Gómez Suárez de Figueroa (Cusco, 12 de abril de 1539-Córdoba, España, 23 de abril de 1616), renombrado como Inca Garcilaso de la Vega a partir de 1563, fue un escritor, historiador y militar nacido en el actual territorio del Perú, que entonces era parte del imperio español.
Se le considera como el primer mestizo cultural de América que supo asumir y conciliar sus dos herencias culturales: la inca y la española, alcanzando al mismo tiempo gran renombre intelectual. Luis Alberto Sánchez lo describe como el «primer mestizo de personalidad y ascendencia universal que parió América».
Se le conoce también como el «príncipe de los escritores del Nuevo Mundo», pues su obra literaria, que se ubica en el período del Renacimiento, se destaca por un gran dominio y manejo del idioma español, tal como lo han reconocido críticos como Marcelino Menéndez Pelayo, Ricardo Rojas, Raúl Porras Barrenechea, José de la Riva-Agüero y Osma. Augusto Tamayo Vargas afirma: «Si la historia y la prosa de ficción se ejemplarizan en Garcilaso, también el ensayo tiene en él, un alto representante». Mario Vargas Llosa le reconoce también dotes de consumado narrador, destacando su prosa bella y elegante.
Temporalmente se le ubica en la época de los cronistas postoledanos, es decir, de la etapa posterior al gobierno del virrey Francisco de Toledo, a finales del siglo XVI e inicios del siglo XVII. Desde el punto de vista estrictamente historiográfico, su obra tuvo mucha influencia en los historiadores peruanos. Su padre fue sobrino del célebre poeta Garcilaso de la Vega, por lo que Inca Garcilaso de la Vega era por vía paterna sobrino nieto del famoso poeta renacentista castellano.
En su obra cumbre, los Comentarios reales de los incas, publicada en Lisboa en 1609, expuso la historia, cultura y costumbres de los incas y otros pueblos del antiguo Perú, libro que luego del levantamiento de Túpac Amaru II sería prohibido por la Corona española en todas sus provincias en América, al considerarla sediciosa y peligrosa para sus intereses, pues alentaba el recuerdo de los incas. Esta prohibición rigió desde 1781, aunque la obra se siguió imprimiendo en España.
Otras obras importantes del Inca Garcilaso son La Florida del inca (Lisboa, 1605), que relata la conquista española de la Florida, y la Segunda parte de los comentarios reales, más conocida como Historia general del Perú (Córdoba, 1617), publicada póstumamente, en la que el autor trata sobre la conquista del Perú y el inicio del virreinato.
Era hijo del conquistador español capitán Sebastián Garcilaso de la Vega y Vargas, de la nobleza extremeña, y de la ñusta o princesa inca Isabel Chimpu Ocllo, bisnieta del inca Túpac Yupanqui y nieta del inca Huayna Cápac, emperador del «reino de las cuatro partes o suyos» o Tahuantinsuyo (nombre del Imperio incaico en su lengua nativa quechua). Su nombre de bautismo fue Gómez Suárez de Figueroa, que tiempo después, radicando en España, se lo cambiaría por el de Inca Garcilaso de la Vega.
Gracias a la privilegiada posición de su padre, que perteneció a la facción pizarrista, fue bautizado con los apellidos ilustres del mayor de sus tíos paternos y de otros antepasados que pertenecieron a la casa de Feria. Recibió en el Cuzco una esmerada educación en primeras letras a cargo de Juan de Alcobaza, al lado de los hijos de Francisco y Gonzalo Pizarro, mestizos e ilegítimos como él, pero durante sus primeros años también estuvo en estrecho contacto con su madre y con lo más selecto de la nobleza inca, entre los que se contaban los hijos de Huayna Cápac: Paullu Inca y Alonso Tito Atauchi. Accedió pues a la instrucción de los amautas o sabios incas versados en la mitología y cultura inca:
Sin embargo, su padre se vio obligado a abandonar a la princesa inca a causa de la presión de la corona para que los nobles españoles se casasen con damas nobles españolas, y así lo hizo para matrimoniar con Luisa Martel de los Ríos; sin embargo, no lo hizo sin conceder antes a su madre una cuantiosa dote, que le sirvió para casarse con Juan del Pedroche, un soldado peninsular, de la que tendría el inca dos medias hermanas, Luisa de Herrera y Ana Ruiz. Su adolescencia estuvo ensombrecida por las cruentas guerras civiles del Perú, y él y su padre padecieron la persecución de los rebeldes Gonzalo Pizarro y Francisco de Carvajal. Su padre optó por enrolarse en el bando de Pizarro, aunque forzadamente, según contaría más tarde el Inca Garcilaso, pero retornó al bando real sumándose al ejército del pacificador Pedro de la Gasca durante la batalla de Jaquijahuana, por lo que fue conocido despectivamente como el «leal de tres horas». Este episodio tendría mucha repercusión en la vida posterior del Inca Garcilaso. Hacia 1550, el todavía pequeño Garcilaso fue enviado a Charcas para volver después al Cuzco, donde fue testigo de la rebelión de Francisco Hernández Girón, ocasión en la cual ayudó a su padre, entonces alcalde ordinario de la ciudad, a huir por los tejados de las casas (1553). Su padre lo tuvo en gran estima, como demuestra el hecho del cariño que le demostró su hijo en sus escritos y el hecho de que le legara en su testamento (1559) tierras en la región de Paucartambo y cuatro mil pesos de oro y plata «ensayados» (es decir, de la más probada calidad) para que el joven mestizo cursara estudios en España.
El 20 de enero de 1560, a los veinte años de edad y poco después del fallecimiento de su padre, Inca Garcilaso de la Vega salió del Cuzco rumbo a la ciudad de Lima, dispuesto a embarcarse hacia España. Este viaje se mostraría particularmente arriesgado. Partió del puerto del Callao, estuvo a punto de naufragar en la isla de Gorgona, cruzó a lomos de acémila el istmo de Panamá, y llegó a la Cartagena de Indias para tomar la ruta de los galeones hasta La Habana y las Azores, donde un marinero portugués le salvó la vida antes de llegar a Lisboa.
Tras una breve estancia en Extremadura, donde visitó a unos familiares, se estableció en la ciudad cordobesa de Montilla, donde residía su tío Alonso de Vargas. Luego, en 1561, se trasladó a Madrid a solicitar algunas mercedes que la Corona le debía a su padre por sus servicios en el Perú, y ahí conoció al conquistador Gonzalo Silvestre, quien le suministró numerosos datos para su obra La Florida del inca. Su solicitud a la Corona le fue denegada: acusaron a su padre de favorecer al rebelde Gonzalo Pizarro dándole un caballo, de nombre Salinillas, que le salvó la vida en la batalla de Huarina, y tal versión fue apoyada por los cronistas de Indias oficiales. Desengañado, pensó en volver al Perú en 1563, pero optó por permanecer en la península y seguir la carrera militar, como su padre. Abandonó el nombre de Gómez de Figueroa y firmó ya para siempre con el de Garcilaso de la Vega, por el que sería conocido por la posteridad.
Como su padre, logró el grado de capitán, y tomó parte en la represión de la rebelión de las Alpujarras de los moriscos de Granada bajo el mando de don Juan de Austria (1569). Entre 1570 y 1571 se enteró de la muerte de su madre y de su tío Alonso de Vargas; este último le adjudicó bienes en su testamento que hicieron que en el futuro no tuviese que preocuparse de su sustento y aún disfrutase de cierta holgura. En 1586 falleció su tía doña Luisa Ponce, viuda de su tío Alonso, cuyos bienes acrecentaron aún más su bienestar económico y le posibilitaron entregarse a la cultura. En 1590, dejó las armas y entró en la religión.
Frecuentó los círculos humanísticos de Sevilla, Montilla y Córdoba y se volcó en el estudio de la historia y en la lectura de los poetas clásicos y renacentistas. Fruto de esas lecturas fue la celebrada traducción del italiano que hizo de los Diálogos de amor del filósofo neoplatónico León Hebreo, que dio a conocer en Madrid en 1590 como La traducción del indio de los tres diálogos de amor de León Hebreo (su prólogo está fechado en Montilla en 1586). Fue su primer libro, y la primera obra literaria de valor superlativo hecha por un americano en Europa. Ya por entonces firmaba como Garcilaso Inca de la Vega y se presentaba como hijo del Cuzco, ciudad a la que definía como cabeza de imperio.