Tal Día como Hoy

Joaquín Murrieta

Bandido mexicano

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Joaquín Murrieta Orosco​​​ (Sonora, 1829-Condado de Mariposa, California, 25 de julio de 1853), también llamado El Robin Hood de El Dorado, fue un bandolero mexicano cuya leyenda nació durante la Fiebre del Oro en California, en la década de los años 1850.

Para unos se trataba de un simple delincuente, para otros de un héroe que luchó por su nación: así, para algunos activistas chicanos su nombre ha simbolizado la resistencia ibero-americana ante la dominación económica y cultural de los angloparlantes en las tierras de California.​

Fue hijo de Juan Murrieta y Juana Orosco, quienes tuvieron 10 hijos: José Jesús, Joseph Anselmo, Joaquín, María Gregoria, José Antonio, María Concepción, Salvador, Pedro, Vicenta y Facundo. Los dos mayores nacieron en Sáric, donde Joseph fue bautizado (según consta en el libro de bautismos en la parroquia de Guadalupe en la población de Altar, Sonora).

Juan Murrieta procedía del Real de Álamos -hoy Álamos- al sur de Sonora y, era hijo del capitán José María Murrieta​ quien obtuvo la propiedad en 1804 donde en 1805 los yacimientos auríferos de "El tiro" y "El boludo" en el Municipio de Trincheras. San Rafael del Alamito, llamado así en honor a su origen, es un desaparecido caserío estaba ubicado 4 kilómetros al norte del Cerro de Trincheras y al margen del Río Magdalena. En Trincheras, San Rafael Arcángel sigue siendo el patrono del poblado y lo celebran el 24 de octubre y el 23 se celebra el día de Joaquín Murrieta.

Según la versión más aceptada y con mayor número de pruebas, Murrieta nació en el poblado de Álamos en el estado de Sonora, México, la familia Murrieta habría vivido en la hacienda El Alamito, Sonora, a 22 km de Hermosillo, y él estaba dedicado a la venta de caballos robados en California. En el cementerio de la hacienda están supuestamente enterrados dos de sus hermanos.​

A partir de 1848 llegaron miles de inmigrantes hasta California en la llamada «fiebre del oro». Los lavaderos fueron explotados por mexicanos y chilenos. Los estadounidenses vieron cómo algunas de las mejores vetas fueron explotadas por los hispanos, a quienes llamaron greasers (‘grasientos’). Las persecuciones y la xenofobia no tardaron en llegar. El gobernador de California, el general Persifor Smith, acusó a los extranjeros de transgresores y anunció su expulsión. La violencia de los mineros y comerciantes estadounidenses se volcó sobre los mexicanos, aun los nacidos en territorio californiano. En las minas del centro y norte de California, se les dio tres horas a los perseguidos para que se marcharan sin llevarse sus pertenencias y aperos; muchos se refugiaron en San Francisco y en las minas del sur. Luego se les impuso un impuesto de veinte dólares mensuales por lavar oro, y se prosiguió con otras formas de persecución y hostigamiento. En este estado de cosas llegó Murieta a California.

Tradicionalmente, se asegura que Joaquín Murieta llegó a California en 1850 para buscar fortuna durante la fiebre del oro. En vez de oportunidades, encontró racismo y discriminación; primero por la aprobación de la ley que obligaba a pagar un alto impuesto a los mineros de origen latinoamericano que laboraban en las minas californianas y, después, por la violación y asesinato de su esposa. Los delitos y crímenes cometidos por inmigrantes blancos quedaban impunes: un chileno fue muerto de un tiro mientras bailaba cueca en una taberna y un mexicano fue linchado después de ser sacado de la cárcel del sheriff. El poblado de Dry Diggins cambió su nombre por Hang-Town (‘Ciudad de los ahorcados’).

Imposibilitado para ganarse la vida legalmente, Murrieta se convirtió en el líder de una banda llamada "Los cinco Joaquines", formada por Murrieta, Joaquín Botellier, Joaquín Carrillo, Joaquín Ocomoreña y Joaquín Valenzuela. En esa época se habían formado otras bandas, como la famosa Guadalajara o la de Mariposa, la de Narrato Ponce, la del bandido Leiva o la de Tiburcio Vásquez, y la de Murrieta junto a «Jack Tresdedos».

Entre 1850 y 1853, estos hombres, al lado de la mano derecha de Murrieta, Manuel García, conocido como “Jack Tres Dedos”, fueron responsables de la mayoría de asaltos, robos y asesinatos que se cometieron en el área de Mother Lode, en la Sierra Nevada. Se les ha llegado a atribuir el robo de más de 100,000 dólares en oro y de más de cien caballos, el asesinato de 19 personas (la mayoría de ellos mineros chinos) y de haber escapado de tres procesos (posse comitatus), habiendo matado a tres oficiales. Hasta el momento, no hay consenso acerca del nombre del líder de este grupo, por lo que simplemente se le ha llamado Joaquín, además de que nunca se supo si se trataba solo de una banda o si había otras. Se supone que la banda era apoyada y protegida por californianos, entre ellos Robert Livermore.

El 11 de mayo de 1853, siendo gobernador de California John Bigler, se firmó un acuerdo legislativo que creaba a los Rangers de California al mando del capitán Harry Love (un ex ranger texano), cuyo propósito era arrestar a los "Cinco Joaquines". El salario de estos rangers era de unos 150 dólares pero, además, tendrían la opción de ganarse entre todos una recompensa de 5,000 dólares en caso de que se lograra la captura de Murrieta. El 25 de julio de 1853, un grupo de estos rangers se encontró con unos mexicanos cerca del Paso Panoche, en el condado de San Benito, a unos 50 km de la Veta madre y, como cabía esperar, hubo un enfrentamiento en el que dos de los mexicanos murieron y los rangers afirmaron que se trataba de Murrieta y García.

Los rangers le arrancaron una mano a García y la cabeza a Murrieta como evidencia de sus muertes y las colocaron en un jarrón, conservándolo en brandy, para luego llevarlo a Stockton, San Francisco y, finalmente, por toda California, donde los espectadores podían observar los restos, a cambio de un dólar. Diecisiete personas identificaron los restos como de Murrieta, por lo que Love y sus rangers recibieron el dinero de la recompensa. Sin embargo, una joven mujer que aseguraba ser hermana de Murrieta afirmó que la cabeza no le pertenecía a su hermano, pues carecía de una cicatriz característica. Asimismo, se reportaron numerosos avistamientos de Murrieta después de su supuesta muerte. Muchas personas criticaron a Love por haber exhibido la cabeza de Murrieta en ciudades muy alejadas de los campos mineros en donde Joaquín habría sido reconocido fácilmente. Incluso se llegó a decir que Love y sus rangers inventaron la historia de la captura y muerte de Murrieta para cobrar la recompensa. La supuesta cabeza de Murrieta se perdió durante el terremoto de San Francisco de 1906.

En 1986, Manuel Pérez Rojas, investigó y documentó la historia de Joaquín Murrieta en su libro "Joaquín Murrieta, El Patrio"​ en 1986, donde el trabajo es avalado por Reynaldo Ayala Ph.D. Director del Instituto de Estudios Fronterizos de la Universidad estatal San Diego, y James E. Officer del departamento de Antropología de la Universidad Estatal de Arizona, y el sacerdote jesuita de la Universidad de San Francisco Alberto Huerta. El impacto de dicho libro ha hecho que las ediciones se multipliquen.

En 1854, el primero en escribir sobre Joaquín Murrieta fue el periodista John Rollin Ridge,​ aunque compuso su novela apelando a algunas otras historias que nada tenían que ver con Joaquín. En 1862, el francés Robert Hyenne tradujo la obra a su lengua materna, incluyéndole modificaciones e invenciones propias. Es en la versión al español hecha por el chileno Carlos Morla donde se varía la nacionalidad de Murrieta, cambiando todo lo que decía «México» por «Chile», según Carlos López. Es así como surge el mito del Murrieta personaje de origen chileno.​La novela de Antonio Acevedo Hernández (1886-1962), publicada en el año 1936, es el único texto de Acevedo que sitúa la acción fuera del territorio chileno. La obra cuenta la historia de Joaquín Murieta, un hombre que llamado por la aventura parte a California en plena fiebre del oro, con la ilusión de cambiar su destino. Sin embargo, la constante persecución y discriminación terminan por diluir sus esperanzas y su búsqueda de venganza lo vuelve un caudillo para algunos y un bandido para otros. Su muerte lo transforma en una imagen prototípica de la rebeldía latinoamericana. Poco después de su desaparición, el bandido-patriota se convirtió en objeto de historia y leyenda.

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