Horatio Herbert Kitchener, I conde de Kitchener (Ballylongford, Irlanda, 24 de junio de 1850-islas Orcadas, 5 de junio de 1916) fue un importante militar y político británico de origen irlandés. Kitchener saltó a la fama por sus campañas imperiales, su participación en la segunda guerra bóer y su papel central en la primera parte de la Primera Guerra Mundial.
A Kitchener se le atribuyó en 1898 la victoria en la batalla de Omdurmán y la toma del control de Sudán, por lo que fue nombrado barón Kitchener de Jartum. Como jefe del Estado Mayor británico (1900-1902) en la segunda guerra bóer, desempeñó un papel clave en la conquista de las repúblicas bóer por parte de Lord Roberts y, posteriormente, sucedió a Roberts como comandante en jefe. Para entonces, las fuerzas bóeres ya habían recurrido a la guerrilla y las fuerzas británicas encarcelaban a civiles bóeres y africanos en campos de concentración. Durante su mandato como comandante en jefe (1902-1909) del ejército en la India británica, tuvo un altercado con otro eminente procónsul, el virrey Lord Curzon, quien finalmente dimitió. Kitchener regresó entonces al Jedivato de Egipto como agente británico y cónsul general (administrador de facto).
En 1914, al comienzo de la Primera Guerra Mundial, Kitchener asumió el cargo de secretario de Estado para la Guerra, un cargo que le correspondía como ministro del gabinete. Siendo uno de los pocos que previó una guerra larga, de al menos tres años de duración, y con la autoridad para actuar eficazmente según esa percepción, organizó el mayor ejército de voluntarios que Gran Bretaña había visto y supervisó una importante expansión de la producción material para combatir en el Frente Occidental. A pesar de haber advertido sobre la dificultad de aprovisionarse para una guerra prolongada, se le culpó de la escasez de municiones en la primavera de 1915 —uno de los acontecimientos que condujeron a la formación de un gobierno de coalición— y se le despojó de su control sobre municiones y estrategia.
El 5 de junio de 1916, Kitchener se dirigía al Imperio ruso a bordo del HMS Hampshire para asistir a las negociaciones con el zar Nicolás II cuando, debido al mal tiempo, el barco chocó contra una mina naval alemana a 2,4 km al oeste de las Islas Orcadas (Escocia) y se hundió. Kitchener estuvo entre las 737 personas que fallecieron.
Kitchener nació en Ballylongford, en el condado de Kerry (Irlanda), hijo de Henry Horatio Kitchener y Frances Anne Chevallier-Cole. Tras completar sus estudios en Suiza y en la Real Academia Militar de Woolwich luchó como voluntario en el Ejército francés durante la guerra franco-prusiana y en 1871 se alistó en los Ingenieros Reales del Ejército Británico. Sirvió entonces como tasador en Palestina, Egipto y Chipre, donde aprendió a hablar árabe y realizó varios mapas topográficos de estas regiones.
Posteriormente fue vicecónsul británico en Anatolia y en 1884 participó como edecán en la fallida expedición contra Jartum que esperaba salvar al gobernador Charles George Gordon de los rebeldes sudaneses liderados por Muhammad Ahmad. En esta época murió su prometida Hermione Baker en El Cairo, víctima de la fiebre tifoidea, por lo que Kitchener se emparejó con su joven sobrina Bertha Chevallier-Boutell, hija de su primo Francis H. de Chevallier-Boutell.
Alcanzó la fama en su país al participar en la reconquista de Sudán para la Corona británica entre 1886 y 1899, de nuevo como ayuda de campo. Ingresó en la Orden del Baño y fue nombrado Sirdar del ejército Anglo-Egipcio, al que dirigió en la batalla de Omdurmán contra los sudaneses el 2 de septiembre de 1898. La victoria anglo-egipcia se debió en gran medida a las facilidades creadas por la construcción de líneas férreas en la zona que el propio Kitchener había promovido.
Ese mismo año, resolvió incruentamente el Incidente de Fachoda con las fuerzas coloniales francesas que pretendían extender su área de influencia hasta el río Nilo, evitando la guerra entre ambos países.
El 18 de noviembre de 1898 fue nombrado Barón de Jartum y Aspall (Suffolk, Inglaterra) y se le encomendó la creación de un gobierno colonial que mantuviese la paz en Sudán. Con el fin de ganarse a la población local, Kirchener promovió la creación de escuelas y otras instituciones educativas como el Gordon Memorial College, en las que se autorizó a estudiar a los niños de todas las clases sociales. También ordenó reconstruir la mezquita de Jartum y dictó leyes que reconocían el viernes (día de la oración para los musulmanes) como fiesta oficial y la libertad de culto en Sudán, y se opuso a las pretensiones de los misioneros cristianos evangélicos de convertir a los musulmanes sudaneses al cristianismo. Además, realizó una pequeña reforma fiscal destinada a reducir los impuestos que los sudaneses debían pagar al jedive de Egipto (gobernante títere de los británicos) y entregó unas pocas tierras y aperos de labranza en propiedad a los granjeros de la región, que vivían hasta entonces en un régimen de tipo feudal.
Todo ello condujo a que en 1899, una de las pequeñas islas del Nilo a su paso por Asuán fuera denominada isla Kitchener en su honor.
Kitchener se unió a los refuerzos británicos de Frederick Roberts enviados a Sudáfrica en diciembre de 1899, tras el estallido de la segunda guerra bóer. En noviembre de 1900 sustituyó a Roberts como Comandante en Jefe de las tropas británicas, ya que este había caído enfermo.
Las tropas convencionales de los bóeres fueron derrotadas rápidamente, pero el intento de firmar un tratado de paz y reconciliación en febrero de 1901 fracasó debido al veto del Gobierno británico. La guerra se reanudó entonces, ahora convertida en una guerra de guerrillas contra los granjeros bóeres, en la que Kitchener puso en práctica las tácticas de Roberts tras modificarlas para hacerlas más eficaces.
La campaña subsiguiente fue brutal. Se intentó destruir desde cero cualquier apoyo que la población civil pudiese brindar a los soldados bóeres, practicando una política de tierra quemada. Las granjas fueron incendiadas y se extendió la construcción de blocaos (fortines de madera prefabricados, capaces de desarmarse, transportarse y volverse a armar allí donde hiciesen falta). Kitchener tuvo asimismo el dudoso honor de organizar el primer sistema de campos de concentración en el siglo XX, donde cerca de 20 mil mujeres, niños y hombres bóeres, todos ellos civiles, murieron de hambre y malos tratos entre 1900 y el final de la guerra en 1902. Ni siquiera su popularidad previa pudo salvarle de la críticas generalizadas en Gran Bretaña, el resto de Europa y, obviamente, Sudáfrica. Su mayor azote en este sentido fue la trabajadora humanitaria Emily Hobhouse, originaria de Cornualles.
La gran mayoría de los guerrilleros bóeres no eran soldados profesionales y por tanto no llevaban uniforme militar, sino que combatían con su indumentaria civil. Tras las largas campañas, esta vestimenta poco adecuada quedaba hecha jirones y los rebeldes se veían obligados a ponerse los uniformes de los soldados británicos que capturaban o mataban, ya que les era imposible conseguir vestimenta en las granjas que los ingleses habían incendiado. Los británicos acusaron entonces a los bóeres de intentar hacerse pasar por soldados de la Corona para poder pasar desapercibidos y atacar así al contrario detrás de sus líneas. Kitchener ordenó entonces que se ejecutase en el instante a cualquier militar o civil capturado que llevase un uniforme británico robado, aunque luego se arrepintió de ello y trató de negar ante el público que él hubiese redactado dicha orden. El escándalo alcanzó sus cotas más altas cuando numerosos soldados australianos, entre los que se encontraba el soldado de caballería y famoso poeta Breaker Morant, fueron arrestados y juzgados por un tribunal militar tras ejecutar a sangre fría a numerosos prisioneros bóeres (entre ellos niños), varios nativos africanos e incluso a un misionero alemán, excusándose en la orden de Kitchener relativa a los uniformes.