Tal Día como Hoy

Guerra de los Cien Años

Conflicto armado entre Francia e Inglaterra (1337-1453)

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La guerra de los Cien Años (en francés: Guerre de Cent Ans; en inglés: Hundred Years' War) fue un conflicto armado que duró 116 años, del 24 de mayo de 1337 al 19 de octubre de 1453, aunque de forma intermitente, y tuvo a los reinos de Francia e Inglaterra como principales contendientes aunque en algunas etapas también se vieron involucrados otros territorios como el Reino de Navarra o el Ducado de Borgoña. Otros reinos y señoríos europeos también se vieron afectados aunque en menor medida y por menor tiempo.​​​​ Para algunos historiadores habría sido la primera gran guerra internacional europea.​ Posiblemente sea el conflicto europeo de mayor duración.​

El conflicto fue de naturaleza esencialmente feudal, pues su propósito era resolver quién controlaría las tierras adicionales que los monarcas ingleses habían acumulado desde 1154 en territorios franceses, tras el ascenso al trono de Inglaterra de Enrique II Plantagenet, conde de Anjou. La guerra se saldó finalmente con la derrota de Inglaterra y la consecuente retirada de las tropas inglesas de tierras francesas (salvo de la ciudad de Calais).

Ya a finales del siglo XIV los contemporáneos percibieron la duración excepcional del conflicto, pero el nombre por el que se lo conoce, guerra de los Cien Años, surgió mucho después, en el siglo XIX. El medievalista Philippe Contamine buscó las primeras apariciones de la expresión: apareció por primera vez en la obra Tableau chronologique de l'Histoire du Moyen Âge (Cuadro cronológico de la Historia de la Edad Media) de Chrysanthe Des Michels,​ publicado en París en 1823.​ El primer libro de texto que lo utilizó fue el de M. Boreau,​ que se publicó en 1839 con el título L'Histoire de France à l'usage des classes.​ La primera obra que empleó la expresión en el título fue la La guerre de Cent Ans de Théodore Bachelet de 1852.​​

El Reino de Francia a principios del siglo XIV gozaba de una agricultura floreciente,​ merced a los abundantes ríos que recorrían su territorio y a su clima favorable para esta actividad; contaba por entonces con una población de entre dieciséis y diecisiete millones de habitantes,​​​ lo que hacía de él el país más poblado de Europa. Tanto el agro como las ciudades mostraban claros signos de prosperidad en comparación con la Francia de los siglos XI y XII, debida en gran medida a la paz relativa que había gozado el reino durante el siglo XIII y la primera parte del XIV.​​ El aumento de la población había sido general en toda Europa, pero especialmente intenso en Francia.​ El censo de los hogares de 1328, que abarcó a unas tres cuartas partes de la población, permite conocer aproximadamente la situación del reino en aquel momento.​ Este contaba con 2 469 987 hogares, lo que equivalía a unos doce millones de habitantes encuadrados en 32 500 parroquias.​​ Tan solo París tenía por sí sola entre ochenta y doscientos mil habitantes,​ según el censo de 1328; Amiens, entre veinte y treinta mil, y Ruan, unos setenta mil a mediados de siglo.​​​​ La densidad de población urbana era mayor que en Inglaterra, la península ibérica o la Alemania central.​​ El aumento de la población determinó la tala de gran parte de los bosques del país para extender las glebas,​​ que se explotaban mediante un sistema feudal muy jerárquico. El aumento de la producción agrícola y el gran desarrollo de la energía hidráulica permitían alimentar a la población (las hambrunas cesaron en el siglo XII).​ El crecimiento en el uso del hierro, la aplicación de nuevas técnicas de trabajo y la sustitución​ del buey por el caballo como animal de tiro permitieron cultivar tierras poco fértiles o de difícil acceso, cuyas cosechas permitieron alimentar a una población ya densa.​ Algunas de estas tierras poco productivas se abandonaron luego con la guerra y no volvieron a cultivarse.​ La situación del campesinado había mejorado, si bien todavía estaba sometida en muchos casos a pesadas obligaciones hacia la nobleza, obligaciones que eran más molestas que opresivas.​​ El aspecto del campo era similar al de la Francia del siglo XIX antes del comienzo de la mecanización, con pequeños cambios en los tipos de cultivos.​ La defensa de la tierra quedaba como labor esencial de la nobleza.​

A la pujanza del campo se sumaba el de la única industria de la Europa occidental medieval: la textil, dominada por las ciudades flamencas (primero Arrás, luego Douai y más tarde Ypres, Gante y Brujas, Lille y Tournai), por entonces parte de Francia, a las que se sumaron otros lugares (Ruan, Amiens, Troyes o París).​ Los productores flamencos solían vender sus ricos paños a los comerciantes italianos en las ferias de Champaña, a cambio fundamentalmente de productos de lujo venidos de los países musulmanes (especias, seda, cueros, joyas...), aunque estas estaban en decadencia a finales del siglo XIII.​ Otras ferias de diversas partes del reino florecieron también antes del comienzo de la guerra.​

El reino no solamente era imponente por su crecida población, sino también por su extensión: en el momento del advenimiento de Felipe VI de Valois, Francia se extendía de norte a sur del Escalda hasta los Pirineos, y de oeste a este del océano Atlántico al Ródano, al Saona y al Mosa.​​​​ Se tardaba veintidós días en recorrer el país de norte a sur y dieciséis en hacerlo de este a oeste, según afirmó Gilles Le Bouvier en el siglo XV.​ En total, el reino abarcaba unos 424 000 km².​ Contaba con unas sesenta regiones, muy dispares en idioma, cultura, historia e incluso, en algunos momentos, religión (un ejemplo de esto habían sido los cátaros del sur). En el norte del reino se empleaba la lengua de oïl.​ Era la zona en la que había surgido la dinastía Capeta, una región de ricas tierras agrícolas y abundante población (unos catorce hogares por kilómetro cuadrado en la Isla de Francia y unos veintidós en las bailías de Senlis y de Valois, si bien la media era de 7,9)​ la hacía netamente diferente de la zona meridional del reino. En el sur, por el contrario, se hablaba la lengua de oc u occitano, y la cultura de la región estaba influida por la antigua presencia romana. La zona era más pobre en agricultura que el norte, pero más rica en ganadería, y tenía una densidad de población menor que este (unos cuatro hogares por kilómetro cuadrado en los condados de Bigorra y de Béarn, por ejemplo). Era una zona más autónoma respecto del poder real, que en la región ejercían algunos poderosos vasallos con cuyas opiniones el soberano debía contar. Ello no impedía que el monarca se inmiscuyese en los asuntos internos de sus vasallos, pues sus poderes habían crecido desde el siglo XII. Era ya para entonces la cúspide del sistema piramidal feudal al que los niveles inferiores debían fidelidad.​

El clero desempeñaba un papel principal en la organización social de la época. Los clérigos sabían leer y escribir y eran los que administraban las instituciones; gestionaban las obras de caridad​ y las escuelas.​ Las fiestas religiosas hacían de ciento cuarenta días al año jornadas inhábiles.​ También desde el punto de vida religioso existían diferencias entre el norte y el sur: en este el Renacimiento carolingio y las órdenes religiosas habían tenido menor peso y destacaban más algunas ciencias como la medicina sobre la filosofía y la teología, al contrario que en el septentrión. Dos ciudades plasmaban este contraste: París y Montpellier; la primera contaba con una de las universidades más respetadas del mundo cristiano en cuanto a estudios teológicos, mientras que la segunda contaba con una de las facultades de Medicina más prestigiosas del Occidente europeo, a la que acudían incluso estudiantes de Oriente Próximo y África septentrional.

La nobleza unía riqueza, poder y gallardía en el campo de batalla: vivía del trabajo campesino, al que debía compensar con su valentía en la guerra y lealtad.​ La Iglesia había tratado de acabar con los caballeros entregados al bandidaje desde finales del siglo X: ya en el concilio de Charroux del 989, se había rogado a los guerreros que se entregasen al servicio de los pobres y de la Iglesia y fuesen milites Christi («soldados de Cristo»).​ Desde el siglo XIII, el rey había logrado que se admitiese que su poder, basado en el derecho divino lo facultaba para crear nobles.​ La nobleza se diferenciaba del resto de la sociedad por su sentido del honor, la necesidad de mostrar su espíritu caballeresco, de proteger al pueblo y de impartir justicia, a cambio de lo cual disfrutaba de una situación material privilegiada. Su situación social debía justificarla en el campo de batalla, en el que debía vencer al enemigo en combate heroico. El ejército real se estructuraba en torno a la caballería,​ que era la más poderosa de la Europa de la época; era una caballería pesada que atacaba frontalmente y reñía en combate singular con el enemigo.​ A la voluntad de descollar en los campos de batalla se sumaba la costumbre de hacer cautivos, que luego se liberaba a cambio de un rescate, que hacía de las guerras negocios lucrativos para los buenos guerreros, mientras que la posibilidad de percibir un rescate hacía más interesante apresar enemigos que matarlos.​ En realidad y pese a la pretensión de los caballeros de tener el monopolio de las armas, la realidad era muy distinta y el estilo de combate caballeresco estaba cada vez peor adaptado a la guerra real.​

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