, en calidad de interino, por un año y dos meses. Llevaba tres meses en la presidencia cuando llegaron noticias de la Batalla de San Jacinto de 1836, la derrota de México a manos de los texanos y la captura de Santa Anna. El presidente Corro hizo llamamientos patrióticos para ayudar a las tropas y salvar al general, y esbozó un plan para que el gobierno pudiera recaudar más fondos. Se añadieron algunos buques a la Armada de México y, a finales de 1836, se enviaron refuerzos a Texas.
Debido a las crecientes tensiones, Manuel Eduardo de Gorostiza, el ministro plenipotenciario de México en Estados Unidos, fue llamado de regreso a México. En respuesta a la incautación de buques mercantes estadounidenses, el bergantín de la Armada de México «General Urrea» había sido capturado por buques estadounidenses, y estos últimos se vieron obligados a bajar la bandera mexicana e izar la estadounidense. Deseando evitar una guerra con Estados Unidos, el presidente Corro ordenó la liberación de los buques estadounidenses capturados.
En Puebla apareció un pronunciamiento, el Plan de la Concordia, que abogaba por la unidad de todos los partidos, pero no representó una seria amenaza para el gobierno de Corro. Hacia finales de 1836, el expresidente conservador Anastasio Bustamante regresó al país tras un exilio en Europa, y la opinión pública comenzó a favorecerlo para la presidencia.
Antecedentes de la guerra de los Pasteles
Francia había presentado reclamaciones por daños y perjuicios. En marzo de 1837, el nuevo embajador de Francia en México recibió un mensaje de su gobierno reclamando daños y perjuicios que el gobierno mexicano no había atendido, advirtiendo que, de seguir ignorándolos, se desataría una guerra entre Francia y México. A su llegada a México, el embajador fue recibido por el presidente Corro y el ministro José María Tornel ofreció numerosos banquetes en su honor. En una proclama, el presidente Corro aseguró que no se dejaría intimidar por intereses extranjeros, defendiendo la soberanía nacional de México. Un periódico publicó una carta del embajador francés con mapas que mostraban los recientes triunfos franceses en Argelia, con el fin de exhibir la capacidad militar de Francia.
Esto finalmente conduciría a la guerra de los Pasteles en 1838.
Reconocimiento de España y la Santa Sede a México
Durante su mandato, el 29 de noviembre de 1836 la Santa Sede, reconoció a México como país independiente, posteriormente un mes después, el 28 de diciembre, España reconoció la independencia de México, mediante la firma del Tratado definitivo de paz y amistad entre México y España por el ministro Miguel Santa María y el representante español José María Calatrava, pero tuvo que enfrentar el desaliento que había cundido en el país al conocerse la derrota y captura de Santa Anna en Texas, la firma del Tratado de Velasco y los conflictos posteriores, sucesos que llevaron a la ruptura de relaciones con Estados Unidos y a la Intervención estadounidense en México.
A José Justo Corro correspondió poner en vigor en 1836 las Siete Leyes que darían cauce a la nueva Constitución que derogaba la de 1824. Redactada por los centralistas conservadores bajo la guía de Lucas Alamán, la nueva carta magna acabó con el sistema federal y estableció como forma de gobierno la república central. La nueva ley abrogó el voto universal y lo limitó a quienes supieran leer y escribir.
La gran novedad fue que al lado de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, aparecía el Supremo Poder Conservador, tribunal encargado de controlar a los otros.
El presidente era débil a la hora de tomar decisiones y no tenía conocimientos militares, tan importantes en época de guerras. Al terminar su gobierno se dedicó a las prácticas religiosas con tanto afán que le apodaron «El Santo».