Tal Día como Hoy

Imperio romano de Occidente

Estado surgido en Occidente tras la división del Imperio romano en dos entidades

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El Imperio romano de Occidente​ fue una entidad política de la Antigüedad que existió entre los años 286​ y 476.​ Abarcaba el área occidental de Europa —al oeste de los ríos Rin y Drina—, buena parte de Gran Bretaña y la franja mediterránea de África, al norte del desierto del Sáhara hasta Libia. Junto al Imperio romano de Oriente forma la época del Bajo Imperio romano, que comprende el periodo entre el ascenso de Diocleciano en 284 hasta la muerte de Mauricio en 602.​

Surgió como resultado de las reformas acometidas en el Imperio romano para dotarlo de una nueva configuración tras superar la denominada «crisis del siglo III».​ Estas se sustanciaron en los ámbitos de la fuerza militar, la Administración civil, los sistemas fiscal y monetario, la figura del emperador, así como la distribución del poder.​ Dentro de esta última se decidió separarlo en dos mitades —occidental y oriental— gobernadas por dos augustos con el mismo rango y atribuciones, de tal manera que se mejoró la respuesta contra ataques externos e intentos de usurpación.​ Aunque los dos actuaban, teóricamente, de manera conjunta y las leyes proclamadas en nombre de ambos se aplicaban en las dos mitades, con el tiempo se consolidó una separación efectiva porque cada uno de ellos era libre de aplicar sus propias políticas y legislación en su territorio, además de que cada mitad tenía matices culturales diferentes, principalmente el idioma: latín en la occidental y griego en la oriental.​ Ocasionalmente, 24 años en total sobre los 190 de su existencia, fueron gobernadas por un solo emperador que unificó en su persona el control de todo el Imperio.​

Se pueden distinguir cinco periodos dentro de su historia en función de la dinastía o grupo de emperadores que lo dirigieron. El primero abarcó los gobiernos de la tetrarquía (286-312) —con Diocleciano como figura dominante— durante los que se acometieron la mayoría de las reformas y se consiguió estabilizar el Imperio además de obtener importantes ganancias territoriales frente a Persia.​ El intento de implantar un sistema sucesorio ordenado, que dejase a un lado las preferencias dinásticas, degeneró en una serie de guerras civiles que solo finalizaron cuando Constantino I unificó en su persona el gobierno de todo el Imperio.​ El segundo periodo fue el gobierno de la dinastía constantiniana (312-364) en el que se profundizó en la nueva configuración del Imperio y se dieron los primeros pasos para abandonar el politeísmo romano en favor del cristianismo.​ También se rechazaron con éxito importantes invasiones de pueblos germanos venidos allende los ríos Rin y Danubio, tarea que continuó en el siguiente periodo bajo la dinastía valentiniana (364-394).​ Con estos emperadores se logró mejorar notablemente la estabilidad en la frontera del Rin mediante acuerdos de alianza con francos, burgundios y alamanes, mientras que, económicamente, se alcanzó un máximo de producción.​​ Esta evolución favorable se truncó durante el cuarto periodo bajo la dinastía teodosiana (394-455), a cuyo inicio el Imperio occidental sufrió una crisis de proporciones catastróficas debido a invasiones de gran entidad acometidas por pueblos bárbaros que vivían al norte del Danubio y durante el que se produjeron seis intentos de usurpación. Cuando Flavio Constancio consiguió estabilizar la situación en 418, había perdido casi la mitad de su ejército de campaña, reducido considerablemente sus ingresos fiscales, abandonado Britania y aceptado la creación de cuatro reinos bárbaros dentro de su territorio: suevo, vándalo, visigodo y burgundio.​ Con los magros recursos disponibles y con ayuda de contingentes hunos mercenarios, Flavio Aecio pudo contener la expansión de esos reinos bárbaros, mantener a raya a los pueblos del Rin y hacer frente a la invasión de Atila, pero no logró revertir la situación al estado que tenía en 401.​ A su muerte, el Imperio entró en su quinta y última fase (456-476), durante la que gobernaron 9 emperadores en 20 años que no pudieron detener la pérdida de territorios, el cual alcanzó un punto de no retorno cuando los vándalos se hicieron con las ricas provincias africanas que aportaban la mayor parte de los ingresos.​ Reducido el control imperial a la península itálica, un golpe de Estado dirigido por Odoacro puso fin a su existencia y lo sustituyó por el reino de Italia en 476.​

La estructura gubernamental civil del Imperio occidental fue similar a la del oriental.​ El emperador era el jefe de Estado con un poder absoluto que para la toma de decisiones se ayudaba del consistorium y era asistido por los prefectos del pretorio en los que delegaba buena parte de las decisiones.​ Existían cuatro niveles de gobierno: central, regional, provincial y municipal. Los funcionarios imperiales trabajaban en los tres primeros mientras se vigilaba y se daban instrucciones generales al último.​ Militarmente, el ejército estaba dividido en dos grupos: los limitanei, situados de manera fija en las fronteras, y los comitatenses, un ejército de campaña con grupos móviles que apoyaban a los limitanei en caso de invasión o protegían la persona del emperador.​ Durante el siglo IV los propios emperadores dirigían el ejército en campaña ayudados por sus generales, los magistri militum.​ En el siglo V, sin embargo, se quedaron en sus palacios y fueron estos quienes comandaban a las tropas y adquirieron un poder que los convirtió en gobernantes de facto.​ El servicio militar era obligatorio para los hijos de soldados y para la población rural; además se enrolaban en él como voluntarios individuos que llegaban de fuera del Imperio.​ Aunque durante el siglo IV el recurso a contingentes foederati fue ocasional, tras las pérdidas sufridas en la batalla del Frígido y durante el posterior gobierno de Honorio se convirtieron paulatinamente en la principal fuerza de combate porque resultaban más económicos y rápidos de usar que los soldados obtenidos con las levas.​​

El gran aumento del funcionariado civil y de la fuerza militar obligó a establecer un sistema fiscal más eficiente, flexible y con mayor poder de recaudación.​ Se dotó al Imperio de un presupuesto anual de gastos que luego se cubrían, principalmente, con lo que se obtenía de los propietarios de tierras y de la población rural.​ La pérdida de valor de la moneda hizo que los impuestos se cobrasen al principio en especie hasta que el aumento de la masa monetaria en oro permitió hacerlo en moneda de este metal.​ El principal sector económico, con diferencia, era el agrícola, que experimentó una mejora sostenida durante el siglo IV gracias a la más eficiente defensa frente a pillajes e invasiones, así como al asentamiento de grupos bárbaros o de prisioneros de guerra.​ La industria mantuvo el nivel de siglos anteriores y fue un sector muy atomizado, donde el Estado se convirtió en el actor más importante debido a que producía, él mismo, las armas y vestimentas que necesitaban soldados y funcionarios.​ El comercio, por su parte, también floreció durante el siglo IV gracias a la estabilidad política, la seguridad de las rutas y el cuidado de su infraestructura, las escasas trabas y tasas además del mantenimiento de un mercado común con la mitad oriental.​

La estructura social se conservó a grandes rasgos respecto a la que existía en el principado. Se redujo la cantidad de esclavos debido a que el gobierno prefería enrolar a los prisioneros de guerra o asentarlos como campesinos antes que venderlos.​ El comercio se abastecía principalmente de esclavos traídos por traficantes desde fuera de las fronteras.​ La clase baja rural se componía de campesinos con poca tierra o arrendatarios de propietarios ausentes, mientras que la urbana, por su parte, la formaban trabajadores asalariados, pequeños comerciantes, prostitutas, etc.​ Como clase media se podría considerar a aquellos que, teniendo un mínimo patrimonio, eran obligados a formar parte de las curias municipales donde debían contribuir con él al coste de los juegos y otros gastos además de garantizar el cobro de los impuestos imperiales.​ Desaparecieron los antiguos équites, quienes pasaron a engrosar la clase alta senatorial que se expandió de tal manera que obligó a establecer categorías dentro de ellos, donde los principales eran individuos que habían hecho una meritoria carrera dentro del ejército o la Administración civil y los de menor rango, quienes lo eran, meramente, por nacimiento.​ Se convirtió, así, en una élite de méritos antes que de nacimiento, en tanto que la expansión e importancia del funcionariado posibilitó un mayor nivel de movilidad social.​​

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